lunes, 19 de agosto de 2013

HUMANIDADES









Celebro tu alegría
Te abrazo en las penas
Siento tus venturas
Las comparto
Por ser eso que somos
Personas, a veces con ternuras.

Y dejo las trascendencias
Para que rías
Porque rías
Y recuerdes Les Luthiers
A carcajadas.

También puedo narrarte
Un bello cuento de hadas
Mas no por engañarte
Sólo para que batas las alas
Y en ese viento que organizas
Hagas trizas
Las desdichas malhadadas.

miércoles, 7 de agosto de 2013

LO RARO




Revisas esas fotos viejas
las de un archivo remoto
y no sabes si te alejas
de las cosas
los lugares
los momentos.

O cotejas los olvidos
los porqués
esos impulsos
de retratar
las cosas raras.

Y te encuentras con fachadas
mosaicos desnudos
y una luz que te deslumbró.
La luz desacostumbrada.

Y recuerdas lo que pasó
el día aquél
y después.
El revés que te dio la vida
ése que desconocías
mientras hacías 
la extraña fotografía.



lunes, 5 de agosto de 2013

LA CLAUSURA DEL ESTÍO









En la angustia de agosto doy por clausurado el verano. Porque no me gusta agosto.
Los días se acortan y los árboles empiezan a mostrar signos del enfermizo otoño.
Clausuro el verano porque la luz brillante te deslumbra.
Lo cierro porque las vacaciones son un invento (otro más) para tenernos entretenidos.
Echo la persiana porque al inicio del verano se murió un amigo y eso es una indecencia de la vida que no tolero.
¿Veis la fotografía? Ese hermoso verde, el extenso pinar, acabará siendo (más temprano que tarde) devorado por las dunas.
Y así lleva siendo desde antes de que estuviéramos.
Y así será cuando no estemos.
El fugaz fulgor de la luz.

martes, 23 de julio de 2013

Por culpa de Vivaldi


Conciertos para cello Vivaldi


Escuchas a Vivaldi y se te hiere tanto dentro
se remueven las entrañas
de los vivos
y hasta de los muertos.

Escuchas a Vivaldi y se te empañan
los dolores y las penas
los ojos
y las ganas.

Escuchas a Vivaldi y no recuerdas
si al principio
fue igual
y ahora son penas.

Escuchas a Vivaldi y sabes
que te engañas
porque sueñas.

Que tanto te mienten lo que vives
como te hartan 
los sueños imposibles
las promesas vagas 
y la sensación de que
todo
es
inútil.



martes, 25 de junio de 2013

PARTAMOS DE LA BASE





Partamos de la base de la cosa,
la cosa que no cesa y nos escama.
Escama saber que estas ya muerto,
muerto, enterrado, subyacente.

Subyace en el poso de los muertos
los muertos que se fueron hace tanto
tanto tiempo, tan lejos y tan yertos
yertas las flores de sus blancas tumbas
tumbas abiertas que aguardan...
Aguardan acoger en frío seno
el seno pertinaz de tantos muertos.

martes, 4 de junio de 2013

ELLA



Que viene la muerte a lamerte el cuello.
A degüello.
Y la ves sobrevolar en tus entornos
El cuervo maldito que saca los ojos
Y te indignas
Te espantas
Te estremeces.
Pero ella, poderosa, aviesa,
Recalcitrante,
Siempre va
Un paso por delante.

domingo, 2 de junio de 2013

PALABRAS ROTAS






Que si escribes
Lo oculto se desvela
Y
Quedan a merced de los lectores
Los vectores
Que te guían y te llevan.

Que si escribes te desnudas
Ya está escrito
Mas dejar de redactar es imposible
Porque mudas
En ágrafo
Estúpido
Impotente
De las delicias
Que te llegan
Cuando lees
En palabras de otros
Tan ajenos
Aquello que añoraste
Y no lograste
Plasmar en unas letras.
Y perpetúas
Negro sobre blanco
Quien fuiste y quien serás.
Mal que te pese
El peso se alivia
Con el leve
Surgir de las derrotas
En todas y cada una
De tus palabras rotas.

sábado, 1 de junio de 2013

TANTO AMOR



No había una sola canción romántica que no le reflejara con exactitud en cada letra. 
Todas y cada una, hasta las más vulgares, venían a expresar sus sentimientos de forma tan fiel como si ella misma hubiera inventado los textos.
“Bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez”. “Quererte así es morir de amor y por amor tengo el alma herida”. 
Tenía el corazón partido, palpitaciones varias, sueños eróticos, angustia y esperanza a partes iguales, un cóctel que tan pronto la elevaba sobre el común de los mortales como la hundía en la más absoluta de las tristezas.
Él la miraba cada mañana y cada atardecer. Ella le sonreía, le hablaba, le besaba en los labios y en los párpados, se desnudaba para él y para él se ponía la ropa más bonita, para gustarle, para ser atractiva a sus ojos brillantes y cálidos.
Pero no hubo manera.
El póster del actor seguía inmutable, colocado a la cabecera de la cama. Siempre sería su amor imposible. Siempre.

EL NIÑO




Subió al árbol y miró desde arriba el campo recién sembrado. Los ocres y el silencio de una enorme extensión de tierra parda. Puso su mano sobre los ojos, a modo de visera, y contempló un árbol a lo lejos rebrotado de hojas diminutas, promesa de manzanas con olor a verano. 
Vio las casas del pueblo y la loma altiva, el teso desde donde llegaban las tormentas y los vientos del norte en el invierno. Luego suspiró. Cerró los ojos y un vértigo extraño le sacudió entero. Lo llamó la tierra a su ensenada oscura. Desde la rama más alta del roble viejo, el niño se desprendió, ya maduro, y muerto.

martes, 28 de mayo de 2013

LENITIVOS

Mitigar los sufrimientos del ánimo. Endulzar. Sobrellevar. 
Cada uno tiene su fórmula magistral.
Arcanos.
Quienes carecemos de estoicismo nos adolecemos.
Peleamos contra el miedo con escasas armas. Acaso con palabras sólo.
Y quisiéramos tener la valentía que otros tienen. Esa osadía para afrontar los pesares cara a cara. El dolor sin pánico. Que duele más, por cierto, con el temor.
Cuando doy las gracias a todos y cada uno de quienes hablan, abrazan y consuelan no quiero compasión. 
Quiero percibir que nos percibimos como humanos.
Que sabemos lo del otro, que lo entendemos.
Que la misma fragilidad nos es común.
Y el vértigo, qué duda cabe, es más llevadero si alguien te da la mano, amarra tu cintura y te dice: Tranquila, no pasará nada.

miércoles, 22 de mayo de 2013

COMPRENDER

No hay mayor encanallamiento que pervertir las palabras.
Decir lo que no es, prostituir el verbo.
No hay mayor engaño que bautizar al antojo de quien sea la aplastante realidad que nos rodea.
No es "una larga enfermedad". Se llama cáncer.
No es "se quitó la vida". Se llama suicidio.
No es "bajo nivel de vida". Se dice pobre.
No es desempleo. Es no poderse ganar la vida.
No son aventureros. Son emigrantes, como sus abuelos.

Pareciera que hay alguien inventando disfraces para las palabras incómodas. Ésas que cuentan y cantan las cuarenta.
Pareciera que alguien creyera que, vestida de seda, la mierda ya no hiede.
Pareciera que lerdos somos para que nos engalanen el moho y nos lo vendan como sana ensalada.

Negando la mayor no desaparece.
Negando la realidad, tapándonos los ojos como niños asustados ante el ogro, no volvemos a la infancia.
Nada de niñerías.
Adultos engañados... la estulticia manda. Obedezcamos pues.


martes, 21 de mayo de 2013

POR ESCRIBIR



Que nos da por escribir del amor y de la muerte.
Aún sabiendo que la segunda es inevitable.
Y el primero, imposible, acaso inerte.

Que nos da por llenar de sentido cada cosa
Cuando puede que sea el azar quien nos esboza
Los pasos a seguir
Y los errores.

Que pedimos felicidades y ternuras
Y recibimos dolores y tantas dudas
Que el porvenir se torna
En tunel negro
Que desmorona
Las ganas de vivir
Y de escribir.

Así que nos da por redactar, quizá,
Para menos morir
O vivir un poco más
En el recuerdo de un mirar.


jueves, 16 de mayo de 2013

DESNUDEZ




Digamos que
Una mujer desnuda.
Digamos
Sobre una cama.
Digamos que los cabellos
Rubios
Desperdigados
Sobre la almohada.
Se retuerce un poco
Como si intentara
Adoptar esa postura
Que acogedora halla.

Digamos que la mujer
Desnuda
Entreabre los ojos
Con la mirada perdida.
¿Es hoy?
¿Será por la mañana?

Y una mano
Algo fría
Toma la suya
Y le susurra
“Todo ha ido bien, amor
ya no has de preocuparte de nada”

El gotero susurra medicinas.

La mujer
Digamos que desnuda,
Indefensa
Y muda
Respira aliviada.



martes, 14 de mayo de 2013

LOS HIJOS



Que les das la vida
Y ya están muertos.
Así pasa con los hijos
Cuando son tu alma entera.

Que los miras tan pequeños
Indefensos, desnudos
Imprudentemente vivos
Sin saber qué les espera.

Y no puedes ahorrarles
Sufrimientos ni dolores
Ni las penas.
Que la vida les maltrate
Como a todos
Los mortales.

Pero serán
Mejores que nosotros
A poco que les enseñemos
Que persona no se es
Al nacer
Si no al crecer
Al volar
Al padecer
Al abrazar.

PARA SABER



Pues sabes, está bien escribir versos.
Derrotar a la noche en su negrura
Abrir una ventana a la ventura
La aventura, esa locura.

Pues sabes que no sabe quien no escribe
Cuánto se pierde en el camino.
Cuántas soledades mata,
Cuántas aventuras vive,
Cuántos amores le delatan.

Pues sabes, está bien ser otras personas
Caminar de la mano del ajeno
Disparar con palabras tan certeras
Que te hieren
Te matan
Te envenenan.

Pues sabes, está bien
Si duele el alma
Soltar ese sufrir
Con una letras.
Y sentir que
Si te leen
Te acompañan
Te besan
Se desviven
Te consuelan.
O te aman.

martes, 7 de mayo de 2013

CONJURO CONTRA EL MIEDO



Si ese miedo que sientes te estremece
Te anega la mirada y te destroza
Si se te apodera el alma y no te deja
Ni vivir a solas el silencio
Si ese miedo, digo, te atenaza,
Aléjate del ser y de la nada
Descubre otras miradas
Y disiente
Porque ni los más valientes se aseguran.
Nunca estamos a salvo de la locura.

Si me dices que no es miedo yo te creo
Y creo en las palabras que no escribes.
Ésas que se anidan en ovillos
En un lugar secreto y opresivo
Déjalas salir
No te envenenen
No te amarguen
No te maten.
Haz que fluyan
Que fugaces se eleven
Que se vuelen.
Como brujos que preparan sus hechizos
Escribimos para ahuyentar el miedo
Pero nunca un solo poema hizo
Que la vida fuera otra ni a medida
Ni las letras consiguen que la hurtes
Porque será sólo tal y como la construyas
Con versos
Puñetazos
Y locuras.

jueves, 2 de mayo de 2013

La magia y el miedo



 




Las historias se enhebran unas con otras, como un collar de cuentas de colores, así que los recuerdos de la niñez van tirando de un hilo invisible guardado quién sabe dónde.
Me daba miedo el bosque. Transigía en ir porque era obligatorio casi, porque el padre, cazador, gustaba de enseñarme los recovecos, los abrigos, la hondura húmeda de los helechos.
En el bosque se adivinaban las brujas, algún ogro, duendes que se molestaban si invadías su territorio. Entre las copas inmensas de las hayas, sobre todo en otoño, cuando el rojo las hace incendiarse en estallidos de color, anidaban dios sabe qué extraños monstruos alados, que guardaban silencio cuando yo me acercaba pisando con cuidado para no caerme…
El silencio, eso era lo peor del bosque. Una quietud de fiera que acecha, peligrosa. Una respiración en la caverna verde, el temblor de una rama, el crujido de las hojas ya vencidas en el suelo.
El musgo, húmedo, con el tacto de ser vivo, un alga sin mar con aromas de moho, enredadera verde oscuro ligada a las piedras como lapa en las rocas submarinas.
Sí, tiene una cualidad marina el bosque, mareas en las entrañas más oscuras, viejos monstruos en las profundidades y aromas de humedades antiguas, de humus, descomposición y muerte.
Me daba miedo el bosque. Ahora añoro todas esas aventuras que sólo vivía en mi cabeza y el reflejo del otoño en las hayas incendiadas. El intenso sabor de unas fresas silvestres, las castañas regaladas, las manchas de las moras recién maduradas y las misteriosas setas que podían ser venenosas…
No sé si seguirán en pie aquellos bosques de la infancia o si se habrán convertido en urbanizaciones con piscina y campo de golf. En cualquier caso, los mejores bosques suelen ser los que guardamos en la memoria: en ellos no hay forma de perderse porque nos sirven para encontrarnos.

jueves, 25 de abril de 2013

MADRE. LUNA.



   
 


     Vemos la misma luna. Una idéntica circunferencia brillante, plateada. Colgada de lo alto, suspendida sobre nuestras cabezas.  

     La misma para todos. La hermosa luna de los solitarios y los murciélagos. La bella y plateada y brillante luna. La luna femenina ordenando las mareas y los nacimientos de las gentes aquí abajo. Desde hace milenios, fría luna, inhóspita. Habitada sólo por las quimeras de poetas y enamorados.





         El niño se puso a llorar. Lloraba como si le fuera la vida en ello. Un lamento penetrante, dañino, cruel. Ella le sacó de la cuna y le meció entre los brazos. La luna lo veía todo desde allí arriba.
         El llanto no cesaba. El bebé se retorcía entre los brazos de la madre. Espasmos, quizá de dolor, o de miedo, o de... Quién sabe por qué lloran los niños. Quién sabe qué sueñan entre sus dulces sábanas de colores. Quizá piensan en el vientre que abandonaron tan bruscamente y se despiertan y se ven a merced de la vida; sin asideros; sin calor; sin latidos de un corazón cercano. Quizá sueñan con ese líquido templado, acogedor y silencioso; con el flotar alado de las entrañas maternas. Un mundo a la medida. Un mundo irremisiblemente perdido para siempre. Lo extraño sería que los niños no lloraran. Que se aclimataran a la hosquedad de la vida. Que se conformaran con la soledad del nacido en un mundo tan enorme y tan ajeno. Tan frío y tan cruel.

       “Llora por culpa de la luna, seguro. La luna le da miedo, igual que a mí. La luna es fría y cruel. Una mala madre”.
         Probó a cantar una nana. La misma que su madre le cantó a ella tantas veces. La tarareaba suave, casi un susurro. Pero el llanto era más poderoso que la música. El hijo no podía escuchar las notas tranquilizadoras. La carita congestionada. Los ojos apenas una raya negra. Un llanto incesante. El cuerpo diminuto se arqueaba como electrizado.  Los brazos estirados. Y las piernas. El himno del dolor.

-         ¡Haz callar al crío! ¡Vaya escandalera!

         Eso sí se oyó. La nana no. La destemplanza del padre fue más potente. Como siempre. Dejó al niño en la cuna. Cerró la puerta. Y volvió a su habitación.

-         No sé qué tiene. Algo le debe de doler. Y mucho.
-         ¡Tendrá hambre! ¡Pareces tonta, mujer!
-         Hambre no tiene. Le he dado el pecho hace una hora....
-         ¡Bah. Seguro que ni leche buena tienes!

         Y aquel hombre se dio media vuelta en la cama de matrimonio y se dispuso a seguir durmiendo.


         El reloj luminoso de la mesilla marcaba las dos. El hijo seguía llorando. La puerta cerrada amortiguaba algo el llanto, pero ella seguía oyendo aquel lamento desconsolado.  Volvió a la habitación infantil. Había ositos de peluche con los ojos de cristal. La miraban incómodos. A los ositos de peluche no les gusta que los niños lloren; les gusta jugar con ellos y dormir bien calientes en sus cunas. Los ositos de peluche se llevan mal con las madres. ¿Que por qué? Es fácil. Las madres se empeñan en meter a los ositos en la lavadora. Y eso es frío, molesto y mareante para un peluche. Así que los ositos la miraban de reojo, como disimulando; esperando que no fuera la hora de la colada.


         El bebé seguía con su llantina. Parecía imposible que no se agotara. Las manitas se agitaban en el aire, como espantando una mariposa invisible. Los nudillos blancos. La cara mudando al violeta.
          La madre lo tomó en brazos de nuevo. Y salió al pasillo para alejarse del dormitorio donde dormía su marido. Para no incomodarle, para que no se despertara vociferante.
          “Nana, nanita, nana”. Tarareaba la mujer. Y acunaba al hijo entre los brazos.

          Amanecieron los dos dormidos en el sofá. Ella no recordaba cuándo había cesado el llanto, ni cuándo se había echado allí con el niño y agotada. Y el corazón dio un salto en su pecho cuándo pensó que podía haber dejado caer al hijo o aplastarle con su cuerpo.  Respiró más tranquila al verle dormir plácido, acurrucado en su pecho. La boquita entreabierta y una media sonrisa instalada en los labios. Nadie sabe con qué sueñan los recién nacidos. O quizá sí. Seguramente flotan relajados en el vientre de su madre y esperan que el hecho de nacer haya sido sólo una pesadilla.

           “Menos mal que debe de haber un ángel de la guarda”.

-         ¿Hoy no se desayuna en esta casa?

         El grito del hombre hizo que ella abandonara la dulce visión de un ángel de la guarda. Cualquier dulce visión quedó borrada. Cogió al bebé con infinito cuidado y lo llevó hasta la cuna. Lo arropó y entornó la puerta.

-         No has venido a la cama en toda la noche.
-         Ya. Es que el niño no dejaba de llorar y no quería que te despertase. Ahora mismo te preparo el desayuno. En un momento estará.
-         Ya. Todo siempre en un momento. Pero nada en su momento. Eres un desastre. Me voy. Ya desayunaré en el bar.
-         ¡No, espera! No tardo nada.
-         Adiós.   


         El portazo siguió sonando en los oídos de la mujer durante mucho tiempo. Se abrochó la bata y puso la cafetera al fuego. Necesitaba café. Un café caliente y cargado, acogedor, dulce. Algo parecido a los que se veían en los anuncios de la tele. Gente encantadora, tomando ricos cafés en casas preciosas. Gente que se besaba y se abrazaba. Con niños que no lloraban. Nunca lloraban los niños de los anuncios. Reían. Reían a carcajadas y disfrutaban de sus culitos secos, sin escoceduras, de sus guapas mamás y sus elegantes papás. Disfrutaban de la vida. Y del amor. ¡Cuántas mentiras, todas juntas! Engañabobos. Trampas para incautos. O mejor, para incautas.

        El café borboteaba. Olía bien en la cocina. Cuando iba a coger la taza el niño empezó a llorar. Ahora sí era hambre. Ella conocía el llanto del hambre. Era diferente al de la noche. Dejó el café en la mesa y se desabrochó el camisón. El hijo buscó el pezón con ansiedad, como un animalillo hambriento y se aferró a la teta caliente y succionó la dulce leche de la madre. Y ella notaba fluir la vida en ese estrecho encuentro con aquel pedacito de carne de su carne, sangre de su sangre. Y los ojos del pequeño miraban a los ojos de la madre. Y ella devolvía la mirada con toda la ternura de quien ve la desgracia en el futuro del otro. ¿Qué será de ti, pobre hijo mío? ¿Será tu vida tan desgraciada como la mía? ¿Quién serás cuando crezcas?
         ¿Quiénes somos? Se preguntaba ella mientras el pequeño se alimentaba. ¿Quién soy?
          El bebé se durmió, agarrado aún al pezón de la madre. Plácido, relajado, rebosando la leche por las comisuras de los labios.
          Y se durmió ella también. Y soñó.
           Soñó con un largo viaje. Un viaje con el hijo en brazos y una ligera maleta como todo equipaje. El viaje sin retorno de los que nada tienen que perder, porque todo lo perdieron en algún recodo del escarpado camino. El viaje hacia una luz lejana. La magia de lo sólo imaginado.

         Cabalgaban ambos a lomos de un caballito, como los de los Tiovivos. Un  caballo blanco con el nombre pintado en la grupa, con doradas riendas, con crines perfectamente onduladas. Pero aquel animal no giraba sin fin en torno al eje de la barraca de feria. Aquel blanco caballo galopaba dichoso por algún lugar de la Vía Láctea. El camino estrellado que debe estar elaborado de la leche con que las madres amamantan a sus hijos. Esa dulce leche que sirve para crecer, y hacerse grandes, y perderse, sin remedio, en alguno de los múltiples recodos del escarpado camino.

         Flotaban. Madre e hijo, abrazados. En el diseño mágico de las estrellas debía aguardarles  un lugar donde guarecerse del dolor, de los gritos, de la mala vida. El desprecio. La indignidad. Los puñetazos. La miseria. La rabia. El odio. Los silencios. La soledad. La náusea.  Los moretones. Las comisuras sangrantes. Los ojos renegridos. Las lágrimas.

        Y soñó la madre que ese lugar existía. Y que el caballito blanco podría llevarles hasta allí, a ella y a su bebé dormido. Con el dulce balanceo arriba-abajo, arriba-abajo.

         Y soño la madre una nana perfecta. La nana de los sueños de todos los hijos acunados en brazos de las madres. La nana de la placidez, la calma y el bienestar. La nana de la vida, que ahuyenta el dolor, la rabia y la muerte. Y soñó la madre que, con aquella nana alada y dulce, podría preservar al hijo y preservarse a ella de lo maligno, lo oscuro y lo cruel.

         Dormía el niño. Dormía la madre.

         A su alrededor, el edificio bullía con las actividades de la mañana. Se oía a las mujeres reclamando rapidez a los escolares; el zumbido de una aspiradora; alguien batía huevos y el tenedor chocaba rítmicamente contra la superficie del plato; a alguien se le rompió un vaso; una radio gorgoteaba las noticias del recién comenzado día; la vecina de arriba dibujaba un taconeo urgente mientras se apresuraba porque iba a perder el autobús para el trabajo.

         Los sonidos de la vida, la vida que, a veces, se frena con un violento chirriar de estructuras. Pero que, a pesar de esas frenadas terribles, que dejan casi surcos en el asfalto del alma,  prosigue imparable. La vida. La que sobrevive a cada muerte cotidiana. A cada doloroso zarpazo. A los tenebrosos amaneceres. Al miedo.

            Volaron, madre e hijo, abrazados. Amamantados mútuamente de esa vida que damos sabiendo que el regalo caducará irremisible, como la luz de cada nuevo día.

            Cabalgaron hacia estrellas lejanas. Y lo hicieron tranquilos.

            Y el niño pudo jugar con el polvo infinito de las supernovas y los cometas, que era como oro molido en los cabellos de la madre. Brillante y luminoso.

            Y la luna, que todo lo sabe sobre mareas, mujeres y madres, sonrió.