martes, 2 de agosto de 2016

LA CAJITA DE MÚSICA





Pensó que sonaba un móvil.
Siempre que oía una cancioncilla por la calle echaba la mano al móvil, aunque no fuera su sintonía. Manías modernas, pensó.

El sonido llegaba de un contenedor y la curiosidad fue más fuerte que la prisa, así que se acercó a aquel sonido como de pianola antigua, como llegado de una tiempo olvidado.
Antes de abrir la tapa del contenedor miró a todas partes. A ver si van a creer que soy una indigente, pensó.
Nadie en la calle, calor insoportable y la música sonaba y sonaba. Una invitación a la curiosidad.
Estaba sobre las bolsas negras, parecía flotar sobre el hedor de la basura, las moscas, los restos inservibles, los desechos.
Era preciosa y sonaba.
Parecía lacada, a la japonesa, antigua, una rara joya.
La han dejado aquí para mí, se dijo. Sonaba para que yo la encontrara.
Se dio mucha prisa para meterla en la mochila, como una ladrona, como una pobre mujer que rebusca en los desperdicios.
No veía el momento de llegar a casa; algunos miraban raro en el metro. "Claro, la música sigue sonando, aunque sea amortiguada por la mochila; no me importa nada, otros dan la tabarra mucho más fuerte y no nos quejamos nunca".
Cuando entró en casa parecía una niña en la mañana de Reyes, casi tira un jarrón por apoyar la bolsa de cualquier manera y tomar entre las manos la cajita. Su tesoro.
"¿Quién demonios ha podido tirar esto a la basura con lo preciosa que es?".
Dio con una palanca que hacía cesar la cancioncilla.
Abrió la caja que estaba llena de diminutos departamentos, como un rompecabezas, un laberinto de madera, piezas de engranajes... Y un papel cuidadosamente doblado en lo más profundo de la caja.
Lo han dejado aquí para mí, se dijo de nuevo. He de abrir el papel y saber qué mensaje oculta.
Parecía la letra titubeante de un niño, acaso la temblorosa de un anciano. Una fecha en el encabezado:
15-V-1964
Y después...
"A quien pueda interesar:
Sé que has tenido la paciencia necesaria para encontrar esta nota, que has abierto todos y cada uno de los departamentos de mi caja de música, así que sé que puedo confiar en ti aunque no te conozca. Cuida de ella, engrasa las juntas, que no chirríen, escucha mi música por mí de vez en cuando, así estaré viva en la memoria de alguien. Y si has de abandonarla de nuevo hazlo en donde otra persona pueda encontrarla para disfrutar simplemente del hallazgo. La sorpresas son un regalo inesperado y precioso.
Seas quien seas, muchas gracias".

(Para S. que encontró una cajita de música abandonada y compartió su hallazgo e hizo volar la imaginación de muchos).


martes, 28 de junio de 2016

EL AMOR Y EL ODIO AL AMOR



"Si alguien odia que otros se amen tiene un grave problema".

Un tuit escrito al hilo de una frase escuchada en la calle, pronunciada por un hombre joven acompañado de una chica joven también: "Nadie es homófobo hasta que tiene un hijo gay".
Bien, pues esto suscitó un interesante y enriquecedor debate en Twitter.
Ya sabéis, que son homófobos encubiertos, que no quieren que su hijo o hija sufra discriminación, que si la discriminación empieza en casa, etcétera.

Hace muchos años mis padres eran novios. Paseaban por unos jardines de Pamplona y, cosas de la edad, con una osadía tremenda, se besaron. Un minuto después un guardia les estaba poniendo una multa. Digo yo que habría alguna ordenanza municipal, una ley incluso, que impedía semejante indecencia y la castigaba monetariamente. Es que es un atrevimiento besarse en público.

Ya.

Resulta que unos carteles con personas del mismo sexo besándose también han escandalizado a algunos "bienpensantes". ¡Lo ven los niños! claman indignados. 
Y a mí me indigna la clase de educación que quieren esas personas para sus hijos. ¿Discriminatoria, sexista, racista?

Hay un mismo saco para todos los "odiadores". Da igual quién sea el objeto de su odio, un gay, una mujer, un sacerdote, un negro, un musulmán o un esquimal; vaya usted a saber qué razones amparan la sinrazón del odio.
Y el odio se alimenta de odio y consume a quien lo padece. Sí, lo considero una enfermedad. Se inocula desde pequeños, cuando ves a tu padre pegando a tu madre, insultando a un negro que pasa por la calle o piropeando a una mujer que va "provocando" con una falda muy corta. Cuando ves a tu madre llamando zorra a una vecina que cambia de novio a menudo. Cuando ridiculizas a cualquiera que consideres diferente. A cualquiera, ojo ahí, que se sienta libre para vivir su vida como quiere vivirla.

Hay un "meme gracioso" con una pintada que dice: "No reírse de los subnormales, por favor". 

Probad a ridiculizar o insultar en la calle al ciego que vende cupones, a esa persona que se mueve en silla de ruedas. Alguien (ojalá muchos) os afeará el gesto.
Muy probablemente (ojalá me equivoque ahora) si hacéis lo mismo con alguien de apariencia gay habrá un atronador silencio; no vaya a ser que piensen que eres maricón o tortillera por defenderlos. 

Así las cosas, estos días volveremos a leer y escuchar que el día del orgullo es una horterada, que no hace falta, que es exhibicionismo, que...
Sobre esto escribió muy bien mi amigo V., aquí:



Así que poco más que añadir salvo una cosa, odiar a quien se ama es atroz.

Odiar es inhumano.



jueves, 16 de junio de 2016

VUESTROS #CERNÍCALOS




“Se me ha quedado la ventana triste.
Como tapiada.
Sin motivo para asomarme”.

Esto era un tuit. Una brevedad, una greguería, una sensación, un llanto raro que sueltas para que no se te quede dentro, quemando.
(Una lágrima por unos pájaros, Ruiz, a tu edad).
La primera vez, la primavera primera, fueron una rareza. Vinieron hace tres años y revoloteaban mucho, se posaban, miraban, se iban, volvían. ¿Qué serán? Y los bautizamos como halcones. Un ascenso en la categoría de las rapaces. Luego me explicaron que eran cernícalos, ni siquiera “primilla”, sino comunes. Vale, me dije, serán comunes pero son especiales porque han elegido mi ventana y no otra para poner sus huevos y criar a sus pollitos.
Aquello fue emocionante. Los pollitos montaron su propio parque de atracciones en la jardinera y saltaban de un tiesto a otro, movían las alas, se quitaban el plumón y les asomaba el plumaje de mayores, cada vez más parecidos a sus padres. Volaron, claro. Y se fueron. Es la condición de pájaro, volar.


Ah pero, prodigio… regresaron la siguiente primavera. Y el asombro se tornó en admiración. Qué memoria la de las aves, saben dónde están tranquilas, dónde tienen casa segura. Fueron cinco pollos. Una barbaridad. Un follón grandioso en menos de medio metro cuadrado. Un atasco de pollitos haciendo sus cosas de pollitos y mirando a la cocina como si la cocina fuera un escenario que les llamaba la atención sobremanera.




Y empezaron a hacerse “famosos” sin saberlo, porque comenzaron a ser los #Cernícalos de Twitter; unas mascotas raras con admiradores sensibles. (La sensibilidad, menuda joya imposible de comprar).
Y llegó la primavera de 2016. Ya habíamos bautizado al padre como “Cabeza Gris”, tenía nombre y un bello plumaje y una nueva pareja, una hembra anillada muy asustadiza y menuda. Les costó, pero el 2 de abril en la tierra de la jardinera apareció un huevo rojizo, casi del color del suelo. ¡Por fin, más pollitos!




Pero se hicieron esperar hasta finales de mayo y hubo seis, en círculo, perfectamente ordenados en la tierra. Y comenzaron a empollar los padres. Día y noche, por turnos, Cabeza Gris sólo abandonaba el nido para cazar. Es buen cazador de topillos, un tipo noble que me mira a los ojos y no se asusta de mí ni de mis fotos de paparazzi que en vez de perseguir famosos persigue aves…




Bien. Nacieron los pollitos, miniaturas de cernícalo, ojos cerrados y pico abierto reclamando comida nada más salir del cascarón. Sobrevivieron cinco, de nuevo un previsible follón de plumones en la jardinera, de nuevo Ruiz haciendo fotos agazapada tras los visillos para no molestar. La madre permanente en el nido, el padre cazando incansable para traer comida; pájaros pequeños, topillos, ratones. (A veces es mejor no saber qué comen).
Pero…
Pero el 14 de junio al anochecer vi un pollito muy quieto, separado de sus hermanos, tirado inerte en la tierra. Y otro con una herida en el ojo muy visible y con mal aspecto.
Así que el jueves temprano, cuando comprobé que sí había un pollito muerto, llamé a un Centro de Recuperación de Aves y vinieron a por ellos; el muerto y los vivos en una caja de cartón con agujeros abandonando su nido. La madre gritaba enfurecida desde el tejado de la casa de enfrente. La madre… como testigo de un secuestro ininteligible.
Podían haber estado enfermos y haber muerto todos si no eran tratados así que había que hacer ese estropicio aunque fuera con la mejor intención del mundo.
No estaban enfermos, estaban desnutridos; el pequeño había fallecido de inanición; curaron al herido y alimentan a los otros tres. Se harán grandes, echarán plumas y aprenderán a volar y a cazar. Lucirán anillas en las patas, como su madre, y emprenderán su vuelo adonde quieran. Para eso tienen alas, por eso son libres.
Han sido los cernícalos de Twitter durante mucho tiempo. Pájaros de una red con pájaro azul. Una de las millones de historias que se cuentan a diario.
Pero han sido nuestros cernícalos, los de todos. Libres, salvajes y fuertes.
Les estoy muy agradecida por elegir mi ventana.

Os estoy muy agradecida por dejarme compartir la historia pequeña de un nido y unas alas y ese aire de libertad.

SENTIDO Y SENSIBILIDAD




Me cuentan que cada primavera entregan en el centro de recuperación de animales salvajes a unos 60 pollos de cernícalos comunes. Anidan, cada vez más, en las ciudades; en balcones, jardineras, ventanas. Donde haya un hueco que les resulte seguro y protegido.
Me cuentan que hay personas que no quieren a “esos bichos”, que hay vecinos que amenazan con matarlos porque “manchan todo”, pían y molestan, porque, en fin, son sólo pájaros y hay muchos.
Respeto a quien eso hace. Respeto a quien no le gustan los animales, no es obligatorio que te gusten, aunque sea delito su maltrato, su abandono, la crueldad con ellos. Sean perros o gatos, sean pájaros o hámsteres. Viven con nosotros en nuestro mundo. Lo mejoran en la mayoría de los casos; acompañan, consuelan, maravillan.
Pero hace falta sensibilidad para que algo te maraville y de eso parece que vamos teniendo poco. O nada. Y sentido común para entender que se trata de equilibrios casi mágicos, que si hay plagas de ratones o topillos nacerán más rapaces que los cazan y se alimentan con ellos. Que si no hubiera murciélagos nos comerían los insectos (oh, qué miedo el mosquito tigre), que cada bicho tiene una razón de ser y estar y existir.
Y aquí somos, estamos y existimos los del cerebro más desarrollado, sin entender nada de esos equilibrios imprescindibles para nuestra propia supervivencia.
Y si no nos conmovemos siquiera con cientos de niños ahogados en el Mediterráneo, abusados, sometidos, sojuzgados, sin refugio, pedir que nos conmueva un animal es para nota. Para suspendernos en humanidad, que no es asignatura pero debería.
Nosotros, los humanos. Nosotros que matamos por placer o para colgar cadáveres en las paredes. Trofeos, dicen. Claro. Premios a la estulticia, la ceguera y la soberbia.
Nosotros que estamos dejando sin futuro a la vida sobre la Tierra a una velocidad desconocida en la historia del mundo.

Nosotros, los inhumanos.

martes, 19 de abril de 2016

COMO UN TACONEO






  "El fútbol es un juego de caballeros jugado por villanos y el rugby es un juego de villanos jugado por caballeros".



  "Football is a gentleman's game played by thugs and rugby is a game for thugs played by gentlemen".

Un dicho antiguo del que se ignora el autor (o he sido incapaz de encontrarlo).
Un dicho que debería ser puesto al día en su formulación añadiendo “señoras”, o mejor aún, mujeres.

La primera vez que pisé un campo de rugby escuché un sonido que no esperaba.
Al fondo, el murmullo de los espectadores en las gradas. En primer plano, un taconeo, la sensación de que un grupo de mujeres caminaban deprisa haciendo sonar sus pasos. No lo eran, claro. Eran tipos fornidos, uniformados, poderosos. Salían de los vestuarios y se disponían a saltar al campo. El camino de cemento hacía que los tacos de las botas sonaran así, como un taconeo presuroso.

Y me gustó el contraste y me llevó a pensar.

Dicen que las primeras mujeres que jugaron al rugby lo hicieron en secreto, allá por 1913 en un College inglés. Me las imagino de noche o en penumbra, pasándose el oval casi a ciegas, ensayando a ensayar con calzones quizá, con la ropa tan incómoda que vestían entonces. En España tuvo que ser, ya sin secreto, en 1970. Las protagonistas, unas estudiantes madrileñas de arquitectura.

Y casi medio siglo después (el tiempo vuela) las mujeres que juegan a rugby han de justificarse porque “no es deporte para chicas”, “seguro que son lesbianas”, “hace falta fuerza y ellas son débiles”, y tantas otras frases que cualquier mujer, se dedique a lo que se dedique, ha de escuchar a lo largo de su vida. Probablemente a las rugbistas arquitectas también les aseguraron entonces que la arquitectura no era profesión para mujeres; ahí, entre andamios y albañiles, qué barbaridad. No es que nos hayamos acostumbrado pero casi no nos extrañamos de nada.

Tampoco de que haya quien se empecine en declarar que las jugadoras de rugby, las boxeadoras, las atletas de cualquier deporte son “muy valientes”. Mire, no, ni más valiente ni menos que un varón que decida practicar esos deportes. Y ahí estamos, en que seguimos siendo el sexo débil y eso, en pleno siglo XXI, sigue siendo un pensamiento único, unívoco y absurdo y, desgraciadamente, bastante difícil de erradicar.

Por eso, seguramente, las mujeres vamos haciendo lo que queremos y no lo que nos dejan, o lo que sería femeninamente correcto según parámetros acaso medievales.

Y porque la H que forman los palos de la portería de rugby es la letra inicial de humanos. Lo que somos todos, hombres y mujeres.

Y porque quien juega al rugby, dice la Real Academia de la Lengua, es “rugbista”, palabra masculina y femenina al tiempo.

Algo que ya sabían, desde siempre, eso de ser humanos y personas, todos aquellos que aman el rugby.

Señoras y caballeros.

(Este artículo se ha publicado en la revista"Rugby en blanco y negro", marzo de 2016)

miércoles, 23 de diciembre de 2015

PARA MI BUENA GENTE TUITERA


Nos acompañará la suerte. O no.

Triunfará el lado oscuro. O no.

Enfermaremos. O no.

Nos enamoraremos, se nos morirá alguien, nos nacerá alguien.

Y le queda poco al año viejo y, mal que nos pese, haremos balances mentales de lo bueno, lo malo, lo regular, lo insignificante, lo emocionante.

Y nos creeremos (ha de deberse a la condición humana) que esa hoja nueva del calendario que estrenamos nos traerá lo que el otro que va al contenedor de papel (o debería) no fue capaz de darnos.

Y seguiremos sin entender (aún tenemos ilusiones) que las del calendario funcionan como las de los árboles. Caen unas y hay otras nuevas aguardando para brotar y morir de nuevo.

Y eso del ciclo lo llevamos mal (somos humanos y mortales).

Así que no hay balance ni esperanzas. Sólo, desde aquí, salud para quienes sé que estáis enfermos. Os juro que esto es lo que más deseo.

Me ha hecho muy feliz tener proyectos, compartir los vuestros. Compartir.

Y me hará muy feliz (es condición Ruiz y Echauri) saber que os va bien, que seguís cuidando de los vuestros, escribiendo poemas, libros, tuits. Haciendo guiones, teniendo hijos o nietos o amores. Leyendo, oyendo música, componiendo música. Sembrando flores, cuidando a pájaros, perros y gatos.

Que encontréis trabajo quienes lo necesitáis, que os guste el vuestro a quienes lo tenéis. Que no os falte una caña ni un amigo a quien invitar a otra caña.

Que vivamos sin hacer daño. 
No encuentro otra manera ni nada más parecido a hacer felices a los otros.

Y el 2016 tiene un día más para todo eso.




lunes, 23 de noviembre de 2015

EL MUERTO EN EL ENTIERRO DE OTROS

El Periodismo (permita que lo escriba con mayúscula) no es una ciencia exacta, ni siquiera sé si es una ciencia. Sí que lo concibo como un noble oficio, tan noble que, de no existir prensa libre, no habría ciudadanos libres.

Y, llegados a esto, tan fácil de entender, empieza lo ininteligible.

Los ciudadanos han venido acostumbrándose en los tiempos recientes a que el periodista sea poco más que un vocero, un señor o señora que da gritos en platós televisivos, que nos imparte doctrina y parece querer medrar a toda costa a la sombra del poder o los poderes. Y cuánta gracia nos hace ese vocero, qué divertidos sus insultos, cómo sube la audiencia cuando acude a sentarse y sentar cátedra.
Y, hete aquí que, en parte por esos voceros, en parte porque leer cosas largas da pereza, en parte porque los mensajes simples se expanden con más facilidad que los complejos porque también da pereza (infinita) analizar… (ya dejo que respire) el Periodismo se ha vuelto periodismo.
Hasta que, cosas de la vida, el ciudadano, necesitado de saber verdades porque están los tiempos peligrosos, salvajes, sangrientos y desapacibles, ha descubierto que es muy difícil encontrar periodistas que le informen. Porque dar voces sabe cualquiera, pero se nos está olvidando informar. Informar, con mayúscula. Y el ciudadano, que no es tonto aunque algunos periodistas lo tomen por tal, busca la información en fuentes que no parezcan emponzoñadas y surgen medios nuevos con razonable éxito de audiencia.

Y el ciudadano, hastiado de famoseos, selfies y otras zarandajas se cree más aquello que narra alguien que firma con pseudónimo y que parece saber de qué habla. Y creo que el ciudadano tiene razón en ridiculizar al listo periodista que quiere ser artista, protagonista y el muerto en el entierro (pero en el entierro de otros, claro está).
Por terminar con la reflexión, en tiempos convulsos donde todo está en cuestión, donde el miedo va sentándose a la mesa de cada casa, donde ignoramos qué será lo próximo que nos sacuda, aterrorice y haga daño, los periodistas hemos de exigirnos hacer Periodismo. Y hemos de ser también quienes demos una patada en el culo (sean ambos, culo y patada, virtuales) a toda esa pandilla de voceros pagados de sí mismos y pagados (acaso, esto no lo puedo asegurar) por quienes prefieren que no sepamos y que nos divierta el circo.

Un mal periodista puede arruinar vidas, poner en peligro vidas y esto no es una cosa baladí.

El gobierno belga pidió a los medios un silencioso sigilo porque saben que hay mala gente suelta, gente dispuesta a matar y morir. Y los medios y los ciudadanos belgas asumieron esa enorme responsabilidad de callar y esperar.
Me pregunto qué hubiera pasado en España de ocurrir esto y me da pánico pensar en la reacción de quienes, sintiéndolo mucho, son del mismo oficio que yo. Un gremio que se basta y se sobra para hacer el ridículo cuando los ciudadanos precisan rigor y verdad.

Y silencio cuando el silencio sea una precaución por el bien de la mayoría y no censura.

miércoles, 28 de octubre de 2015

PANTALLAS SOBRE PANTALLAS





Antaño, en las noches de invierno,  ardían leños en los hogares. La luz de las velas provocaba sombras en las cortinas y cierta magia impregnaba la oscuridad.
Hogaño, me asomo a la ventana y no veo siquiera a la chica de ayer. Veo parpadeantes pantallas en todas y cada una de las ventanas.
Ventanas multiplicadas, repetitivas. Ventanas que llenan de colores cortinas y paredes.
Suenan gritos, discusiones airadas, risotadas, jaleos, música, estridencias.
Resuenan hasta confundirme porque tras el reflejo de las grandes pantallas veo otras más pequeñas. Tabletas, teléfonos móviles. En ellos se teclea aquello que se ve en la gran pantalla, el trampantojo principal, el santificador de cada salón, la peana hacia la que oramos los de ahora.
Y casi puedo oír mensajes entrecruzados, cháchara, diatribas, alabanzas.
Y miro de reojo a mis propias pantallas y leo cosas extrañas.
-      Ola, ke ase.
-      Quicir
-      Guapa no, lo siguiente
-      Me sigues y te sigo
-      Gane followers
-      El youtuber
-      El bloguero
-      El trending topic
-      El hastag
-      El site
-      Un fake

Y en esa cascada de términos, frases, anglicismos y nonadas descubro tópicos como los de siempre, pero tintados de una modernidad que no hace más que disfrazar lo hueco, lo huero, lo sin sustancia de casi todo. La volatilidad de lo que ahora importa, pero sólo ahora, porque mañana se habrá olvidado y las células de las pantallas se dedicarán a otros asuntos o nos despistará otra diatriba, o habrá un estreno de un nuevo y viejo programa donde gentes airadas escupirán insultos en vez de argumentos.
Una pantalla es un reflejo, también el lugar donde parapetarse, ocultarse, disimular         que no se tiene nada que decir, por eso suele decirse a gritos.
A veces en la redacción nos pedimos unos a otros sinónimos, como quien solicita una flor, el ornamento necesario para expresarse con precisión, para no confundir a quien nos lee o nos escucha, para que el mensaje sea claro y veraz y bien contado.
A veces, ante realidades atroces, nos faltan las palabras pero están, siempre están, siempre hay una, y certera, para expresarse.
Ah, pero qué cansado es hurgar en diccionarios, comprobar significados, decir con solvencia.

Y qué confuso usar sinónimos de “hermoso” para quien simplifica con un “qué guapo te ha quedado”. 
Tanta pantalla para tan poco contenido.
Tantas que, acaso, pronto sólo se reflejen en ellas 'palabros' y no palabras porque las habremos olvidado. 
O porque las matamos, con nuestra desidia, a diario.

jueves, 24 de septiembre de 2015

MUJERES



En mi primer trabajo, que no era tal sino prácticas no remuneradas, era la única mujer de la redacción. Por no haber, no había ni servicios para mujeres, sólo una puerta sin rótulo. Un urinario masculino al fondo y una cabina con retrete. Así que, si quería entrar, había de mirar bien que no hubiera algún hombre haciendo uso del urinario.
Esto no tendría la mayor importancia salvo porque representa un espíritu empecinado en mantenerse en el tiempo. Hay lugares que no son para mujeres.

A lo largo de todos los años que han venido después (y han sido unos cuantos) cada vez hay menos lugares donde no se haya previsto que fueran a entrar mujeres. Desde cuarteles, hasta quirófanos, cabinas de camión o avión, minas, campos, cuerpos de seguridad.

No, tampoco hay mujeres en el sacerdocio católico, sí en otras confesiones cristianas.

Es igual, yo iba al asunto de que ya nos hemos hecho un hueco, cosa absurda ésta, teniendo en cuenta que somos algo más de la mitad de la población.

No sé qué influencia tuvimos las mujeres de mi generación en esto de abrir camino, pero sí sé que tuvimos que padecer micro, macro y medio machismos de toda clase y condición. Al principio en silencio. Luego, alzando la voz en defensa propia y de las demás.

Leo ahora a mujeres muy jóvenes convertidas en adalides de un feminismo que no puedo sino admirar, pero.
Pero, sí. "Pero" porque cierto feminismo llevado al paroxismo provoca el efecto rebote, el chiste, la parodia, más machismo si cabe que el que anda siempre por ahí, latente, dispuesto a saltar a la mínima.

Porque sí, sigue habiendo hombres que piensan que una mujer trabajadora quita el trabajo a un hombre. Que el lugar de la mujer es la casa, el "hogar", dicen, como para santificarlo. Que vestimos como putas, que vamos provocando, que si la mató algo habría hecho.

Hay que educar, primero en casa, luego en la escuela. Educar en igualdad, paridad y humanidad.

Si nos tomamos como una grave agresión machista que un tipo se despatarre en el asiento del metro estamos desvirtuando esa lucha feminista que intenta conseguir algo más, mucho más importante, que ese poco de espacio vital en el transporte público. 
Ese tipo despatarrado no es un machista, es un maleducado.
Creo que a lo largo de mi vida he procurado ejercer el feminismo como mejor he sabido, no tolerando lo intolerable y despreciando lo despreciable, desde el piropo grueso a la opinión irracional.
Tengo mi hueco, mi espacio, mi voz, junto con otras muchas mujeres y otros tantos hombres. Y en lo tocante a relacionarme con ellos, casi puedo decir que me baso en la letra de una canción del querido y añorado Javier Krahe:



miércoles, 9 de septiembre de 2015

DE EXTRAÑAS HISTORIAS


Va terminando el verano. Ese tiempo en que parece detenerse el mundo, ése en que creemos que vivimos más o mejor o más libres.
Justo antes de que empezara la estación del sol y la molicie, algunas gentes reclamaban ese tiempo "para leer", decían, como si el resto de las estaciones nos impidieran tomar un libro y disfrutarlo.
Leo. Leo mucho. Leo bastante. Leo desde que mi padre me enseñó, yo tenía cuatro años, en la mesa de la cocina. La eme con la a "ma".
Leo bastante, pero en verano he leído muy despacio un libro que merece ser leído "El jilguero" de Donna Tartt. Una historia que se desliza y se extiende y se concentra en una espiral que nos lleva a un cuadro, ése que da nombre a la novela. Una obra de arte.

Ahora, asomando el otoño dorado, he devorado en una tarde otra novela: "La extraña historia de Maurice Lyon", del periodista (y escritor) Oriol Nolis. Y es también el arte, en forma de desasosiego, lo que llena sus páginas.
No mentiré, Oriol es amigo y compañero, me alegro de que se cruzaran nuestras vidas en una redacción, de que habláramos, de que sigamos en contacto aunque en la distancia.
Y he abierto su novela sin haber querido leer una sola crítica, ningún comentario. Nada. Sin pistas de adónde iba a llevarme ese Maurice Lyon, extraño, hermoso, obsesionado.
No daré pistas.

Sólo recomendaré una lectura que hace reflexionar sobre el valor. El valor y el precio. El valor de valer y de ser valeroso. La valía, la obsesión. Toda una colección de obsesiones. La obsesión del arte.

Ha sonado el teléfono varias veces mientras yo leía en silencio.
Se ha ido yendo la luz, como si la echara a bofetadas el otoño cercano.
Y he seguido leyendo, casi en la penumbra, porque necesitaba saber cuál era la última pieza del rompecabezas.

Sólo me permito recomendarles que lo lean. Si les gusta tanto como me ha gustado, habrá que agradecérselo al amigo Oriol, coleccionista de vida y, ahora, de letras hermosas.

miércoles, 17 de junio de 2015

UN REGALO

video


He de agradecer a @Gorg_blau el detalle de hacer este montaje de la historia de los cernícalos. Porque en Twitter hay muy buena gente que ha disfrutado con una nidada de aves en mi ventana. Una cocina abierta a todos, gracias a esto que llamamos tecnología y sirve para unir, afortunadamente.

lunes, 1 de junio de 2015

UNA AGONÍA GENEROSA




Mi abuela Cilveti, Corpus, la mujer de Serafín Echauri, no supo jamás ser egoísta. Ni creo siquiera que lo intentara.

En ella eran de verdad frases como “ojalá yo enferma y no tú”, “me quitaría el pan de la boca para dártelo” y otras del mismo estilo.

Mi abuela Cilveti, que había vivido tiempos duros, sabía que en esos momentos es cuando precisamente más se necesita de la solidaridad.

Mi abuela Corpus murió en su cama. Viuda desde hacía años, le acompañaba mi madre en ese trance.
Las grandes frases que pronuncian antes de morir los grandes personajes de novelas y películas suelen pasar a la posteridad. Y he pensado que merece la pena contar cuál fue la última frase de la abuela Corpus a su hija pequeña:

“Ponte la chaquetica, no te enfríes, mi chica”.

Dicho lo cual, expiró.

Ya os dije que jamás supo ser egoísta, ni siquiera emprendiendo su último viaje. Sabía que nada se deja atrás, quizá esto sólo, el recuerdo agradecido de una nieta a quien también enseñó a ejercer la generosidad. Y bien que se lo agradezco porque es una herencia incalculable.



miércoles, 29 de abril de 2015

ENSAYO GENERAL CON CERNÍCALOS


No tengo ni idea de si esto funciona. Son las primeras imágenes del anidamiento de cernícalos en mi ventana. La cámara ha hecho una foto cada minuto. Si se van pasando las fotografías se ve el movimiento de la hembra mientras empolla los huevos. Seguro que a alguien se le ocurre una forma infinitamente mejor de verlo o convertirlo en vídeo.
De momento, la jardinera y su nido sobre la tierra.
























miércoles, 31 de diciembre de 2014

ARMAS CARGADAS DE FUTURO



"Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse".

Y si lo escribió Gabriel Celaya y lo hizo tan atinadamente, para qué añadir más en este día postrero de un año negro.
Porque si estamos tocando el fondo, hora será de ir levando anclas o soltar amarras o lo que quiera que hagan los marineros valientes antes las tempestades.
Todo menos quedarse al pairo.
Todo menos ver cómo zozobramos.
O nos hunden.
O lo intentan.

Maldigo a quien no toma partido, a quien no se remanga y lucha hasta desenterrar del fango aquello que quieren que olvidemos los interesados en la amnesia.

Maldigo a quien olvida que otros, antes que nosotros, también se vieron tocando fondo y alzaron la voz y las cabezas y se pusieron a trabajar.

Benditos quienes no se resignan, no se acobardan, no se esconden.
Acaso el futuro no exista o sea negro pero, de haberlo, será de esos valientes que toman partido hasta mancharse.
La poesía no es un adorno.
Sigue siendo (gracias, Celaya), el arma cargada de futuro; la tabla a la que asirse en mitad de una tormenta adonde nos llevaron quienes no tienen botes salvavidas, ni saben qué cosa sea la dignidad.

martes, 18 de noviembre de 2014

A PEDRADAS



Probablemente nunca abandonamos Atapuerca.
Es muy posible que esta dinastía de humanos a la que decimos pertenecer, con orgullo de "sapiens", vuelva una y otra vez a la caverna donde se refugió porque hacía frío y no había abrigo ni fuego ni la inteligencia suficiente para inventarlos.
El deporte rey no es el fútbol.
El deporte rey es el lanzamiento de piedras al vecino, para ver si lo descalabramos y ocupamos su lugar o le quitamos algo aunque no nos haga falta.
Qué bien se nos da destruir, criticar, amedrentar, lapidar, crucificar, prender piras, cortar cabezas, pisotear.
Qué pericia en la crueldad la de nuestra generación.
Pues eso. Nunca debimos abandonar Atapuerca. Ahora somos más dañinos aunque tengamos calefacción.

martes, 30 de septiembre de 2014

TVE Y CENIZAS







El día que aventé las cenizas de mi padre, el día que enterramos algunas bajo una estatua que le encantaba, ese día, tenía pendiente un rodaje para una serie en mi empresa,  TVE.

(Mi empresa, sí, porque llevo en ella más de tres décadas haciendo lo mejor que he sabido mi tarea).

Aventé cenizas amadas y me fui a rodar. A seguir trabajando en una serie divulgativa, cultural y de servicio público al ciento por ciento.
No diré que he dejado de vivir por culpa de mi trabajo. Diré que mi trabajo me ha aportado mucha vida, muchas alegrías, muchas personas a quienes conocer, mucha experiencia. Más gozos que penas.

Yo soy de esas gentes raras que se sigue emocionando cuando ve en la carretera una unidad móvil en la que pone “TVE”.
Yo soy una de las “afortunadas” que logró una plaza en unas duras oposiciones en un momento especialmente jodido de mi vida.
Yo debo de ser, según una opinión pública mal informada, una paniaguada, manipuladora, vendida, vaga funcionaria, ganadora de millones y no sé cuántas cosas más.

Y yo, según yo misma, ya perdonarán que personalice pero esto es muy personal, soy sólo una periodista afortunada por tener trabajo, por haberme ganado el pan durante años en la misma empresa, ésa que considero muy mía, muy nuestra, propiedad de todos y cada uno de los ciudadanos.

Porque yo, a pesar de los pesares, sigo creyendo en el derecho y el deber de formar, informar y entretener. En hacerlo con la mayor calidad posible, con honestidad y sin dilapidar un dinero que no es nuestro.

Ahora que todo está en juego escribo esto para que no se olvide.
Porque aunque las cenizas de mi padre continúen por ahí en la atmósfera, me sigue faltando el aire cuando pienso en él.

Y me ahogo cuando veo cómo quieren ahogar a mi empresa y a tantos profesionales que no tenemos más mérito ni hemos cometido graves pecados, salvo  intentar, cada día, ser honestos con nuestro oficio y nuestros conciudadanos.