jueves, 18 de abril de 2013

La amante





Vivieron una extraña historia de amor.

Ajustaron ese tiempo en  que se amaron a una frase de Cortázar: Ven a mi cama, no haremos el amor, el amor nos hará.

Y el amor les hizo ver al uno en los ojos del otro, les hizo comprenderse, conocerse y, en último caso, destruirse. Se consumieron en una fogata tan intensa como efímera. Apenas tardaron unos meses en comprender que el amor no les hizo, los destruyó a ambos y cada uno, incendiados en una pelea por saber si todo se puede compartir o el alma se queda sola por mucho que los cuerpos se enreden en dulces batallas.

La amante, mientras tanto, se consumía también en una soledad angustiada, viendo el naufragio por anticipado, sabiendo que nadie podría darle a él aquello que ansiaba, porque ansiaba una perfección que no existía en el mundo real. Un estado de tal plenitud que quizá sólo es posible hallar en los recodos de las tumbas, en épocas remotas, en sueños imposibles y exactos.
Nada más lejos de la exactitud que el amor, o que el falso amor o que la falsa realidad que nos hace compartirnos cuando ni siquiera nos comprendemos al quedar a solas.

La amante era consciente de la difícil soledad de él. De sus pesadillas. Sus terrores. Sus anhelos. De qué le provocaba dolor o qué le proporcionaba placer. De qué huía y hacia dónde escapaba.
La amante se llamaba así a sí misma no porque fuera un amor escondido o prohibido, sino porque sabía, desde el día en que lo conoció, que amaría a ese hombre hasta el final, pasara lo que pasara con sus vidas, con sus sueños, con sus muertes respectivas. Desde niña soñó con un amor así, de los que sobreviven a la tumba, al más allá que no existe. Ahora lo había encontrado en un hombre, en ese hombre que iniciaba planes con otra mujer, que se refugiaba en brazos ajenos, que gustaba las mieles de otro cuerpo y el ansioso descubrimiento de otra alma que esperaba gemela a la suya.
La amante sabía que eso era imposible, que las almas gemelas no existen sobre la Tierra, que acaso hay extraños momentos de sintonía como los que ellos mismos habían disfrutado. Inolvidables instantes  en los que todo fluye como debe, en que la plenitud parece alcanzable y nos invade ese precioso silencio en el que hablar es innecesario, en que sólo se puede sentir cómo el otro eres tú y tú eres el otro.
Callaba. Prefería no decir palabras que pueden doler cuando el mundo del amado se resume en un cuerpo ajeno, en un alma extraña.
Callaba. Sentía un dolor profundo, pero callaba, incapaz de que los celos se impusieran al amor y la hicieran desgraciada a ella y objeto del odio de él. Eso lo tenía claro. Él podría acabar odiando a la mujer que sabía casi todos sus secretos, no por saberlos, sino por conocer su alma quizá mejor que nadie en toda su existencia, quizá incluso más que él mismo. Y tener el alma desnuda nos hace vulnerables.
La amante lloraba a solas, sin que nadie pudiera ver sus lágrimas, pero no había vergüenza en ese reguero salado que le surcaba las mejillas sin previo aviso. Las escondía como trofeos de ese amor imposible, como prueba incluso de que el amor existía más allá de lo real, más allá de lo posible, más allá del ser amado y de ella misma. Y la madurez se le tornó en lágrimas porque ella sabía, porque ella adivinaba, porque se lloraba por anticipado por el dolor que preveía en él.
Deseaba acaso equivocarse. Deseaba que su clarividencia fuera una falsa percepción, que nada malo sucediera. Deseaba ser para él el escudo que protege de cualquier mal, hasta del que él mismo se causaba o se causaría. Deseaba ser eterna, para protegerle más allá de la muerte y de los sueños posibles. Pero no lo era, nadie lo era. No existe la eternidad. Para el amor tampoco. Pero el tiempo de desdicha es más inacabable que el de felicidad y el de soledad mucho más amplio que el de perfecta compañía.
De él aprendió muchas cosas. Quizá la principal que los sueños rara vez se realizan y si se realizan dejan de ser sueños y en la realidad todo es imperfecto.
De él aprendió a aquilatar sentimientos, a frenar ímpetus, a atesorar el tiempo de estar juntos y solos. Ahora que ella había aprendido esta difícil lección, él la olvidaba veloz en brazos de otra. Le parecía injusto, pero es que nada hay justo en lo tocante a sentimientos. El mundo está lleno de gentes abandonadas por quienes parecían en verdad amarles, repleto de solitarios que añoran compañía y de acompañados que anhelan soledades. El mundo está lleno de infelicidades que se regurgitan a ratos dando voces, o definitivamente, optando por el suicidio. Morir por amor parece heroico pero es cobarde. Morir es rendirse porque sabes que nunca te amarán como tú amas; mejor aún, que nunca amarás como te aman.
La amante lamentó una y mil veces no haberse entregado por completo, no haberse fundido con él, cuerpo y alma entrelazados. Pero ya era tarde. Siempre era tarde en lo tocante al amor. Y la desdicha le había invadido hasta el último poro y no sabía cómo desalojarla sin arrancarse al mismo tiempo tiras de piel, gajos del alma, su ser completo. Él le habló de trenes perdidos, de tiempo escapado, de necesidades nunca satisfechas. Ella le habló de la esperanza en lo por venir, de la búsqueda de la felicidad como se busca una esmeralda entre trozos de vidrio, de la dificultad de hallar al complementario.
La amante calló, sin embargo, la imposibilidad profunda de olvidar la dicha, la piel y los besos, las caricias, los orgasmos, la locura a dos. Danza perfecta. Calló también las dudas. Y el miedo. La desdicha. Disfrazó como pudo los celos. La tristeza. El ahogo que le oprimía el pecho, que le anestesiaba los sentidos hasta impedirle dormir, comer y respirar. Era su secreto ése, el del padecimiento profundo por un imposible amor, por la lejanía del alma amada, del cuerpo esquivo. Por un silencio tan opresivo que le estallaba por dentro. Una carga de profundidad que le minó el alma en un solo estallido y la convirtió en submarino varado en profundas arenas abisales. Échame un cable, le pidió. Pero él ya no podía escucharla,  al hundirse se alejaba de esa felicidad de él, que le hacía volar como nunca antes había logrado. Ella al fondo, él en lo alto. Y la rueda girando loca, sin eje, descabalada toda.
La amante. Escorada. Sumergida. Invisible.


Cuando se consumó el desastre, cuando todas las sospechas se confirmaron, cuando la realidad se impuso a cualquier pesadilla para empeorarla, la amante supo que nunca recuperaría el lugar perdido, esa plaza de la que la habían echado a empujones, a mentiras, a deseos siempre insatisfechos. Aún se sintió peor, aún se supo más innecesaria, más prescindible, más sola.
Eternamente sola, aguardando nuevas rutas en la vida del amado, que otra mujer llegara y se quedara o se fuera, que lo mismo daba. Nunca jamás recuperaría su hueco, ese lugar en un corazón que aún no sabía nada, que nunca entendería lo ocurrido ni lo que estaba por ocurrir.
Hubo un tiempo casi feliz. Fue antes de que todo se consumara. Ese instante que se escapa presuroso y en el que casi todo es posible. El reino de lo posible. En ese momento en el que sólo ellos estaban, en el que sólo ellos eran importantes, el futuro no existía (nunca existe).


jueves, 11 de abril de 2013

Maldito olvido






En el recodo más oscuro del pasillo brillaban sus ojos. Siempre fue su mirada la que me dio la medida de las cosas.
Fruncido el ceño, empequeñecidos, o abiertos de par en par, absortos en su propia sorpresa, sus ojos eran ella. O era ella quien habitaba tras sus ojos, la mirada alerta hasta que el sueño ganaba la pequeña batalla de las noches.
No hubo un día a recordar. Ese día aciago del que se habla cuando surge un dolor, la urgencia perentoria de una ambulancia, el desastre de hierros retorcidos en un accidente. No. No fue un tiempo concreto aquél en que el brillo fue apagándose. No hubo forma de llevar contabilidad del robo funesto de la luz en los ojos de ella. Simplemente se fundió en negro, como pasa en las películas cuando el director quiere cambiar de escena y se ahorra el trabajo de idear otra transición.
Así que ella, tan presumida, tan perfecta, tan marimandona y repeinada, por un momento fue protagonista del largometraje y cuando volvió la luz a la escena de su vida, los ojos ya se le habían apagado.
El salto mortal sin red. El guiñapo inerte en el centro de la pista. Las pelotas de los malabares rodando sin ton ni son.
-          ¿Qué te gusta hacer?
-          Me gusta… me gusta… ¡ser presumida!
Y se pasa la mano delgadita por el pelo entrecano y busca en el bolso esa barra de labios que da la medida de lo presumida y coqueta que es, que era, que quisiera seguir siendo.

-          Aquí vas a estar muy bien. Tendrás nuevas amigas, podrás jugar a muchas cosas y el cocinero hace unas comidas buenísimas.
-          ¿Vuelvo al colegio?
-          Bueno… sí, es como un colegio.
-          Soy vieja para ir al cole otra vez. Vieja no, mayor. ¿Y podré ver la tele?

La maldita pantalla encendió la mecha. Esa compañera parpadeante, siempre encendida, siempre vomitando imágenes. Hablaba con ella. Le reñía. Discutía. Se enfadaba o se reía como una niña chica que ha encontrado la muñeca de porcelana perdida en el desván años y años.
Él, mientras tanto, estaba ciego. Ignoró los avisos, las señales de alarma, las pistas que van dejando un reguero leve pero pertinaz.
El puchero puesto al fuego sin nada en su interior.
La ropa sucia, preñada de lamparones. El abrigo en verano. La misma bata siempre. El pelo desastrado.
Y sus ojos. Sobre todo sus ojos perdidos en un laberinto de donde nadie sale. El juego maldito de pasen y vean los recovecos del alma que no se encuentra a sí misma. La fuga del ingenio.
Antes fueron las primeras añagazas. Una leve repetición de las preguntas que yo le hacía para intentas ganar tiempo mientras buscaba la respuesta en un lugar ignoto.
-          ¿Qué tal has dormido?
-          ¿Qué tal he dormido?
Y rápidamente, disimulando, respondía: Bien, gracias. Muy bien.
El salto fue cuando la primera persona desapareció de sus frases, cada vez más breves, sustituido –ya sin disimulo- por el eco mismo de lo preguntado.
-          ¿Qué has comido hoy?
-          Qué has comido hoy…
Y la respuesta se paseaba lenta entre el silencio. Y se le abría la boca queriendo decir más. Y repetía siempre un mismo menú aprendido como los niños chicos repiten las tablas de multiplicar sin entender nada.

Moverse entre fantasmas. Peregrinos de la nada. Sombras de seres vivos. Ecos de voces. Gritos acaso.
En las paredes dibujos infantiles. Estamos en otoño. Es el día cinco de octubre del año dos mil ocho. Es domingo.
Y las hojas secas del cerezo del jardín prendidas con adhesivo en el corcho. Retorcidas. Marrones. Yertas. Muertas.
Y la televisión vomitando necedades. La revista de colores se le cae de la falda. Dormita. Descansa. Se ausenta. ¿Acaso sueña?
Ojalá pueda soñar con ese tiempo ido en que los cerezos florecían y ella, niña aún en la huerta del padre, era capaz de saber que la primavera volvía, que en verano cosecharían los frutos rojos y que la madre le diría, como cada año: ¡Ten cuidado que las manchas de la cereza no se quitan!
El tiempo hermoso de los novios, del esplendor en una hierba infinitamente verde, lozana y fresca.
Ahora no sabe en qué día vive o no vive. Ahora ignora quién es. Tampoco sabe quién soy yo, pero poco importa.
La ninfa Eco ha decidido habitar en su cuerpo menudo y translúcido. Entre las hebras de sus canas y su cerebro enfermo. Le hace repetir palabras como si también a ella la hubieran descuartizado y esparcido sus restos por todos los confines. Pero ya no tiene fuerzas para completar las frases porque también le han robado la memoria. Así que se le quedan las preguntas colgadas en el aire, detenidas en un soplo que nada quiere decir.
-          ¿Qué has…?
Y vuelve la cabeza como si se avergonzara de ser capaz de recordar tan poca cosa y se queda mirando a la pared, como si se castigara.

¡Comido! Dice al cabo de media hora, cuando consigue seguir el rastro del olvido. Pero ya no salen más palabras de su boca y parece que sonriera,  como si fuera de veras una niña caprichosa, presumida y algo malvada que no habla porque no quiere. Sencillamente porque no le da la gana.
Tampoco quiere comer. O parece que no quiere. O no sabe qué hacer con esa cuchara repleta de puré que se le queda a medio camino entre el plato y la boca, suspendida en el aire, enfriándose.
-          ¡Vamos, que se te va el santo al cielo!
Dice perentoria la mujer de blanco. Y ella le lanza una mirada a cámara lenta y también a cámara lenta consigue poner la cuchara en la boca entreabierta.
Cuando la bajan al jardín no mira al espejo del ascensor. Quizá no quiere verse. Quizá si logra verse no se reconozca. Acaso si se reconoce crea que vive una pesadilla y que despertará pronto.
Tan guapa como era, tan presumida y repeinada, tan lozana con sus tacones altivos.





La vela








No hay más cera que la que arde.

El diminuto pabilo ya no alienta.

Se extingue la llama sin necesidad de viento.

La enorme catedral el escenario

del fracaso del fuego

la muerte de la cera

la extinción de un deseo.

No hay más cera que la que arde.

Y la vieja se marchó a dormir

convencida de que sus deseos

iban a misa.

Sus últimas monedas

alentaron

la escasa persistencia,

el fracaso de la llama.

martes, 9 de abril de 2013

Por escribir

Quien escribe se expone
está desnudo.
Más que el hablar
el escribir nos delata.
Más que el contar
más que el callar.

Es posible mentir cuando se escribe.
Es posible decir lo que no piensas.
Se permite todo en este juego,
incluso,
huir de las ausencias.

Mas no vale dejar correr la pluma
si no hay detrás lo que te avale
la necesidad imperiosa de expresar.
una historia,
un olvido,
las añoranzas, el miedo.
Un recuerdo 
o el beso que no diste.

Quien escribe, descubre sus infiernos.

Al abordaje

Cambié el billete de tren a última hora. El milagro ocurrió porque la M-30 no era el pandemónium habitual y el taxista se afanó por llevarme deprisa.
Así pues, subí a un tren al que no debía haber subido, al que nunca subo. 
El viaje transcurrió sin sobresaltos. A mi lado un chico que no dejó de hablar por teléfono en todo el trayecto. Nada inhabitual por otra parte.
Había dejado la maleta muy lejos, así que a pocos kilómetros de la estación me levanté del asiento y me puse el abrigo. 
Y entonces ocurrió.
Alguien pronunció mi nombre y me volví. Alguien sonriente que me dijo ¿Te acuerdas de mí? Y sí, me acordaba, claro que me acordaba. Entonces me dijo su nick de Twitter y estallé en una carcajada.
El azar. Y un pirata. En el mismo tren.
 

jueves, 4 de abril de 2013

Poesía cotidiana

Caminar a tus anchas por la vida
a lo loco sin mañana ni destino.
Dedicar tus horas a los versos
en ausencia de prosa intervenida.

Meditar acaso qué comer mañana
si habrá que poner la lavadora
si hay yogures de fresa en la nevera
si caducan o no, si azucarados.

La prosa cotidiana que te llena
de ansiedades, trampas y locura.
Que se funde la bombilla
el congelador no enfría
que alguien ha roto una silla
que el armario está de pena.

Habrá que pasar la aspiradora
por todo en general
por mejorar
ese aspecto deplorable de las cosas.
Las cotidianas.
Ésas aparentemente tan sencillas.
Las que no arman revuelos ni peleas
ésas tan aptas para el desconsuelo.

Y, entonces, escribes el poema
para que tengan sentido los dilemas.
El yogur, la lavadora y la nevera.


miércoles, 3 de abril de 2013

PLATERO ES PEQUEÑO... Y ¡ZAS!

La infancia recordada seguramente no fue la que vivimos. A veces nos la han contado los abuelos o los padres. 
Pero cuando ellos no están, en los momentos obligados del colegio, es cuando sí se amontonan los recuerdos propios, esos que te persiguen a lo largo de los años.
Y puedo recordar, como si ayer hubiera sido, la crueldad programada de las monjas. La que se cebaba en las niñas "diferentes".  
En la gordita que llegaba por las tardes "apestando a comistrajos" porque sus padres tenían un pequeño restaurante familiar. 
En aquella desgarbada y larguilucha porque parecía "un palo de escoba". 
En la que gustaba de jugar al fútbol en el patio, por "marimacho".
Y luego... luego estaba yo.
Mi primer tortazo fue "Pequeño, peludo, suave...etc.". Mi primer pecado fue haber leído "Platero y yo" con apenas cuatro años y medio. Mi padre me enseñó a leer en la mesa camilla, con un viejo "Catón" y el más viejo todavía "mi mamá me mima". A la monja no debió de gustarle ese adelanto y me soltó la torta "para que se te quite la tontería", dijo ufana. 
Hubo más desprecios. Y un apodo facilón y sórdido ese "cuatro ojos" por usar gafas. 
Y otro mucho más elaborado, se ve que la sor era más leída. 
Usábamos un lápiz y yo lo sujetaba de una forma algo extraña, así que se me abría una herida en el dedo corazón cada vez que el "dictado" era un poco largo.
Cuando me acerqué, llorosa y dolorida, a enseñar mi pupa a la monja me miró altiva y espetó:
"Vaya, mira a quién tenemos aquí, qué delicada la niña, pareces  la princesa del guisante".
Visto desde hoy, es el único principado que fui capaz de obtener. 
Aquella monja consiguió que el resto de las niñas me otorgaran el mismo título y se mofaran a mi costa. 
Yo leí el cuento que contaba la historia de esa delicada princesa y el guisante que la hería. Y luego leí muchos cuentos más. Incluso escribí alguno.
Fue mi dulce venganza.
Pensándolo bien, una deliciosa, hermosa y prolongada venganza.


martes, 2 de abril de 2013

LOS MALVADOS

Qué pensará esa gente,
los indecentes.
A quién encomendarán
tanta estulticia
para qué les servirá
ser mala gente.
Sí sé lo que pienso yo de ellos.
Sé que es breve todo,
la vida más,
y que prefiero
que me recuerden por amar.
Por lo demás hay que aspirar
a que no nos hieran en exceso.
Tenemos la gran virtud
de poder herirles...
tan sólo con un verso
a esos perversos.

lunes, 1 de abril de 2013

LA DAMA NOCTURNA

Bajaba por la calle recién regada y, a pesar de llevar puestos aún los zapatos de fiesta, no le importó que se mojaran. Sí recogió un poco la falda de satén para que los adoquines no dejasen un rastro de barro en la tela  tornasolada.
Caminaba tranquila. Sonreía su boca. Los labios aún guardaban restos del carmín que, horas antes, había perfilado con esmero.
Detuvo el primer carruaje que encontró, ya llegando a la Plaza Mayor, y dio al cochero la dirección de su casa en las afueras.
Cerró los ojos y recordó las últimas horas.
El último orgasmo.
El extraño rictus en la cara de él cuando, soltándose la melena, desnuda y poderosa encabalgada sobre el hombre, usó la larga aguja japonesa que le sujetaba el moño para atravesarle, con extraordinaria precisión y limpieza, la yugular.

jueves, 28 de marzo de 2013

Tanto miedo

De aquellas Semanas Santas de la infancia recuerdo el frío. 
Los caramelos que mi abuela cosía en la palma rizada. Algunos tambores. (La tele apagada no, porque no teníamos). Los garbanzos de vigilia (vigilia, me daba miedo esa palabra). Y, por encima de todo, el pánico a los encapuchados (mozorros en Pamplona), los cines cerrados. Una ciudad entera virada a negro. 
En las iglesias tapaban las imágenes con mantones. Y los espejos en algunas casas. Todo era luto y tristeza. Y, me olvidaba,  la carraca de madera que me compraba mi abuela. 
Y me daba miedo un terremoto justo a las tres de la tarde del viernes. Y ese sábado sin Dios, porque se había muerto. Y luego, todos se volvían como locos el domingo, porque ya había resucitado y todo era blanco y campanas repicando.
Y nunca entendí nada. 
Pero lo más incomprensible era por qué se ponían tan de duelo, cuando creían que, finalmente, la historia terminaba bien, como en esas películas de miedo que sólo son pesadillas.
Reitero: Nunca entendí nada.

lunes, 25 de marzo de 2013

Esas casualidades




Martina se sentó en la silla trastabillada, junto a la ventana donde agonizaba un geranio.
No tenía fuerzas ni para llorar.
En el rincón más cálido de la cocina, junto al radiador de hierro fundido, la cesta forrada de azul celeste. Allí yacía Tino. Era viejo y ella lo sabía. Era de raza indefinida pero le daba igual. Soltaba pelos por toda la casa, pero ella los barría afanosa. Le daba todos los caprichos porque él, Tino, su gato gris, era la única alegría desde que Alfonso decidió morirse una mañana, la mañana en que no amaneció. La mañana en la que todo se detuvo.
Le puso Tino porque a ella, desde niña, la llamaban Tina.
Ahora lo miraba yacente, en la cesta forrada de azul sin decidirse a nada, sin capacidad para pensar.
Logró reaccionar cuando la tarde era casi noche. Languidecía todo, como el geranio.
Preparó un bolso sin estrenar que le regaló su vecina en el último cumpleaños. Tomó el frío cuerpo del gato, lo envolvió con la mantita de cuadros y lo metió allí. Sería su ataúd.
Su calle era solitaria y algo mortecinas las farolas, pero no quería que nadie la viera en ese trance. Llevando un bolso con un gato muerto camino a la Escalerona, para lanzarlo al mar. Como hizo con las cenizas de Alfonso.
Pierre era francés y pobre. Vagabundeaba por el paseo hurgando en las papeleras y vigilando ancianas descuidadas.
Tardó menos de un minuto en ver a la mujer con el bolso. Tardó menos de medio minuto en echar a correr y arrancarle el bolso. Tardó segundos en desaparecer con el botín en la primera callejuela.
Martina se quedó paralizada.
La cara de Pierre cuando comprobó qué había robado fue un poema. En un acceso de ira lanzó bolso y contenido al mar. Asqueado.
Al fin, Tino, descansó en la mar.

(Dedicado a Berta Suárez Hevia, que escribió el twitt)

jueves, 21 de marzo de 2013

LA DETERMINACIÓN DE LOS SUICIDAS




Siempre admiró la determinación de los suicidas.
La emoción postrera que les debe  suponer decidir cuál será su último amanecer y de qué forma pasarán de la vida a la muerte.
Ellos sí saben la fecha y la hora, el cómo y el lugar.
Los hay artificiosos, los hay sencillos y expeditivos.

La determinación de los suicidas, hermanados por el ansia de la huida, por la certeza de que nada nos espera, de que nada nos queda, de que nada es posible, salvo decidir cómo y cuándo morir.

Una ventana abierta y un vuelo hacia el vacío. La gravedad hace el resto.

Una escopeta que cazó perdices te descerraja un disparo certero en el pecho.

La soga en la viga.

El puente. El río. La mar.

El tren veloz.

El metro.

Un coche volando hacia el acantilado.

El baño caliente y las cuchillas hendiendo las venas de la muñeca.

La dulce química mezclada con el alcohol: un sueño profundo sin pesadillas.

Cada suicida decide la puerta de salida, la abre y se va. Y no hubo nada. Sólo una ausencia más. Otra sombra. Otro vacío en la memoria de quienes se quedan a esperar su turno. Porque la puerta, es inevitable, se abre para todos.

Uno

Escuchaba las “Variaciones Goldberg” interpretadas por Glenn Gould. Apagaba un cigarrillo en el viejo cenicero de siempre, negro y roto, y encendía otro casi sin aguardar a que el humo del anterior se hubiera disuelto en el aire cargado de la habitación.
A veces descorría las cortinas y se arriesgaba a mirar al exterior. La calle era un mundo hostil.
Su única certeza la obtenía de la pantalla del ordenador cuando era capaz de hilvanar frases, añadir signos de puntuación e ir construyendo aquella historia que le había ocupado siempre el corazón o alguna remota circunvolución en el cerebro.
Sinapsis. Se decía. Y escribía la palabra.
Soledad. Y la vivía con la fuerza del dolor.
Sabor a sangre.
Silencio.
Y se le llenaba la boca de eses como en un juego infantil y cruel.
Sevicias.
Santuarios.
Signos.
Y, finalmente, suicidio.
Sonrió.
Suicidio, sí, es la postrera palabra de su particular diccionario. Una colección de vocablos de uso individual, el secreto soneto de su vida.
Soledad y silencio casaban perfectamente. Sólo el aullido del viento al otro lado de la ventana y el teclear en el ordenador alteraban la callada atmósfera. Y el piano, claro, el sabio aleteo de las manos en los marfiles negros y blancos.
No se puede calcular el miedo. No hay ecuaciones capaces de resolverlo. Y, sin embargo, cuando el miedo a vivir supera al terror de morir, nos encontramos ante la lucidez del suicida.
Siempre habrá alguien (en todos los miserables anida un juez supremo) que acuse de cobardía a quien toma la tangente y se marcha para no volver.
Y siempre habrá alguno (en todos los pusilánimes anida un absurdo benefactor de la humanidad) que sólo se duela por el dolor que esa muerte inesperada causa en los deudos que han de enterrar o incinerar al voluntario cadáver.
El suicida, que acaso en su vida conoció a magistrado alguno, acostumbra a dejar una carta para el juez. Escribe esa carta con buena letra porque cree que si no es manuscrita perderá valor de prueba y las autoridades dudarán de su autoría y sospecharán tramas urdidas para ocultar crímenes novelescos.
El suicida, que lo es desde mucho antes de fallecer, lo es desde que toma la decisión de desaparecer, descubrirá que tiene muy mala letra porque hace años que optó por el ordenador para escribir. Descubre también que las cuatro plumas estilográficas que guarda sobre el escritorio están secas y yermas. Y se resiste a escribir sus últimas palabras con un bolígrafo de propaganda del último hotel que visitó, en aquella época lejana en que viajes y hoteles parecían algo bueno que mejoraba la vida. Así que hay un momento absurdo en que el suicida piensa que deberá posponer su decisión a expensas de encontrar un instrumento adecuado para escribir la dichosa carta que, como es tradición, empezará diciendo:

“Señor juez:
Que a nadie se culpe de mi muerte. He decidido quitarme la vida que sólo a mí me pertenece…” etc.

Quizá en los juzgados haya un archivo donde se guarden todas las misivas que los suicidas legan a los jueces. Miles de textos más o menos originales, voluntades postreras de quienes tomaron el tren urgente de la muerte o decidieron arrojarse a las vías, con la última duda de si provocarían un descarrilamiento atroz.
Porque hay suicidas cuidadosos y descuidados. Entre estos últimos, sin duda, aquellos que irresponsablemente dejan abierta la espita del gas y mueren a lo grande, entre llamaradas y explosiones, arrastrando también a los vecinos de al lado que desayunaban sin saber que sería lo último que harían. Muertos como si el suicidio fuera una contagiosa epidemia.

Seguía sonando su música favorita en el ordenador. Buscaba datos sobre la muerte auto infligida y encontró tantos que le abrumaron. Mientras las autoridades nos recuerdan que el cinturón salva vidas, que la velocidad mata y que el alcohol es una pésima combinación con el volante, ocurre que mueren cada año muchas más personas por suicidio que en accidentes de carretera. Y abril, junio y julio son los meses más asesinos, por así decirlo.
Pensó en su propia realidad y constató que abril le predisponía a la melancolía y que el comienzo del verano se le antojaba una escarpada pendiente que era incapaz de escalar. Pero, al fin y al cabo ¿cuántos veranos vivimos?… En una vida media, pongamos que de setenta años, los primeros son de inconsciencia y el verano una época de aire libre, vacaciones, castillos de arena y aromas de salitre. En la adolescencia son los estíos días del primer sexo apocado, de horizontes con septiembre y suspensos atrasados. Y la pesadilla del adulto, el verano familiar plagado de veladas que terminan en discusiones y penurias, demasiado largas las horas, con tanta luz que nos hace ver hasta lo que queremos ocultar el resto del año.
Y los viejos en verano, la imagen del agostamiento.
Nos matan los días cálidos y eternos, asesinas jornadas de falso esplendor en la hierba que sólo augura el otoño atroz, decadente y dorado.
Tres mil o más muertos al año sólo en España. Cadáveres ahorcados, destrozados por el tren, yertos en sus camas tras una cena de barbitúricos y alcohol.

Dos

Descubrió muy pronto que a la gente no le gusta hablar de la muerte. Quienes aguardan en la antesala del médico son capaces de confiar sus más penosos padecimientos al desconocido que se sienta al lado, pero el asunto de nuestro final en la vida, acelerado incluso por los doctores que pretendemos que nos sanen, no agrada a nadie.
En la niñez le obligaban a rezar antes de irse a dormir. No hacerlo y morir de improviso, sumido en la inconsciencia del sueño, acarrea a los osados la condenación eterna, le dijeron.
Así que temía a la noche, tan larga y tan oscura, que nos deja desprotegidos, al albur de las sombras, los fantasmas y la Parca.
Los mayores acostumbraban a preguntar a los niños qué querían ser de mayores y él siempre contestó que simplemente quería no morirse. A eso aspiraba. Y luego le puso nombre: inmortalidad.

Tres

Siempre admiró la determinación de los suicidas.
Así que decidió convertirse en uno de ellos.
 
Cuatro

A una edad temprana supo que su muerte no dependería del albur, del azar malvado, de los médicos matasanos, de quien estuviera a su lado en ese momento y dispusiera que le resucitaran o le dejaran dormir en paz.
Pensaba en los espías legendarios que escondían en un anillo la diminuta pastilla de cianuro, el pasaporte para la frontera definitiva.
Soñaba con el momento supremo de la decisión que te ayuda a la fuga, como los presos valientes que optaban por arriesgarse a cruzar las alambradas y recibir un certero disparo en pleno cerebro; en ese mismo instante en que la bala horadaba la blanda masa, ellos ya habían conseguido eludir a sus carceleros.
Mariano José de Larra, que se suicidó por amor ante un espejo descerrajándose un tiro en la sien, se erigió en un mito a emular.
El problema era hallar ese amor incandescente, insoportablemente ansiado, que nos empuja a la muerte como supremo acto de entrega.
Había tenido amores, hasta los más tontos los tienen.
Amores perversos.
Amores asfixiantes.
Amores no correspondidos.
Amores de alcohol y sexo.
Gratuitos y de pago.
Amores propios, de masturbaciones imaginativas.
Pero siempre le fue esquivo ese amor del que hablan los poemas.
La soledad fue más poderosa que el miedo a estar en soledad.
Y tampoco encontró jamás alguien a quien amar que se comprometiera, también, a acompañarle en el último y voluntario viaje.
Amor y muerte resultan encajar en las novelas, pero en la vida son incompatibles. Nadie se siente más lleno de eternidad, inmortal e invulnerable que un nuevo amante.
Pero estaba convencido de que lo mejor del amor era la novedad. Cuando ya habías besado unos pechos unas decenas de veces, perdían todo interés y te empezaban a llamar la atención otros escotes que pasaban a tu lado por la calle. Ansiabas introducirte en un cuerpo pero, una vez horadado, se evaporaba la emoción y todo sonaba a repetido, por mucho que se adornara con perfumes y tules vaporosos.
Una vez, sólo una, creyó encontrarse ante la persona adecuada. Ya entonces el suicida escribía textos sin descanso, entregado a su visceralidad, a la pasión de las palabras, al deseo de perpetuarse más allá de la breve vida, sabedor de que la inmortalidad sólo la logran quienes sobreviven a los siglos por sus creaciones.
La persona que creyó adecuada amaba también los libros y la música. Su conversación era tan rica como sus conocimientos, y las experiencias que narraba en nada se parecían a las que la gente común suele describir.
Aquella única vez, él se dejó arrastrar a merced de un huracán que casi lo destruye. O, acaso, allí comenzó verdaderamente su destrucción.

Cinco (o una pequeña historia de amor)

Almas gemelas, se dijo. Y se lo dijo con esa determinación absurda que sólo alienta en aquéllos que se enamoran sin pensar en el mañana, porque es condición del enamorado no prever en absoluto que habrá más días y otros más tras la barrera del primer destello atenazado de emoción.
Coincidían en tantas cosas que se dirían hijos del mismo espermatozoide, hermanos más allá de las familias, medias naranjas de una fruta cargada de zumos por destilar.
Y así, rozando lo cursi como sólo pueden rozarlo sin mancharse de dulzor los enamorados o quienes creen estarlo, se echó en sus brazos.
Ella le aseguró que pensaba en la muerte a diario, que la certeza de morir no le inquietaba, acaso le producía el vértigo del pasar del ser al no ser.
Sí, almas gemelas. ¿Sería posible, amada mía, llegar al pacto final, al de la demostración total de entrega que supone morir el uno a manos del otro y luego suicidarse? Viajar a la nada acompañado por ti es lo que más deseo en esta vida después de tu ser tan adorable…
Pero la adorable huyó ante la propuesta tan explícita, porque amor y muerte parecen amantes pero son enemigos, sobre todo si el amor no es sólido y la muerte es tan letal como parece.

Seis

Entonces supo que a nadie se puede invitar a la ceremonia de la muerte. Ha de llevarse a cabo en soledad, celebración de despedida con un solo protagonista, sin testigos. Uno y ella, la invitada final que acaba contigo y se enseñorea de las habitaciones, los descampados, los árboles del ahorcado y las pleamares que devuelven cuerpos a la orilla. Luego llegan los comparsas. Jueces, policías, curiosos, descubridores del finado. Dejan un rastro de blancos guantes de goma, mediciones y dibujos de tiza en la hierba. Y se van con el cuerpo del delito, dicho sea sin ánimo de hacer bromas.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Maneras de mentir

Te tomas un Martini casi helado
(unas gotas de ginebra por el qué dirán).
Pinchas distraída la aceituna
y miras a la gente que pasea
envidiando tu Martini, la terraza y la aceituna.

Llega el hombre que te vende los cupones
y te habla de lo mal que van las cosas.
Le compras un par de décimos al tanto
de que, nunca, jamás, la lotería toca.

Esperas a alguien que no llega.
O lo aparentas.
Nada mejor que una mujer sola,
con su Martini entre las manos
para hacer como que aguarda
a un caballero
de porte estiloso
y con sombrero.
El no va más de la felicidad.

Luego recoges el tabaco, el móvil, la chaqueta
y, un poquito mareada, ya se sabe,
te retiras como puedes a tu casa
para ensayar la siguiente, imposible, imaginaria, cita.

martes, 19 de marzo de 2013

Las cosas de los muertos



Recoger las cosas de los muertos
Los enseres,
Las joyas,
Su ropa,
Los perfumes.
La vieja afeitadora.
El último libro que leían.
El marca páginas intacto
En el punto donde nunca seguirán esa lectura.
Recoger la vida de esos otros
Que nunca volverán adonde estaban.
Los aromas que recuerdan las ausencias.

Recoger las cosas de los muertos
Como quien toma frutas en un huerto
Donde nunca más brotarán aquellas flores
Donde nunca más habrá el consuelo
De otra primavera florecida
Y sus abrazos, sus besos y sus versos.
Recoger la vida entera en un hatillo
Hartarse de llorar por esas cosas
Que son sin ser la ausencia entera
Que son, sin ser, lo que ellos eran.
Que son, sin ser, lo que de ellos,
como efluvios, queda.

MI PADRE






He vuelto allí como a un santuario. El lugar se ha tornado mágico; está cargado de ese extraño eco que provocan los recuerdos. Un torrente de evocaiciones que tan pronto me hacen llorar como sonreír.
Se te ve feliz junto a Neptuno, padre, como si supieras que allí, donde se inventó una historia de magias y transportes a lo largo del tiempo y del espacio, yo volvería sólo para evocarte en el ayer...
He vuelto hoy. Nadaban los patos con calma. Los bambúes estrepitosamente verdes en su isla, ocultando al dios de las aguas, al señor de los océanos. Podía verte aún allí, en ese recodo de verdor, alargando tu mano hacia los patos, jugando con ellos como juegan los niños. Te he visto, padre, niño siempre, incluso ahora que te has ido.
Pero no hay lugar mejor que el corazón para seguir escuchando tus palabras o leyendo la sonrisa de tus labios...