lunes, 22 de abril de 2013

DIÁLOGO (TERMÍNESE A GUSTO DEL LECTOR)





-        ¿Te acuerdas?
-        No.
-        Tienes que acordarte. Fue un día especial.
-        Ha pasado mucho tiempo.
-        Pues yo me acuerdo, aunque haya pasado mucho tiempo.
-        Tienes mejor memoria que yo.
-        Tú te acuerdas sólo de lo que quieres. Memoria selectiva lo llaman.
-        Como todo el mundo.
-        No. Yo recuerdo las cosas importantes.
-        Bueno.
-        Igual... igual es que a ti aquel día no te pareció especial.
-        Vaya ¿ahora te vas a poner a llorar?
-        No, no te voy a dar ese gusto...
-        Por mí no te prives, unas lágrimas más no me harán daño.
-        Eres insensible.
-        No me hagas reír.
-     Descuida, ya veo que no te afecta nada de lo que te digo o lo que siento.
-        Demasiadas heridas.
-        ¿Qué?
-        Eso, lo que has oído.
-        ¿Tú? ¿Tú tienes heridas?
-        Sí, demasiadas.
-        ¿Vas a presumir ahora de viejas heridas?
-        No. Me limito a procurar que no me hagan más daño.
-        ¿Quiénes?
-        Todos, tú incluida.
-    No te preocupes. Me marcho ya, no tendrás que escuchar mis penas de nuevo.
-        Volverás.
-        No.
-        Lo harás. Todos lo hacen.
-        Si a todos les tratas como a mí, te quedarás solo.
-   Todos vuelven. Y si no son ellos mismos, son otros que se les parecen. Calcos humanos.
-        Qué facilidad para juzgar... suena a desprecio.
-        No se me permite ser orgulloso ni despreciar.
-        ¿Ni amar?
-        Eso no me lo permito yo mismo.
-        Entonces es que eres como todos, también tienes miedo a sufrir.
-    Por eso procuro que no me hagan daño. Ya está bien. ¿No has dicho que te ibas?
-        Sí, pero creo que voy a quedarme un rato más. Se está bien así.
-        ¿Te gusta el atardecer?
-        A veces. Otras veces me deprime ese desplomarse de la oscuridad, la forma en que desaparecen los colores, el frío que ataca de pronto.
-        Los colores vuelven por la mañana.
-        Y los paseantes.
-        Sí.
-   Mira esa mujer del banco. Lleva ahí desde el mediodía; se ha sentado y ha empezado a mirar al reloj. Ha cambiado de postura varias veces, ha cruzado las piernas, se ha estirado, ha bostezado... pero sigue ahí. Espera a alguien que no ha venido.
-  Bueno, es una historia vulgar. Seguramente un plantón de un novio que ha decidido no reunirse con ella. Es poco agraciada además.
-        Una historia vulgar, una mujer fea... Tú sí que no tienes corazón.
-        No es eso, es que no me llama la atención algo así. Sin embargo, eres incapaz de acordarte de aquel día especial del que te hablaba antes, y estoy segura de que recuerdas historias mucho más insignificantes.
-        Puede ser; a lo mejor mi rasero es diferente al tuyo. Veamos, una historia triste, una mujer abandonada y fea no te conmueve. ¿Una historia con niño te va bien?
-        ¡Ah! ¿Vas a contarme historias ahora?
-        Si tienes tiempo y ganas de escuchar te las contaré.
-        Siempre suelo tener tiempo para escuchar una buena historia al atardecer.
-    Verás. Fue hace mucho, en el 36 probablemente. Había guerra entonces y cada dos por tres sonaban las sirenas. La gente se escondía en los refugios para protegerse de las bombas. Esto se quedaba desierto y eso que nunca cayó aquí proyectil alguno, pero por lo visto, los árboles no parecen suficiente amparo y los paseantes preferían correr hacia los edificios de alrededor en busca de sótanos y sacos terreros. Pues bien, aquel niño del que te hablo ya me había llamado la atención, me resultaba raro porque siempre venía solo, tendría unos diez años y vestía algo desarrapado, aunque no parecía pobre; solía venir limpio, con el pelo oscuro peinado con raya. Se sentaba en esos bancos de piedra que bordean el estanque y se pasaba las horas muertas ensimismado, mirando hacia un punto indefinido del agua. Apenas se movía. Algunas veces traía un pedazo de pan y lanzaba miguitas a los patos y a las palomas, y él nunca comía. El día del que te hablo las sirenas empezaron a sonar muy pronto, con mucho estrépito, una urgencia apremiante como si gritaran a las gentes que se ocultasen, que salvaran sus vidas de la segura lluvia de bombas, de aquella muerte incendiaria que bajaba veloz desde el cielo. El niño no se movió. Siguió sentado, esparciendo las mínimas dosis de pan a unos gansos que también se habían asustado con las sirenas, pero que permanecieron junto al estanque porque en su idioma no entienden de avisos humanos. Aquel día las bombas cayeron muy cerca, en la Acera de Recoletos, quizá en Filipinos, rodeando el triángulo verde. Entonces, con el niño inmóvil en el banco de piedra, pensé que este lugar está protegido de las agresiones de fuera, de la violencia y la muerte; o quizá, que el niño era quien protegía al lugar con su sola presencia aseada y seria, pensativa y ensimismada.
-        ¿Ya está?
-        Sí, creo que sí.
-        ¿Y qué fue del niño?
-   Dejó de venir un día. Ya te he dicho que todos volvéis, pero también dejáis de venir.
-      Esperaba un poco más de misterio o de acción, estoy segura de que te sabes historias con más gancho, con más emoción.
-     Qué tiempos tan raros estos. Un niño solo en un jardín, con las bombas cayendo a su alrededor y sin inmutarse y no te parece que tenga emoción la cosa.
-        Igual el niño era sordo y no podía escuchar las sirenas. Quizá por eso tanto ensimismamiento y no jugar con otros niños y tanto dar de comer a los gansos. No es que no tuviera miedo a morir, es que simplemente era sordo.
-        ¿Siempre haces lo mismo?
-        ¿El qué?
-        Destrozar cualquier historia. El niño no es misterioso sino sordo; la mujer que espera en vano es una fea a quien el novio ha plantado...
-        No es mi intención destrozarte las historias, simplemente esperaba otra clase de historias.
-        Tengo la del hombre que tosía.
-        ¿Un tísico?
-        Puede ser. No soy doctor. Sólo sé que era un hombre muy pálido, siempre con sombrero de fieltro negro, siempre serio, siempre con bastón. Nunca se sentaba. Deambulaba arriba y abajo del Paseo del Príncipe los lunes, miércoles y viernes, de once a  doce exactamente; era como el cuco de un reloj, cuando él estaba es que eran las once y era lunes, miércoles o viernes, a las doce en punto, con las campanadas de las Lauras, desaparecía.
-        Y tosía...
-        Sí, tosía como un descosido, tosía cimbreándose todo, se le doblaba la cintura, casi perdía el sombrero con cada acometida de la tos. A veces el ataque era tan fuerte que tenía que apoyarse en el tronco de un castaño hasta recuperar el resuello. Pero nunca se sentaba. Seguía caminando sin parar de toser.
-        ¿Y?
-        Un día, era miércoles y amenazaba lluvia, cuando estaba a la altura de la entrada a la Pérgola, la tos le sacudió tan violentamente que cayó al suelo de rodillas. Algunos viandantes se acercaron a socorrerle, pero él los ahuyentó con gestos agrios moviendo el bastón con puño de marfil. Apoyándose en él consiguió ponerse en pie, sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su gabán y tosió en el interior. Cuando lo retiró de la boca, una gran mancha roja había invadido el algodón y tiznado una inicial, creo que una “C” que estaba bordada en una esquina.
-        ¿Y...?
-        Miró la sangre. La miró con asombro, como si no entendiera qué hacía allí aquella invasión tan encarnada. Luego, como si la tela fuera la prueba de un delito, se acercó al estanque, saliendo por primera vez de su itinerario, y lanzó el pañuelo al agua. Dieron las doce campanadas en el reloj de las Lauras y el hombre se marchó. Nunca volvió. Al siguiente viernes, cuando no estaba a las once en el Paseo, supe que ya no volvería jamás.
-        ¿Se murió?
-        Supongo... Todos os morís.
-        Ya, pero no es eso, quiero decir que esta historia tampoco tiene intriga... Un hombre enfermo, probablemente de tuberculosis, que acaba muriendo por una hemorragia...
-        Es que no he terminado de contarte esta historia. Tienes tanta prisa en desmontar lo que te digo que no me dejas acabar...
-        Perdona. Sigue, por favor.
-        El hombre se fue. El pañuelo se hundió en el estanque como si lo hubiera succionado una fuerza interior. Reapareció el jueves, flotando extendido como una bandera blanca, ya no había rastro de la sangre.
-        El agua fría diluye la sangre, eso lo sabe todo el mundo.
-        Puede ser... pero ese mismo jueves, por primera vez en el último siglo y medio, vi un cisne negro con el pico completamente rojo.
-        ¿No lo tienen rojo todos los cisnes negros?
-     Déjalo, no merece la pena... Si no entiendes lo que te voy contando, es inútil que sigamos con las historias.
-   Intento entenderte, me esfuerzo en ello. Me parece bien tu sensibilidad o cómo te fijas en ciertos detalles de todo lo que ocurre, pero no sé... esperaba más de ti.
-        Ya, las emociones perdidas. ¿Y si te cuento sobre una pareja joven que pasaron aquí su noviazgo, se casaron enfrente, en Filipinos, tuvieron muchos hijos y vivieron felices hasta la vejez?
-        ¿Y...?
-        Y nada más, sólo eso, o tanto eso y tan raro además. Gente feliz, gente que se quiere, gente que envejece y muere pero deja semilla detrás. ¿No te parece emocionante? No, claro, te parecerá vulgar.
-        Tú te lo dices todo...
-       Yo lo veo todo. Te puedo hablar de peleas en la noche, de pedradas asesinas, de cisnes ahorcados, de amores turbios a hurtadillas en la Gruta, de heridas en miles de rodillas de miles de niños que ahora están todos muertos. Risas y lágrimas, ya ves, tan vulgares que todos las tenéis. Niñas enamoradas, viejas cansadas. El ir y venir de la barca, siempre igual y siempre diferente, hacia el Tesoro, hacia la Isla Misteriosa; el bautismo de agua de los de tierra adentro. ¿Nada de esto te parece emocionante?
-        ...
-      Sois tan parecidos que casi da miedo. Calcos superpuestos a través de los años. Aquí siempre hay alguien que aguarda, alguien que no llega, alguien que no lo sabe pero que mañana no regresará, alguien que encuentra una sortija que alguien extravió, alguien que llora leyendo un libro, alguien que arranca una flor pensando que nadie le ve. Alguien que se acerca sigiloso al tilo y roba hojas, venenos futuros para quién sabe qué crimen real o imaginario. Un viejo dulce y amable que amaga una patada a las ocas para desahogarse de tanta dulzura y tanta amabilidad. Es tan aburrido todo a veces...
-        Te haces mayor tú también; acabarás pateando gansos en cuanto te descuides o se descuiden ellos... ¿En serio que no recuerdas aquel día?
-        Me lo recordarás tú antes de que sea noche cerrada y te eche el guardia y cierre las verjas.
-        Era primavera... y no me digas que no sea cursi.
-        No diré nada hasta que termines tu historia.
-        Pues eso, era primavera. Aquel invierno había llovido mucho. La tierra rezumaba humedades y todo rebrotaba con fuerza. En el estanque nadaban en fila decenas de patitos nuevos intentando esquivar los furibundos ataques de los cisnes. Yo me levanté muy temprano aquel día, estaba nerviosa, casi no atinaba ni con las cosas más rutinarias. Había tenido un sueño extraño, un sueño inquietante y relajado al mismo tiempo. Paseaba por aquí aunque en el territorio ambiguo de los sueños, así que bien podía ser otro jardín y no éste. Pero sí, era éste, luego te diré por qué. Caminaba por un camino de tierra, ocre y húmedo. Mis pies dejaban huellas leves conforme avanzaba. Sabía que iba a una cita, a un encuentro, hacia algo que iba a cambiarme. Me senté aquí mismo, a la vera del paseo, sabía que tendría que esperar y casi era placentero hacerlo, demorar el momento de la llegada, de la aparición, del final del sueño. Porque sabía, sí, lo sabía, que despertaría y ya nada nunca volvería a ser igual.

   (Esta historia, inconclusa, fue escrita para un libro, para un árbol, para un jardín. La dejo aquí, inacabada. Quizá alguien halle un final convincente)

jueves, 18 de abril de 2013

La amante





Vivieron una extraña historia de amor.

Ajustaron ese tiempo en  que se amaron a una frase de Cortázar: Ven a mi cama, no haremos el amor, el amor nos hará.

Y el amor les hizo ver al uno en los ojos del otro, les hizo comprenderse, conocerse y, en último caso, destruirse. Se consumieron en una fogata tan intensa como efímera. Apenas tardaron unos meses en comprender que el amor no les hizo, los destruyó a ambos y cada uno, incendiados en una pelea por saber si todo se puede compartir o el alma se queda sola por mucho que los cuerpos se enreden en dulces batallas.

La amante, mientras tanto, se consumía también en una soledad angustiada, viendo el naufragio por anticipado, sabiendo que nadie podría darle a él aquello que ansiaba, porque ansiaba una perfección que no existía en el mundo real. Un estado de tal plenitud que quizá sólo es posible hallar en los recodos de las tumbas, en épocas remotas, en sueños imposibles y exactos.
Nada más lejos de la exactitud que el amor, o que el falso amor o que la falsa realidad que nos hace compartirnos cuando ni siquiera nos comprendemos al quedar a solas.

La amante era consciente de la difícil soledad de él. De sus pesadillas. Sus terrores. Sus anhelos. De qué le provocaba dolor o qué le proporcionaba placer. De qué huía y hacia dónde escapaba.
La amante se llamaba así a sí misma no porque fuera un amor escondido o prohibido, sino porque sabía, desde el día en que lo conoció, que amaría a ese hombre hasta el final, pasara lo que pasara con sus vidas, con sus sueños, con sus muertes respectivas. Desde niña soñó con un amor así, de los que sobreviven a la tumba, al más allá que no existe. Ahora lo había encontrado en un hombre, en ese hombre que iniciaba planes con otra mujer, que se refugiaba en brazos ajenos, que gustaba las mieles de otro cuerpo y el ansioso descubrimiento de otra alma que esperaba gemela a la suya.
La amante sabía que eso era imposible, que las almas gemelas no existen sobre la Tierra, que acaso hay extraños momentos de sintonía como los que ellos mismos habían disfrutado. Inolvidables instantes  en los que todo fluye como debe, en que la plenitud parece alcanzable y nos invade ese precioso silencio en el que hablar es innecesario, en que sólo se puede sentir cómo el otro eres tú y tú eres el otro.
Callaba. Prefería no decir palabras que pueden doler cuando el mundo del amado se resume en un cuerpo ajeno, en un alma extraña.
Callaba. Sentía un dolor profundo, pero callaba, incapaz de que los celos se impusieran al amor y la hicieran desgraciada a ella y objeto del odio de él. Eso lo tenía claro. Él podría acabar odiando a la mujer que sabía casi todos sus secretos, no por saberlos, sino por conocer su alma quizá mejor que nadie en toda su existencia, quizá incluso más que él mismo. Y tener el alma desnuda nos hace vulnerables.
La amante lloraba a solas, sin que nadie pudiera ver sus lágrimas, pero no había vergüenza en ese reguero salado que le surcaba las mejillas sin previo aviso. Las escondía como trofeos de ese amor imposible, como prueba incluso de que el amor existía más allá de lo real, más allá de lo posible, más allá del ser amado y de ella misma. Y la madurez se le tornó en lágrimas porque ella sabía, porque ella adivinaba, porque se lloraba por anticipado por el dolor que preveía en él.
Deseaba acaso equivocarse. Deseaba que su clarividencia fuera una falsa percepción, que nada malo sucediera. Deseaba ser para él el escudo que protege de cualquier mal, hasta del que él mismo se causaba o se causaría. Deseaba ser eterna, para protegerle más allá de la muerte y de los sueños posibles. Pero no lo era, nadie lo era. No existe la eternidad. Para el amor tampoco. Pero el tiempo de desdicha es más inacabable que el de felicidad y el de soledad mucho más amplio que el de perfecta compañía.
De él aprendió muchas cosas. Quizá la principal que los sueños rara vez se realizan y si se realizan dejan de ser sueños y en la realidad todo es imperfecto.
De él aprendió a aquilatar sentimientos, a frenar ímpetus, a atesorar el tiempo de estar juntos y solos. Ahora que ella había aprendido esta difícil lección, él la olvidaba veloz en brazos de otra. Le parecía injusto, pero es que nada hay justo en lo tocante a sentimientos. El mundo está lleno de gentes abandonadas por quienes parecían en verdad amarles, repleto de solitarios que añoran compañía y de acompañados que anhelan soledades. El mundo está lleno de infelicidades que se regurgitan a ratos dando voces, o definitivamente, optando por el suicidio. Morir por amor parece heroico pero es cobarde. Morir es rendirse porque sabes que nunca te amarán como tú amas; mejor aún, que nunca amarás como te aman.
La amante lamentó una y mil veces no haberse entregado por completo, no haberse fundido con él, cuerpo y alma entrelazados. Pero ya era tarde. Siempre era tarde en lo tocante al amor. Y la desdicha le había invadido hasta el último poro y no sabía cómo desalojarla sin arrancarse al mismo tiempo tiras de piel, gajos del alma, su ser completo. Él le habló de trenes perdidos, de tiempo escapado, de necesidades nunca satisfechas. Ella le habló de la esperanza en lo por venir, de la búsqueda de la felicidad como se busca una esmeralda entre trozos de vidrio, de la dificultad de hallar al complementario.
La amante calló, sin embargo, la imposibilidad profunda de olvidar la dicha, la piel y los besos, las caricias, los orgasmos, la locura a dos. Danza perfecta. Calló también las dudas. Y el miedo. La desdicha. Disfrazó como pudo los celos. La tristeza. El ahogo que le oprimía el pecho, que le anestesiaba los sentidos hasta impedirle dormir, comer y respirar. Era su secreto ése, el del padecimiento profundo por un imposible amor, por la lejanía del alma amada, del cuerpo esquivo. Por un silencio tan opresivo que le estallaba por dentro. Una carga de profundidad que le minó el alma en un solo estallido y la convirtió en submarino varado en profundas arenas abisales. Échame un cable, le pidió. Pero él ya no podía escucharla,  al hundirse se alejaba de esa felicidad de él, que le hacía volar como nunca antes había logrado. Ella al fondo, él en lo alto. Y la rueda girando loca, sin eje, descabalada toda.
La amante. Escorada. Sumergida. Invisible.


Cuando se consumó el desastre, cuando todas las sospechas se confirmaron, cuando la realidad se impuso a cualquier pesadilla para empeorarla, la amante supo que nunca recuperaría el lugar perdido, esa plaza de la que la habían echado a empujones, a mentiras, a deseos siempre insatisfechos. Aún se sintió peor, aún se supo más innecesaria, más prescindible, más sola.
Eternamente sola, aguardando nuevas rutas en la vida del amado, que otra mujer llegara y se quedara o se fuera, que lo mismo daba. Nunca jamás recuperaría su hueco, ese lugar en un corazón que aún no sabía nada, que nunca entendería lo ocurrido ni lo que estaba por ocurrir.
Hubo un tiempo casi feliz. Fue antes de que todo se consumara. Ese instante que se escapa presuroso y en el que casi todo es posible. El reino de lo posible. En ese momento en el que sólo ellos estaban, en el que sólo ellos eran importantes, el futuro no existía (nunca existe).


jueves, 11 de abril de 2013

Maldito olvido






En el recodo más oscuro del pasillo brillaban sus ojos. Siempre fue su mirada la que me dio la medida de las cosas.
Fruncido el ceño, empequeñecidos, o abiertos de par en par, absortos en su propia sorpresa, sus ojos eran ella. O era ella quien habitaba tras sus ojos, la mirada alerta hasta que el sueño ganaba la pequeña batalla de las noches.
No hubo un día a recordar. Ese día aciago del que se habla cuando surge un dolor, la urgencia perentoria de una ambulancia, el desastre de hierros retorcidos en un accidente. No. No fue un tiempo concreto aquél en que el brillo fue apagándose. No hubo forma de llevar contabilidad del robo funesto de la luz en los ojos de ella. Simplemente se fundió en negro, como pasa en las películas cuando el director quiere cambiar de escena y se ahorra el trabajo de idear otra transición.
Así que ella, tan presumida, tan perfecta, tan marimandona y repeinada, por un momento fue protagonista del largometraje y cuando volvió la luz a la escena de su vida, los ojos ya se le habían apagado.
El salto mortal sin red. El guiñapo inerte en el centro de la pista. Las pelotas de los malabares rodando sin ton ni son.
-          ¿Qué te gusta hacer?
-          Me gusta… me gusta… ¡ser presumida!
Y se pasa la mano delgadita por el pelo entrecano y busca en el bolso esa barra de labios que da la medida de lo presumida y coqueta que es, que era, que quisiera seguir siendo.

-          Aquí vas a estar muy bien. Tendrás nuevas amigas, podrás jugar a muchas cosas y el cocinero hace unas comidas buenísimas.
-          ¿Vuelvo al colegio?
-          Bueno… sí, es como un colegio.
-          Soy vieja para ir al cole otra vez. Vieja no, mayor. ¿Y podré ver la tele?

La maldita pantalla encendió la mecha. Esa compañera parpadeante, siempre encendida, siempre vomitando imágenes. Hablaba con ella. Le reñía. Discutía. Se enfadaba o se reía como una niña chica que ha encontrado la muñeca de porcelana perdida en el desván años y años.
Él, mientras tanto, estaba ciego. Ignoró los avisos, las señales de alarma, las pistas que van dejando un reguero leve pero pertinaz.
El puchero puesto al fuego sin nada en su interior.
La ropa sucia, preñada de lamparones. El abrigo en verano. La misma bata siempre. El pelo desastrado.
Y sus ojos. Sobre todo sus ojos perdidos en un laberinto de donde nadie sale. El juego maldito de pasen y vean los recovecos del alma que no se encuentra a sí misma. La fuga del ingenio.
Antes fueron las primeras añagazas. Una leve repetición de las preguntas que yo le hacía para intentas ganar tiempo mientras buscaba la respuesta en un lugar ignoto.
-          ¿Qué tal has dormido?
-          ¿Qué tal he dormido?
Y rápidamente, disimulando, respondía: Bien, gracias. Muy bien.
El salto fue cuando la primera persona desapareció de sus frases, cada vez más breves, sustituido –ya sin disimulo- por el eco mismo de lo preguntado.
-          ¿Qué has comido hoy?
-          Qué has comido hoy…
Y la respuesta se paseaba lenta entre el silencio. Y se le abría la boca queriendo decir más. Y repetía siempre un mismo menú aprendido como los niños chicos repiten las tablas de multiplicar sin entender nada.

Moverse entre fantasmas. Peregrinos de la nada. Sombras de seres vivos. Ecos de voces. Gritos acaso.
En las paredes dibujos infantiles. Estamos en otoño. Es el día cinco de octubre del año dos mil ocho. Es domingo.
Y las hojas secas del cerezo del jardín prendidas con adhesivo en el corcho. Retorcidas. Marrones. Yertas. Muertas.
Y la televisión vomitando necedades. La revista de colores se le cae de la falda. Dormita. Descansa. Se ausenta. ¿Acaso sueña?
Ojalá pueda soñar con ese tiempo ido en que los cerezos florecían y ella, niña aún en la huerta del padre, era capaz de saber que la primavera volvía, que en verano cosecharían los frutos rojos y que la madre le diría, como cada año: ¡Ten cuidado que las manchas de la cereza no se quitan!
El tiempo hermoso de los novios, del esplendor en una hierba infinitamente verde, lozana y fresca.
Ahora no sabe en qué día vive o no vive. Ahora ignora quién es. Tampoco sabe quién soy yo, pero poco importa.
La ninfa Eco ha decidido habitar en su cuerpo menudo y translúcido. Entre las hebras de sus canas y su cerebro enfermo. Le hace repetir palabras como si también a ella la hubieran descuartizado y esparcido sus restos por todos los confines. Pero ya no tiene fuerzas para completar las frases porque también le han robado la memoria. Así que se le quedan las preguntas colgadas en el aire, detenidas en un soplo que nada quiere decir.
-          ¿Qué has…?
Y vuelve la cabeza como si se avergonzara de ser capaz de recordar tan poca cosa y se queda mirando a la pared, como si se castigara.

¡Comido! Dice al cabo de media hora, cuando consigue seguir el rastro del olvido. Pero ya no salen más palabras de su boca y parece que sonriera,  como si fuera de veras una niña caprichosa, presumida y algo malvada que no habla porque no quiere. Sencillamente porque no le da la gana.
Tampoco quiere comer. O parece que no quiere. O no sabe qué hacer con esa cuchara repleta de puré que se le queda a medio camino entre el plato y la boca, suspendida en el aire, enfriándose.
-          ¡Vamos, que se te va el santo al cielo!
Dice perentoria la mujer de blanco. Y ella le lanza una mirada a cámara lenta y también a cámara lenta consigue poner la cuchara en la boca entreabierta.
Cuando la bajan al jardín no mira al espejo del ascensor. Quizá no quiere verse. Quizá si logra verse no se reconozca. Acaso si se reconoce crea que vive una pesadilla y que despertará pronto.
Tan guapa como era, tan presumida y repeinada, tan lozana con sus tacones altivos.





La vela








No hay más cera que la que arde.

El diminuto pabilo ya no alienta.

Se extingue la llama sin necesidad de viento.

La enorme catedral el escenario

del fracaso del fuego

la muerte de la cera

la extinción de un deseo.

No hay más cera que la que arde.

Y la vieja se marchó a dormir

convencida de que sus deseos

iban a misa.

Sus últimas monedas

alentaron

la escasa persistencia,

el fracaso de la llama.

martes, 9 de abril de 2013

Por escribir

Quien escribe se expone
está desnudo.
Más que el hablar
el escribir nos delata.
Más que el contar
más que el callar.

Es posible mentir cuando se escribe.
Es posible decir lo que no piensas.
Se permite todo en este juego,
incluso,
huir de las ausencias.

Mas no vale dejar correr la pluma
si no hay detrás lo que te avale
la necesidad imperiosa de expresar.
una historia,
un olvido,
las añoranzas, el miedo.
Un recuerdo 
o el beso que no diste.

Quien escribe, descubre sus infiernos.

Al abordaje

Cambié el billete de tren a última hora. El milagro ocurrió porque la M-30 no era el pandemónium habitual y el taxista se afanó por llevarme deprisa.
Así pues, subí a un tren al que no debía haber subido, al que nunca subo. 
El viaje transcurrió sin sobresaltos. A mi lado un chico que no dejó de hablar por teléfono en todo el trayecto. Nada inhabitual por otra parte.
Había dejado la maleta muy lejos, así que a pocos kilómetros de la estación me levanté del asiento y me puse el abrigo. 
Y entonces ocurrió.
Alguien pronunció mi nombre y me volví. Alguien sonriente que me dijo ¿Te acuerdas de mí? Y sí, me acordaba, claro que me acordaba. Entonces me dijo su nick de Twitter y estallé en una carcajada.
El azar. Y un pirata. En el mismo tren.
 

jueves, 4 de abril de 2013

Poesía cotidiana

Caminar a tus anchas por la vida
a lo loco sin mañana ni destino.
Dedicar tus horas a los versos
en ausencia de prosa intervenida.

Meditar acaso qué comer mañana
si habrá que poner la lavadora
si hay yogures de fresa en la nevera
si caducan o no, si azucarados.

La prosa cotidiana que te llena
de ansiedades, trampas y locura.
Que se funde la bombilla
el congelador no enfría
que alguien ha roto una silla
que el armario está de pena.

Habrá que pasar la aspiradora
por todo en general
por mejorar
ese aspecto deplorable de las cosas.
Las cotidianas.
Ésas aparentemente tan sencillas.
Las que no arman revuelos ni peleas
ésas tan aptas para el desconsuelo.

Y, entonces, escribes el poema
para que tengan sentido los dilemas.
El yogur, la lavadora y la nevera.


miércoles, 3 de abril de 2013

PLATERO ES PEQUEÑO... Y ¡ZAS!

La infancia recordada seguramente no fue la que vivimos. A veces nos la han contado los abuelos o los padres. 
Pero cuando ellos no están, en los momentos obligados del colegio, es cuando sí se amontonan los recuerdos propios, esos que te persiguen a lo largo de los años.
Y puedo recordar, como si ayer hubiera sido, la crueldad programada de las monjas. La que se cebaba en las niñas "diferentes".  
En la gordita que llegaba por las tardes "apestando a comistrajos" porque sus padres tenían un pequeño restaurante familiar. 
En aquella desgarbada y larguilucha porque parecía "un palo de escoba". 
En la que gustaba de jugar al fútbol en el patio, por "marimacho".
Y luego... luego estaba yo.
Mi primer tortazo fue "Pequeño, peludo, suave...etc.". Mi primer pecado fue haber leído "Platero y yo" con apenas cuatro años y medio. Mi padre me enseñó a leer en la mesa camilla, con un viejo "Catón" y el más viejo todavía "mi mamá me mima". A la monja no debió de gustarle ese adelanto y me soltó la torta "para que se te quite la tontería", dijo ufana. 
Hubo más desprecios. Y un apodo facilón y sórdido ese "cuatro ojos" por usar gafas. 
Y otro mucho más elaborado, se ve que la sor era más leída. 
Usábamos un lápiz y yo lo sujetaba de una forma algo extraña, así que se me abría una herida en el dedo corazón cada vez que el "dictado" era un poco largo.
Cuando me acerqué, llorosa y dolorida, a enseñar mi pupa a la monja me miró altiva y espetó:
"Vaya, mira a quién tenemos aquí, qué delicada la niña, pareces  la princesa del guisante".
Visto desde hoy, es el único principado que fui capaz de obtener. 
Aquella monja consiguió que el resto de las niñas me otorgaran el mismo título y se mofaran a mi costa. 
Yo leí el cuento que contaba la historia de esa delicada princesa y el guisante que la hería. Y luego leí muchos cuentos más. Incluso escribí alguno.
Fue mi dulce venganza.
Pensándolo bien, una deliciosa, hermosa y prolongada venganza.


martes, 2 de abril de 2013

LOS MALVADOS

Qué pensará esa gente,
los indecentes.
A quién encomendarán
tanta estulticia
para qué les servirá
ser mala gente.
Sí sé lo que pienso yo de ellos.
Sé que es breve todo,
la vida más,
y que prefiero
que me recuerden por amar.
Por lo demás hay que aspirar
a que no nos hieran en exceso.
Tenemos la gran virtud
de poder herirles...
tan sólo con un verso
a esos perversos.

lunes, 1 de abril de 2013

LA DAMA NOCTURNA

Bajaba por la calle recién regada y, a pesar de llevar puestos aún los zapatos de fiesta, no le importó que se mojaran. Sí recogió un poco la falda de satén para que los adoquines no dejasen un rastro de barro en la tela  tornasolada.
Caminaba tranquila. Sonreía su boca. Los labios aún guardaban restos del carmín que, horas antes, había perfilado con esmero.
Detuvo el primer carruaje que encontró, ya llegando a la Plaza Mayor, y dio al cochero la dirección de su casa en las afueras.
Cerró los ojos y recordó las últimas horas.
El último orgasmo.
El extraño rictus en la cara de él cuando, soltándose la melena, desnuda y poderosa encabalgada sobre el hombre, usó la larga aguja japonesa que le sujetaba el moño para atravesarle, con extraordinaria precisión y limpieza, la yugular.

jueves, 28 de marzo de 2013

Tanto miedo

De aquellas Semanas Santas de la infancia recuerdo el frío. 
Los caramelos que mi abuela cosía en la palma rizada. Algunos tambores. (La tele apagada no, porque no teníamos). Los garbanzos de vigilia (vigilia, me daba miedo esa palabra). Y, por encima de todo, el pánico a los encapuchados (mozorros en Pamplona), los cines cerrados. Una ciudad entera virada a negro. 
En las iglesias tapaban las imágenes con mantones. Y los espejos en algunas casas. Todo era luto y tristeza. Y, me olvidaba,  la carraca de madera que me compraba mi abuela. 
Y me daba miedo un terremoto justo a las tres de la tarde del viernes. Y ese sábado sin Dios, porque se había muerto. Y luego, todos se volvían como locos el domingo, porque ya había resucitado y todo era blanco y campanas repicando.
Y nunca entendí nada. 
Pero lo más incomprensible era por qué se ponían tan de duelo, cuando creían que, finalmente, la historia terminaba bien, como en esas películas de miedo que sólo son pesadillas.
Reitero: Nunca entendí nada.

lunes, 25 de marzo de 2013

Esas casualidades




Martina se sentó en la silla trastabillada, junto a la ventana donde agonizaba un geranio.
No tenía fuerzas ni para llorar.
En el rincón más cálido de la cocina, junto al radiador de hierro fundido, la cesta forrada de azul celeste. Allí yacía Tino. Era viejo y ella lo sabía. Era de raza indefinida pero le daba igual. Soltaba pelos por toda la casa, pero ella los barría afanosa. Le daba todos los caprichos porque él, Tino, su gato gris, era la única alegría desde que Alfonso decidió morirse una mañana, la mañana en que no amaneció. La mañana en la que todo se detuvo.
Le puso Tino porque a ella, desde niña, la llamaban Tina.
Ahora lo miraba yacente, en la cesta forrada de azul sin decidirse a nada, sin capacidad para pensar.
Logró reaccionar cuando la tarde era casi noche. Languidecía todo, como el geranio.
Preparó un bolso sin estrenar que le regaló su vecina en el último cumpleaños. Tomó el frío cuerpo del gato, lo envolvió con la mantita de cuadros y lo metió allí. Sería su ataúd.
Su calle era solitaria y algo mortecinas las farolas, pero no quería que nadie la viera en ese trance. Llevando un bolso con un gato muerto camino a la Escalerona, para lanzarlo al mar. Como hizo con las cenizas de Alfonso.
Pierre era francés y pobre. Vagabundeaba por el paseo hurgando en las papeleras y vigilando ancianas descuidadas.
Tardó menos de un minuto en ver a la mujer con el bolso. Tardó menos de medio minuto en echar a correr y arrancarle el bolso. Tardó segundos en desaparecer con el botín en la primera callejuela.
Martina se quedó paralizada.
La cara de Pierre cuando comprobó qué había robado fue un poema. En un acceso de ira lanzó bolso y contenido al mar. Asqueado.
Al fin, Tino, descansó en la mar.

(Dedicado a Berta Suárez Hevia, que escribió el twitt)