jueves, 21 de marzo de 2013

LA DETERMINACIÓN DE LOS SUICIDAS




Siempre admiró la determinación de los suicidas.
La emoción postrera que les debe  suponer decidir cuál será su último amanecer y de qué forma pasarán de la vida a la muerte.
Ellos sí saben la fecha y la hora, el cómo y el lugar.
Los hay artificiosos, los hay sencillos y expeditivos.

La determinación de los suicidas, hermanados por el ansia de la huida, por la certeza de que nada nos espera, de que nada nos queda, de que nada es posible, salvo decidir cómo y cuándo morir.

Una ventana abierta y un vuelo hacia el vacío. La gravedad hace el resto.

Una escopeta que cazó perdices te descerraja un disparo certero en el pecho.

La soga en la viga.

El puente. El río. La mar.

El tren veloz.

El metro.

Un coche volando hacia el acantilado.

El baño caliente y las cuchillas hendiendo las venas de la muñeca.

La dulce química mezclada con el alcohol: un sueño profundo sin pesadillas.

Cada suicida decide la puerta de salida, la abre y se va. Y no hubo nada. Sólo una ausencia más. Otra sombra. Otro vacío en la memoria de quienes se quedan a esperar su turno. Porque la puerta, es inevitable, se abre para todos.

Uno

Escuchaba las “Variaciones Goldberg” interpretadas por Glenn Gould. Apagaba un cigarrillo en el viejo cenicero de siempre, negro y roto, y encendía otro casi sin aguardar a que el humo del anterior se hubiera disuelto en el aire cargado de la habitación.
A veces descorría las cortinas y se arriesgaba a mirar al exterior. La calle era un mundo hostil.
Su única certeza la obtenía de la pantalla del ordenador cuando era capaz de hilvanar frases, añadir signos de puntuación e ir construyendo aquella historia que le había ocupado siempre el corazón o alguna remota circunvolución en el cerebro.
Sinapsis. Se decía. Y escribía la palabra.
Soledad. Y la vivía con la fuerza del dolor.
Sabor a sangre.
Silencio.
Y se le llenaba la boca de eses como en un juego infantil y cruel.
Sevicias.
Santuarios.
Signos.
Y, finalmente, suicidio.
Sonrió.
Suicidio, sí, es la postrera palabra de su particular diccionario. Una colección de vocablos de uso individual, el secreto soneto de su vida.
Soledad y silencio casaban perfectamente. Sólo el aullido del viento al otro lado de la ventana y el teclear en el ordenador alteraban la callada atmósfera. Y el piano, claro, el sabio aleteo de las manos en los marfiles negros y blancos.
No se puede calcular el miedo. No hay ecuaciones capaces de resolverlo. Y, sin embargo, cuando el miedo a vivir supera al terror de morir, nos encontramos ante la lucidez del suicida.
Siempre habrá alguien (en todos los miserables anida un juez supremo) que acuse de cobardía a quien toma la tangente y se marcha para no volver.
Y siempre habrá alguno (en todos los pusilánimes anida un absurdo benefactor de la humanidad) que sólo se duela por el dolor que esa muerte inesperada causa en los deudos que han de enterrar o incinerar al voluntario cadáver.
El suicida, que acaso en su vida conoció a magistrado alguno, acostumbra a dejar una carta para el juez. Escribe esa carta con buena letra porque cree que si no es manuscrita perderá valor de prueba y las autoridades dudarán de su autoría y sospecharán tramas urdidas para ocultar crímenes novelescos.
El suicida, que lo es desde mucho antes de fallecer, lo es desde que toma la decisión de desaparecer, descubrirá que tiene muy mala letra porque hace años que optó por el ordenador para escribir. Descubre también que las cuatro plumas estilográficas que guarda sobre el escritorio están secas y yermas. Y se resiste a escribir sus últimas palabras con un bolígrafo de propaganda del último hotel que visitó, en aquella época lejana en que viajes y hoteles parecían algo bueno que mejoraba la vida. Así que hay un momento absurdo en que el suicida piensa que deberá posponer su decisión a expensas de encontrar un instrumento adecuado para escribir la dichosa carta que, como es tradición, empezará diciendo:

“Señor juez:
Que a nadie se culpe de mi muerte. He decidido quitarme la vida que sólo a mí me pertenece…” etc.

Quizá en los juzgados haya un archivo donde se guarden todas las misivas que los suicidas legan a los jueces. Miles de textos más o menos originales, voluntades postreras de quienes tomaron el tren urgente de la muerte o decidieron arrojarse a las vías, con la última duda de si provocarían un descarrilamiento atroz.
Porque hay suicidas cuidadosos y descuidados. Entre estos últimos, sin duda, aquellos que irresponsablemente dejan abierta la espita del gas y mueren a lo grande, entre llamaradas y explosiones, arrastrando también a los vecinos de al lado que desayunaban sin saber que sería lo último que harían. Muertos como si el suicidio fuera una contagiosa epidemia.

Seguía sonando su música favorita en el ordenador. Buscaba datos sobre la muerte auto infligida y encontró tantos que le abrumaron. Mientras las autoridades nos recuerdan que el cinturón salva vidas, que la velocidad mata y que el alcohol es una pésima combinación con el volante, ocurre que mueren cada año muchas más personas por suicidio que en accidentes de carretera. Y abril, junio y julio son los meses más asesinos, por así decirlo.
Pensó en su propia realidad y constató que abril le predisponía a la melancolía y que el comienzo del verano se le antojaba una escarpada pendiente que era incapaz de escalar. Pero, al fin y al cabo ¿cuántos veranos vivimos?… En una vida media, pongamos que de setenta años, los primeros son de inconsciencia y el verano una época de aire libre, vacaciones, castillos de arena y aromas de salitre. En la adolescencia son los estíos días del primer sexo apocado, de horizontes con septiembre y suspensos atrasados. Y la pesadilla del adulto, el verano familiar plagado de veladas que terminan en discusiones y penurias, demasiado largas las horas, con tanta luz que nos hace ver hasta lo que queremos ocultar el resto del año.
Y los viejos en verano, la imagen del agostamiento.
Nos matan los días cálidos y eternos, asesinas jornadas de falso esplendor en la hierba que sólo augura el otoño atroz, decadente y dorado.
Tres mil o más muertos al año sólo en España. Cadáveres ahorcados, destrozados por el tren, yertos en sus camas tras una cena de barbitúricos y alcohol.

Dos

Descubrió muy pronto que a la gente no le gusta hablar de la muerte. Quienes aguardan en la antesala del médico son capaces de confiar sus más penosos padecimientos al desconocido que se sienta al lado, pero el asunto de nuestro final en la vida, acelerado incluso por los doctores que pretendemos que nos sanen, no agrada a nadie.
En la niñez le obligaban a rezar antes de irse a dormir. No hacerlo y morir de improviso, sumido en la inconsciencia del sueño, acarrea a los osados la condenación eterna, le dijeron.
Así que temía a la noche, tan larga y tan oscura, que nos deja desprotegidos, al albur de las sombras, los fantasmas y la Parca.
Los mayores acostumbraban a preguntar a los niños qué querían ser de mayores y él siempre contestó que simplemente quería no morirse. A eso aspiraba. Y luego le puso nombre: inmortalidad.

Tres

Siempre admiró la determinación de los suicidas.
Así que decidió convertirse en uno de ellos.
 
Cuatro

A una edad temprana supo que su muerte no dependería del albur, del azar malvado, de los médicos matasanos, de quien estuviera a su lado en ese momento y dispusiera que le resucitaran o le dejaran dormir en paz.
Pensaba en los espías legendarios que escondían en un anillo la diminuta pastilla de cianuro, el pasaporte para la frontera definitiva.
Soñaba con el momento supremo de la decisión que te ayuda a la fuga, como los presos valientes que optaban por arriesgarse a cruzar las alambradas y recibir un certero disparo en pleno cerebro; en ese mismo instante en que la bala horadaba la blanda masa, ellos ya habían conseguido eludir a sus carceleros.
Mariano José de Larra, que se suicidó por amor ante un espejo descerrajándose un tiro en la sien, se erigió en un mito a emular.
El problema era hallar ese amor incandescente, insoportablemente ansiado, que nos empuja a la muerte como supremo acto de entrega.
Había tenido amores, hasta los más tontos los tienen.
Amores perversos.
Amores asfixiantes.
Amores no correspondidos.
Amores de alcohol y sexo.
Gratuitos y de pago.
Amores propios, de masturbaciones imaginativas.
Pero siempre le fue esquivo ese amor del que hablan los poemas.
La soledad fue más poderosa que el miedo a estar en soledad.
Y tampoco encontró jamás alguien a quien amar que se comprometiera, también, a acompañarle en el último y voluntario viaje.
Amor y muerte resultan encajar en las novelas, pero en la vida son incompatibles. Nadie se siente más lleno de eternidad, inmortal e invulnerable que un nuevo amante.
Pero estaba convencido de que lo mejor del amor era la novedad. Cuando ya habías besado unos pechos unas decenas de veces, perdían todo interés y te empezaban a llamar la atención otros escotes que pasaban a tu lado por la calle. Ansiabas introducirte en un cuerpo pero, una vez horadado, se evaporaba la emoción y todo sonaba a repetido, por mucho que se adornara con perfumes y tules vaporosos.
Una vez, sólo una, creyó encontrarse ante la persona adecuada. Ya entonces el suicida escribía textos sin descanso, entregado a su visceralidad, a la pasión de las palabras, al deseo de perpetuarse más allá de la breve vida, sabedor de que la inmortalidad sólo la logran quienes sobreviven a los siglos por sus creaciones.
La persona que creyó adecuada amaba también los libros y la música. Su conversación era tan rica como sus conocimientos, y las experiencias que narraba en nada se parecían a las que la gente común suele describir.
Aquella única vez, él se dejó arrastrar a merced de un huracán que casi lo destruye. O, acaso, allí comenzó verdaderamente su destrucción.

Cinco (o una pequeña historia de amor)

Almas gemelas, se dijo. Y se lo dijo con esa determinación absurda que sólo alienta en aquéllos que se enamoran sin pensar en el mañana, porque es condición del enamorado no prever en absoluto que habrá más días y otros más tras la barrera del primer destello atenazado de emoción.
Coincidían en tantas cosas que se dirían hijos del mismo espermatozoide, hermanos más allá de las familias, medias naranjas de una fruta cargada de zumos por destilar.
Y así, rozando lo cursi como sólo pueden rozarlo sin mancharse de dulzor los enamorados o quienes creen estarlo, se echó en sus brazos.
Ella le aseguró que pensaba en la muerte a diario, que la certeza de morir no le inquietaba, acaso le producía el vértigo del pasar del ser al no ser.
Sí, almas gemelas. ¿Sería posible, amada mía, llegar al pacto final, al de la demostración total de entrega que supone morir el uno a manos del otro y luego suicidarse? Viajar a la nada acompañado por ti es lo que más deseo en esta vida después de tu ser tan adorable…
Pero la adorable huyó ante la propuesta tan explícita, porque amor y muerte parecen amantes pero son enemigos, sobre todo si el amor no es sólido y la muerte es tan letal como parece.

Seis

Entonces supo que a nadie se puede invitar a la ceremonia de la muerte. Ha de llevarse a cabo en soledad, celebración de despedida con un solo protagonista, sin testigos. Uno y ella, la invitada final que acaba contigo y se enseñorea de las habitaciones, los descampados, los árboles del ahorcado y las pleamares que devuelven cuerpos a la orilla. Luego llegan los comparsas. Jueces, policías, curiosos, descubridores del finado. Dejan un rastro de blancos guantes de goma, mediciones y dibujos de tiza en la hierba. Y se van con el cuerpo del delito, dicho sea sin ánimo de hacer bromas.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Maneras de mentir

Te tomas un Martini casi helado
(unas gotas de ginebra por el qué dirán).
Pinchas distraída la aceituna
y miras a la gente que pasea
envidiando tu Martini, la terraza y la aceituna.

Llega el hombre que te vende los cupones
y te habla de lo mal que van las cosas.
Le compras un par de décimos al tanto
de que, nunca, jamás, la lotería toca.

Esperas a alguien que no llega.
O lo aparentas.
Nada mejor que una mujer sola,
con su Martini entre las manos
para hacer como que aguarda
a un caballero
de porte estiloso
y con sombrero.
El no va más de la felicidad.

Luego recoges el tabaco, el móvil, la chaqueta
y, un poquito mareada, ya se sabe,
te retiras como puedes a tu casa
para ensayar la siguiente, imposible, imaginaria, cita.

martes, 19 de marzo de 2013

Las cosas de los muertos



Recoger las cosas de los muertos
Los enseres,
Las joyas,
Su ropa,
Los perfumes.
La vieja afeitadora.
El último libro que leían.
El marca páginas intacto
En el punto donde nunca seguirán esa lectura.
Recoger la vida de esos otros
Que nunca volverán adonde estaban.
Los aromas que recuerdan las ausencias.

Recoger las cosas de los muertos
Como quien toma frutas en un huerto
Donde nunca más brotarán aquellas flores
Donde nunca más habrá el consuelo
De otra primavera florecida
Y sus abrazos, sus besos y sus versos.
Recoger la vida entera en un hatillo
Hartarse de llorar por esas cosas
Que son sin ser la ausencia entera
Que son, sin ser, lo que ellos eran.
Que son, sin ser, lo que de ellos,
como efluvios, queda.

MI PADRE






He vuelto allí como a un santuario. El lugar se ha tornado mágico; está cargado de ese extraño eco que provocan los recuerdos. Un torrente de evocaiciones que tan pronto me hacen llorar como sonreír.
Se te ve feliz junto a Neptuno, padre, como si supieras que allí, donde se inventó una historia de magias y transportes a lo largo del tiempo y del espacio, yo volvería sólo para evocarte en el ayer...
He vuelto hoy. Nadaban los patos con calma. Los bambúes estrepitosamente verdes en su isla, ocultando al dios de las aguas, al señor de los océanos. Podía verte aún allí, en ese recodo de verdor, alargando tu mano hacia los patos, jugando con ellos como juegan los niños. Te he visto, padre, niño siempre, incluso ahora que te has ido.
Pero no hay lugar mejor que el corazón para seguir escuchando tus palabras o leyendo la sonrisa de tus labios...



lunes, 18 de marzo de 2013

LA ESQUELA



Era pequeña, de las baratas, apenas habría costado diez euros.
El texto escueto: El nombre de la muerta (que no hace al caso) y después una frase: “Última nieta de D. (tampoco hace al caso)”. Y después otra frase: “Su sobrina Dña. (ni caso) ruega una oración por su alma”.
Y se quedó pensando en aquellas pocas palabras que tanto decían. Se quedó pensando en quién pondría una esquela en el periódico cuando aquella sobrina también muriera. La última de la estirpe. Nadie entierra al enterrador. ¿La dejaría pagada en vida para cuando llegase el caso?
No pudo evitar el impulso. Se acercó a la iglesia a la hora de aquel funeral. El ataúd estaba en medio del pasillo. A su derecha, en el primer banco, una mujer enlutada lloraba. Terminaba la misa y los pocos fieles que estaban en el templo se fueron marchando. La mujer quedó sola junto al ataúd, esperando a dos empleados que colocaron unas andas metálicas con ruedas y se dispusieron a sacar de la iglesia a la difunta. Sólo la enlutada figura, menuda, de la mujer, seguía a ese escueto cortejo. Y él, de nuevo un impulso absurdo, se sumó a la comitiva, un paso por detrás de la sobrina de la muerta. A la puerta del templo había un coche fúnebre y metieron en él la caja. Un taxi aguardaba detrás y cuando él fue a abrir la puerta para que la enlutada entrase, ella se volvió, los ojos azules y llorosos. ¿Le conozco? No, dijo él. Sólo he venido a acompañarla, porque me parece que está muy sola en este mundo, señorita. Es muy amable, dijo ella. Y cuando se metió en el taxi, a punto ya de arrancar tras el coche mortuorio, añadió: ¿Quiere venir conmigo? Se me hace duro ir sola al cementerio también.
Se reían juntos siempre que recordaban aquello. ¡Vaya manera de conocernos tan romántica! Y rezaban en silencio, cada uno por separado, para que fuera el otro el encargado de su esquela y de su entierro, para no padecer, de nuevo, tanta soledad.

jueves, 14 de marzo de 2013

DE MIRADAS INFANTILES Y VENTANAS





Tañen campanas en San Cernin.
Estoy en casa de mi abuela y huele a guiso y a refugio.
En aquel tiempo todo era posible
y lo imposible, nada.
Arrimo las manos al fuego de la cocina
pongo los pies en el brasero
la cabeza en las nubes de los niños que sueñan.
Mañana seré grande
y podré ver algo más que el campanario
cuando me asome
a las ventanas floridas de geranios,
clavelinas y petunias
del refugio-hogar
de la casa de la abuela



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He aquí la niña de la mano.
Llevada por el padre a por misterios
escondidos en cada recoveco.
Brujas malas en el rellano oscuro de las escaleras empinadas.
Duendes traviesos bajo las setas coloradas.
Y la sorpresa matutina, como el hada,
debajo de la almohada,
el premio a un diente caído en el fragor
de la incruenta batalla del crecer
y hacerse grande y descubrir
que hay más brujas que duendes,
menos hadas que ogros glotones,
más males que bondades
en un mundo donde los sueños se tornan pesadillas.

martes, 12 de marzo de 2013

De la comodidad



Odiar la rutina, que es de pobres.
Echarse la manta a la cabeza.
Creer que la aventura es necesaria.
Acabar como se acaba, en danza,
agotado del mundo y de la gente,
deseando retornar a la templanza,
la calma, el sofá, la dulce manta.

Hace falta una edad para la marcha
hay un tiempo de dolor,
noches de escarcha,
las resacas, los celos y los duelos.

Pero añorar la rutina sólo saben
quienes saben que aventuras son peligros.
Y los peligros te torturan a sus anchas.

Y para eso se inventaron los rituales.
La calma de lo repetido en los manuales.
Lo que no entraña riesgo sino sesgo.
Aunque jamás repique una campana
fuera de hora... salvo las que tañen a muerto.

miércoles, 6 de marzo de 2013

BAJO LA BÓVEDA



Entre la argamasa los ladrillos susurran ecos de otros días. Los escucho en silencio. Cada uno es una página que debe descifrarse en la penumbra, un sonido que viene del ayer y me hace temblar, sonreír, derramar lágrimas, suspirar, enamorarme.
Hay tantos que, estoy segura, nunca lograré prenderlos todos a mi piel, asumirlos como míos en cada paso –muy pequeño- hacia el final.


Pero uno a uno los ecos de otros días me alcanzan y hacen del silencio un susurro de voces. Los textos que tantos escribieron para que, al caminar, aunque inevitablemente el túnel se acabe, nos sintamos acompañados, iluminados, acaso algo más sabios. Para no estar solos en ese sendero hacia el fin, donde la bóveda se llena de sombras. Y de miedo.

lunes, 25 de febrero de 2013

La modelo



El vestido llevaba unas gasas superpuestas. Apenas transparencias teñidas de violetas, rosas y azul celeste. El conjunto no incluía zapatos. El famoso diseñador había decidido que el pie desnudo de la mujer es un símbolo erótico incomparable y esa desnudez, acompañada por la levedad de los tules que conformaban el modelo, haría que los espectadores del desfile –expertos en moda venidos de todo el mundo -, centrasen su atención en las nuevas formas, innovadoras y atrevidas de la línea primavera-verano.
La modelo, entre bastidores, colocó las gasas y tules según la fotografía que le habían facilitado en el ensayo general; debía  parecer que la ropa estaba colocada al desgaire, pero la dejadez estaba estudiada milimétricamente. La maquilladora había destacado sobre todo los ojos de la modelo a base de tonos malvas y violetas y dibujó un cerco negro bajo ellos para profundizar la mirada y darle, al mismo tiempo, un toque de tristeza. La peluquera despeinó más que peinó a la joven y terminó la tarea rematando una especie de moño con un lazo rosa y unas cintas malvas y violetas.
El famoso diseñador, instalado en el backstage, daba los últimos retoques a cada modelo y les repetía: "Vamos, bonita, tú representas la concreción de la idea genial que yo he visto en mi imaginación, la gloria te espera ahí afuera". Y pellizcaba muy someramente los rostros delgadísimos de las chicas, con mucho cuidado para no estropear el maquillaje.

La modelo esperó su turno. La  que desfilaba antes que ella llevaba un conjunto de camiseta y pantalón en rojo rabioso. El tejido era una mezcla de poliuretano y nylon, de tal forma que  el cuerpo parecía plastificado o parte de una expedición a la luna a punto de entrar en una nave espacial. Los espectadores aplaudieron aquel espectacular modelo y los críticos de moda anotaron en sus libretas sus opiniones, siempre certeras, sobre la innovación y el futurismo en la moda.
Llegó su turno. La música –sintética, ecléctica e ilógica -, comenzó a sonar en los dieciocho altavoces repartidos por el salón; cesaron los aplausos y los críticos aguardaron la aparición de la siguiente mujer en la pasarela. Los focos se centraron en su figura etérea, en las gasas evanescentes y los pies desnudos. La modelo caminó por la alfombra azul marino como si sus caderas estuvieran a punto de descoyuntarse, cruzando los pies ante ella de tal forma que los pasos parecían de baile y no un caminar ordinario y corriente.
Fue quizá al octavo paso cuando ocurrió.
El carpintero, sin duda, tenía prisa esa mañana.
El clavo atravesó limpiamente el talón de la delgada modelo que lanzó al aire del salón un alarido inhumano. Inmediatamente se desmayó y su cuerpo desmadejado, tendido sobre la alfombra azul marino, fue considerado unánimemente por los críticos de una belleza sobrecogedora.
“La performance fue estremecedora –escribió uno de ellos en Vogue -, la modelo representó perfectamente el papel de las ‘fashion victims’ y quedó tendida largo rato ante el público fingiendo, como una primera actriz sin duda, el dolor de las esclavas de la moda ante la tiranía del vestido. La representación concluyó entre aplausos rabiosos cuando el propio diseñador recogió entre sus brazos a la joven y se la llevó tras los bastidores. El realismo de la escena fue tal que hasta se cuidó el pequeño detalle de un reguero minúsculo de líquido rojo dejado, como una estela púrpura sobre el azul intenso, formando sinuosos dibujos hasta desaparecer tras el telón de fondo. Impresionante sin duda y difícil de superar”.

jueves, 21 de febrero de 2013

La pianista






La hermosa pianista se agitaba ante el mueble negro y desmedido. Hacía brotar de su interior todas las notas que el compositor escribió en un día de hastío sin saber que un siglo más tarde la hermosa pianista desgranaría la música con tanta pasión.
La melena rubia se agitaba también siguiendo los compases, los pies al ritmo en los pedales, como si danzara, y las manos ¡ah, las manos! Dedos largos y veloces entrecruzándose en infinitas formas sobre los dientes blancos y negros, exquisitamente diseñados para ser acariciados con dulzura o tañidos casi con estrépito.
El auditorio se guardaba hasta de respirar para no perder ni una cadencia de tan bella melodía. El tiempo se había detenido en aquella enmoquetada sala de conciertos, disgregados los segundos en minúsculas porciones que bailaban al son de la música.
La hermosa pianista llevaba meses ensayando aquellas partituras tan complejas, escuchando antiguas grabaciones en vinilo para olvidarlas inmediatamente después y ser capaz así de reinventar  las notas, los silencios, los ritmos todos que el compositor imaginó en aquel momento lejano.
Una mano casi anónima llegaba desde detrás de la banqueta y pasaba la página de la partitura cuando era necesario. Unos ojos no vistos leían las intrincadas notas y, justo unos segundos antes de que la pianista fuera a quedarse sin notas que leer, esa mano volaba leve a renovar el pentagrama. La pianista se agitaba, hermosa, en su banqueta sin respaldo, sobre el terciopelo apenas entrevisto, quizá rojo o granate. El desmedido mueble negro parecía agitarse también al son que le marcaba la intérprete. El público, definitivamente embelesado, sólo tenía miradas de admiración para la hermosa pianista; alguien osó toser, una tos leve, casi un carraspeo, y las miradas quisieron fulminarle por romper el tempo mágico en el que todos flotaban tan inertes.
La mano casi anónima y los ojos no vistos seguían pacientes su labor de alternancia de las páginas en el momento exacto en que debía ocurrir para que todo marchara como debía. Es decir, perfectamente.
El concierto se estaba culminando. Se aproximaba la apoteosis final y la hermosa pianista estiró los dedos hasta casi doblar su longitud para abarcar tantos dientes blancos y negros y arrancarles el arpegio definitivo.
Fue apenas un estertor y nadie lo escuchó en el fragor del tramo final de la obertura. Justo en ese momento, cuando ya no quedaba más partitura por extender, cuando todas las notas estaban consumadas, extinguidas en el aire de la sala, absorbidas por centenares de orejas expectantes, el portador de la mano casi anónima cayó desplomado a la izquierda del piano. Yació muerto y totalmente enamorado hasta que el juez y el forense acudieron a cumplir con sus funciones legales.
¡Qué terrible! Dijo la hermosa pianista mientras se retiraba al camerino llevando entre los brazos varios ramos de rosas y caléndulas. ¿Cómo se llamaba ese pobre hombre?


                                                                   



domingo, 17 de febrero de 2013

Neptunalia




 

Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin.
Rabindranath Tagore

1


Hay cosas que no son nada fáciles de explicar. No, nada fáciles.
Pues bien, aquélla fue, hasta que el atardecer empezó a deslizarse por todos los rincones de la ciudad, una jornada sin sobresaltos.
Estaba cansada; había pasado todo el día intentando descifrar  los entresijos de una traducción del latín. Hasta ese momento creía que Horacio era para mí un viejo conocido, sin embargo, algo en aquellas frases me desconcertó. Se trataba de un poema menor, casi un divertimento, dedicado a Neptuno, el dios del mar, y a su esposa, Anfitrite. El objeto de mi trabajo era hacerles llegar ese texto a mis alumnos para que lo analizaran, pero era primordial que yo tuviera el control sobre las frases, su sentido y su finalidad. Pues bien, me resultó imposible.
Se refería Horacio –mucho más famoso por su “carpe diem, carpe horam”-, a un laberinto, un dédalo intrincado que recorría el mundo entero conocido y aun lo ignoto, lo remoto, lo por descubrir. Huelga decir que este mismo poema ya había sido objeto de otras traducciones, pero yo no recordaba haber leído nunca nada referido a un laberinto, como si los “traductores-traidores” hubieran evitado esas líneas, omitido el párrafo a propósito. Pensé que la traidora era mi memoria y seguí trabajando en aquel hermoso latín que acabaría muriendo de inanición puesto que nadie lo quería estudiar ya.
Horacio, hijo de esclavo, renovaba sus versos en el equilibrio, en el amor a la vida. Todo un ejemplo.
Empuño ahora la pluma  con el deseo de que lo que viví en esas horas, lo que sigo viviendo ahora mismo y espero que por toda la eternidad,  no se olvide.
En el verso se hablaba del hombre “bienhablado”, que murió de su propia mano (mortem sibi consciscere o propria se manu interfecit)[1] ante el Dios de los Océanos; luego, el párrafo críptico del laberinto y mi sensación de impotencia e incomprensión ante la lectura.
Decidí dejar en ese momento el trabajo. Sabía que después, quizá esa misma noche, se haría la luz y entendería las claves ocultas.
Salí a la calle.
Octubre se desperezaba sobre la ciudad con sus días más cortos. Casi se adivinaba ya el olor a castañas asadas y las gentes se apresuraban para regresar a casa, el frío los echaba de la calle.
Quise desconectar aprovechando el paseo ciudadano, olvidarme de latines y Horacios y no pensar en nada especial, pero me conozco bien y cuando intento aclarar alguna duda, o recordar un simple nombre que no me viene a la memoria ipso facto soy capaz de darle vueltas hasta el infinito, hasta pescar en alguna neurona el dato perdido o esquivo. Así sucedió en aquella jornada, en aquel paseo azaroso que me llevó, sin que mi cabeza guiara a mis piernas, hasta la entrada del Campo Grande que linda con el Paseo de Zorrilla, pero muy arriba ya, casi en Filipinos. La tierra estaba reblandecida. Había huellas de pies pequeños, los niños que acudían a los columpios a la salida del colegio. Nadie habitaba ya a esa hora los juegos infantiles. Las farolas lucían para mí sola, que pugnaba con el barro en mis zapatos, hasta que decidí que  daba lo mismo mancharme o no, nadie iba a verme tiznada porque volvería a casa en soledad, como siempre.
No quería adentrarme mucho en el jardín, sólo disfrutar del extraño recogimiento del paisaje cuando atardece; jugar a que era mía toda esa extensión verde y húmeda. Yo, la potentada dueña del Campo Grande. Un parque entero en el centro de la ciudad en donde sólo dejaría entrar a quien me diera la gana, como el Gigante Egoísta hizo con su jardín, aunque la experiencia no le fue muy bien, la verdad.
En el primer recodo sentí un escalofrío. Una sombra me miraba, inmóvil, desde un entramado de plantas que quizá fueran bambúes. No, no eché a correr. Me limité a quedarme quieta, notando cómo los tacones se hundían un poquito más en el barrizal y pensé que tendría que descalzarme para salir huyendo, o ponerme a gritar, o ambas cosas.
La sombra seguía inmóvil, como yo, quizá atrapada también en el barro porque no podía ver sus pies. Mi respiración era agitada, pero intenté contenerla para que el silencio me convirtiera también a mí en sombra y quizá esa aparición se esfumara, asustada de mi presencia. Pero no. Nada ocurría. Pasó un rato que se me hizo muy largo. Despegué el pie izquierdo del lecho blando y di un paso atrás. Luego otro. Otro más. Retrocedía muy despacio y cada vez con menos miedo, puesto que nada sucedía. La sombra estaba quieta y la oscuridad avanzaba, aunque mi vista se iba acostumbrando a desentrañar las tinieblas del jardín.
Bien, de acuerdo, me dije. Hay alguien ahí, pero estoy apenas a treinta metros de la salida, en pleno Paseo, por donde transita mucha gente; hace siglos que no hago deporte, es verdad que fumo demasiado, pero soy capaz de dar una carrera si es preciso.
Calma. Calma.
Entonces se hizo la luz. Sí.
Una farola debía de estar a punto de fundirse, quizá floja, quizá húmedos sus entresijos, y se encendió de pronto, iluminando algo la zona ya tan en tinieblas. No me reí porque estaba sola, pero debí de sonreír sin duda, aliviada.
Aquella sombra tan amenazante era sólo una escultura, el viejo Neptuno, desnudo e inmóvil en mitad de su isla. Los bambúes le cercaban y las hiedras atrapaban sus pies y comenzaban a reptar por los tobillos recios. No me miraba. Hacía siglos que no miraba a nadie y, quizá, que nadie se fijaba en él, tan escondido, tan abandonado, tan aislado. Miré el reloj. Eran las diez en punto ya, noche cerrada. Había estado mucho tiempo allí, más de lo que creía.
Avancé un poco hacia el borde del agua. Allí estábamos el Dios del Mar y yo, solos, en la oscuridad, frente a frente. Y otra luz se hizo. Recordé en ese instante la aparcada traducción de Horacio, esa referencia al hombre “bienhablado”, que murió de su propia mano ante el Dios de los Océanos. ¿Quién sería ese hombre? Un suicida, estaba claro, pero un suicida famoso y anterior a Horacio. Quizá tendría que rebuscar en mis olvidados conocimientos de mitología para hallar quién fue ese ser que decidió huir del mundo en presencia de Neptuno. Salí del trance porque un ruido surgió del agua, apenas un gorgoteo o un silbido suave. Una pareja de patos insomnes transitaban el corredor líquido, alrededor del islote de la deidad marina; pensé que era tarde para que nadaran en vez de dormir refugiados en las orillas; también pensé que eran los guardianes del dios y que acudían a ver qué estaba ocurriendo, a defenderle de mi invasión tan a deshora.
Decidí dejar de pensar tonterías y regresar a casa, tenía mucho trabajo por delante: hallar la respuesta al acertijo de Horacio y terminar de traducir sus frases tan misteriosas.
Los patos me miraron, o eso creí, y pasaron de largo, rodeando por completo el islote. Una estela se desvanecía a su paso.

 

2


Creo que eran las cuatro de la madrugada cuando me marché a la cama, aturdida, para intentar dormir antes de ir a clase. No lo  conseguí. Una especie de angustia me había invadido y sabía que si no solucionaba el enigma tampoco lograría descansar en noches sucesivas. Esto era mucho peor que no recordar el título de una novela o cómo se llamaba el director de cierta película. Esto era tener la certeza de que estaba a punto de descubrir algo, algo escondido desde tiempos de Horacio y de lo que nadie más se había percatado. Y quizá aquí estaba lo más extraño, que esa traducción nunca recogiera, en las versiones que yo conocía y que había revisado, esas frases sobre el dios marino y un suicida y un laberinto.
Mi mesa de trabajo, siempre escasa, había acogido multitud de papeles, de tomos de enciclopedias, diccionarios. Rebasaron los libracos la superficie de madera y terminaron extendidos en el suelo y yo en medio también en una isla, como Neptuno, pero de letras.
Por la mañana, dudé sobre si consultar con algún colega del instituto pero deseché la idea, primero porque no tenía muy claro a quién preguntar y qué exactamente, y segundo porque no me apetecía dar tres cuartos al pregonero sobre algo que me parecía la revelación de un arcano sólo para mis ojos. Despaché mis clases como pude, con la cabeza puesta en otro sitio, y a mediodía regresé a mi casa y a mis libros como una posesa.
Neptuno, Poseidón para los griegos. Qué curioso. Había visto de pasada un periódico en la sala de profesores, unos gamberros, forofos de no sé qué club de fútbol, habían roto el tridente de Neptuno en Madrid. Entonces recordé mi infancia; una figura de un curioso Neptuno Niño coronaba una fuentecilla en la pamplonesa Plaza del Consejo. ¿Dónde había más Neptunos?
Me puse un abrigo, los zapatos y bajé a un cibercafé en el que nunca había osado entrar. Solía consultar Internet en el trabajo, pero no quería instalar en casa un ordenador y toda su parafernalia. Tecleé “Neptuno” en un buscador, y las coincidencias fueron miles. Supe así que el dios del mar había tenido incontables aventuras amorosas y de su relación con la Medusa había nacido Pegaso, el caballo alado. Hijo de Cronos, de su estirpe fueron también Tritón o el guerrero Orión. Un Parnaso de Ninfas, delfines y palacios submarinos de oro macizo me acompañaron durante mi zambullida en Internet. Y los vestigios terrestres de ese magno reino marino también empezaron a surgir. Había efigies de Neptuno en casi todos los países; desde las más tópicas en Italia, la manida Fontana de Trevi en Roma, o la de Bernini en Florencia hasta guiños curiosos como una figura sumergida en el fondo del mar en una isla brasileña. Granada, Roma, Berlín, Zaragoza, Barcelona, Quito, Génova, París, Puerto Vallarta o Gran Canaria. Me cansé de buscar más efigies, más retratos del Dios de los Océanos... Había centenares.
¿Y quién era el suicida? Probé uniendo las palabras “suicidio” y “Poseidón”... No grité porque no estaba sola en el cibercafé, y me asombré de desconocer el dato aunque había estudiado al personaje... En el año 322 (A. d C.), el orador griego Demóstenes, acosado por sus enemigos, refugiado en la Isla de Calauria, tomó veneno en el templo de Poseidón, ante la estatua del dios. Ya lo tenía. Allí estaba la respuesta al acertijo de Horacio. Pero me faltaba algo esencial, saber a qué se refería con el laberinto, con ese dédalo que conectaba el mundo conocido y el ignorado.
Decidí buscar la respuesta como Demóstenes, ante Neptuno en persona, aunque su templo en la ciudad sólo fuera un islote en el hermoso jardín del XIX.

3


No hacía frío. La noche estaba estrellada; quizá al día siguiente ese cielo raso sembraría las primeras nieblas, fantasmas prendidos en las calles.
Caminé tranquila hacia el Campo Grande. Tenía una cita, casi una cita a ciegas, pero sabía que mi pareja me aguardaría el tiempo que hiciera falta, eternamente si fuera preciso.
Llegué a la orilla y me descalcé. El agua fría apenas me rozaba los tobillos. Me sentí como Anita Ekberg bailando descotada y ebria en la Fontana de Trevi, en aquella película... ¡ya recuerdo!... “La dolce vita”. En cuatro pasos llegué a la isla y abracé al desnudo Neptuno, pétreo y barbado. Su piel era cálida y húmeda, con aromas de salitre y algas marinas. Giró su cabeza hacia mí, brillaban sus ojos en la oscuridad. Me esperaba.
 Por un extraño laberinto submarino me llevó a recorrer todos los lugares donde se asienta su efigie. Los jardines de la Malmaison, por donde pasearon Napoleón y Josefina. Las fuentes pequeñas y grandes orladas de delfines, ninfas y tritones... Su colección de tridentes, arma y herramienta para ordenar las tempestades, las galernas, los oleajes fieros... Sus carros de oro para surcar los océanos.
Ha pasado mucho tiempo, no sé cuánto ni me importa. El tiempo se detiene en las profundidades marinas, los sonidos son ecos de sirenas.
Ahora soy una ausente, como tantos otros a lo largo de la historia, aquellos que supieron hallar el secreto de Neptuno, su enorme poder. El mismo que ayudó a Demóstenes a huir de sus enemigos. Tantas efigies del mismo dios en tantos lugares... Un mágico dédalo. Puertas de entrada que no permiten la salida. Pero es verdad que ninguno de quienes nos hallamos ahora en este reino de las profundidades deseamos abandonarlo.
Sólo una vez le he pedido algo a mi amante y me ha sido concedido. Retorné a tierra, a la efigie primera, la del Campo Grande, y escribí en un costado una frase en latín, para que quien pueda entender entienda: “In insula responsum est”.
En un cofre diminuto, antes destinado a guardar perlas, deposito este manuscrito. Si has sido capaz de hallarlo, si has cruzado el lago y te encuentras en la isla para buscar una respuesta, ya sabes dónde está la puerta. Cruzar el umbral depende tan sólo de ti.


viernes, 15 de febrero de 2013

Túneles interiores

En las rojas tierras de Las Médulas, horadadas por romanos en busca de oro, nos asaltan los pasados, esos que fueron mucho más que ayer, esos que sólo reviven si rebuscas fotografías y amañas sensaciones.
Salir del túnel decimos, reencontrar la luz perdida.
Así, sólo saliendo, recuperas la vida que ya es otra, distinta a aquélla que dejaste atrás.
Apareces tras la oscuridad, tras la enfermedad, el desamor y el dolor. Alzas de nuevo el telón y prosigues el monólogo. Los espectadores acaso no lo entiendan bien. Necesitarán, seguro, atravesar su propio túnel para comprenderte, para despertar del letargo invernal.
Así, extrayendo oro de los túneles. En eso andamos.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Hibernaciones

Hay quien adora el frío. Añoran la nieve, las heladas matutinas, el rigor del bajo cero, el vaho tenue que sale de los orificios de nuestro cuerpo.
No soy de esas personas. Me encoge el frío, me desarma, me aturde, me demuda en alguien necesitado de fuego y arrumacos.
Y, a lo que iba. De pequeña, en una Pamplona gélida, cuando mi padre me llevaba de la mano por una Plaza del Castillo sembrada de hielo, yo recordaba el libro de texto de Naturaleza y esos osos acurrucados en la madriguera, al abrigo de las ventiscas, durmientes hasta que las primeras margaritas anuncian la primavera.
Estos primeros fríos del año a mí me alcanzan en estado de hibernación, en esa tercera acepción del Diccionario de la Lengua:
"Estado semejante que se produce en las personas artificialmente por medio de drogas apropiadas con fines anestésicos o curativos".
Anestesiada... Mirando por la ventana cómo el viento del norte juega con las hojas muertas.

sábado, 17 de noviembre de 2012

Exitus



Se defenestran las personas estos días. Fácil la comparación con las muertas hojas del otoño. Se lanzan al vacío cuando es el vacío lo único que ven. Les reclaman las sirenas cantando, tristes, en mares llenos de tormentas. Y acuden a su voz. Y vuelan.
Se defenestran y terminan por la vía de urgencia con todos los pesares. Pero dejan la estela de dolor a quienes ven ese vuelo último y temerario.
He conocido suicidas. Varios. Muchos quizá para lo que suele ser habitual. Si es que puede ser habitual el ansia de la automuerte. Uno fue, a su pesar, un suicida "famoso", de esos que alimentan la insalubre avaricia de ciertos "medios". La dignidad hecha persona. La inteligencia hecha hombre. Tan vital desde su inmovilidad que parecíamos los demás paralíticos forzosos.

Y hubo tanta dignidad en su exitus, que (antes ya lo hacía) respeto firmemente a quien decide que hasta aquí ha llegado. Que el vuelo es la única salida. Como hojas ya muertas que, simplemente, se dejan acunar hasta el suelo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Lo breve...



He de decir, confesar quizá, que he tardado tres años en darme cuenta de la importancia de Twitter como medio de comunicación. Aquellos inmutables presupuestos de informar, formar y entretener se concentran perfectamente en esta miniatura, en estos telegramas urgentes.
Sigues a quien quieres, te siguen otros si lo desean. Puedes contar cómo te encuentras, puedes simplemente decir “buenos días”, aquí estoy porque he venido. Puedes ampliar la información si te la enlazan. Puedes opinar. Criticar. Discrepar.
Llevo usando Internet desde finales de los 90. Entonces lo que causaba furor eran los “chats”. Extrañas salas virtuales donde, como ahora en Twitter, uno llegaba, saludaba, opinaba, compartía “privados” o, simplemente, observaba en silencio las palabras de los otros. Eran adictivos los chats. Mucho. Y también creativos. De uno de ellos salió uno de los primeros libros en que se abordaba, desde la ficción, el fenómeno. “Al otro lado, un extraño. Historias del chat”, fue escrito precisamente usando los contactos establecidos en uno de ellos, luego prorrogados en amistad real, no virtual.
Inevitablemente, en los chats, y ahora en Twitter, uno termina encontrándose con quien es más próximo, pero también con los opuestos, los discrepantes. Un raro club en el que te admiten como socio y ya, sólo con eso, te hacen sentir bien. Una respuesta, una mención, un retuiteo, un seguidor más, todo eso me provoca una sonrisa.
Y hay tuiteros que provocan carcajadas, esos que deberían estar subvencionados por la capacidad de hacer mofa hasta de sí mismos.
Para un periodista “estar” en Twitter es ya imprescindible. Hay prensa que elabora artículos simplemente narrando los tuits más ocurrentes sobre cualquier asunto. En esta red es donde se observa por dónde van las opiniones, los impulsos, las críticas o las alabanzas a cualquier personaje público.
Twitter ha iniciado revoluciones, ha sufrido y sufre censuras, expande virus o falsas noticias y, media dixit, “incendia” las redes con los asuntos de actualidad. Una nueva-vieja forma de comunicarse, de interactuar, de opinar o de mostrar a los demás el ingenio. También una forma urgente de meter la pata, por supuesto.
A Gracián le hubiera encantado Twitter. Como muestra, uno de los muchos tweets que escribió, sin saberlo, en el siglo XVII: Hay mucho que saber, y es poco el vivir, y no se vive si no se sabe.

jueves, 13 de septiembre de 2012

RESURRECCIÓN

Creía que este blog estaba muerto. Apenas recordaba siquiera cómo llegar hasta aquí para revivirlo un poco, para retomar las palabras, para seguir pasando por aquí, sea "aquí" el lugar que sea.
Total, que vuelvo cuando asoma el otoño. Para mirar, para mirarme. Apenas eso.
 Así las cosas, nos queda el mar.






martes, 16 de noviembre de 2010

A resguardo

Noviembre es mes de muerte. De frío sin respiro. Anochece con vértigo y tecleas a oscuras sin apenas darte cuenta de que se ha ido la luz y el sol debe andar por otra parte, amaneciéndose incansable.
Fue hermoso el verano mientras duró.
Ahora hay que abrigarse para sobrevivir en la intemperie de siempre, entre la niebla y el miedo.