martes, 8 de noviembre de 2005

El toque de queda

Ése que nos hace clandestinos en nuestra propia ciudad. Ilegales si no estamos encerrados en nuestras casas (prisiones ahora). El ideal del orden, nadie en las calles, ni para lo bueno ni para lo malo.
El país que inventó la libertad, la igualdad y la fraternidad ha decidido encerrar a sus habitantes. Es por protección, dirán. Es mejor para ustedes. Es para evitar el peligro.
¿Hay toques de queda para los gobernantes?
El último, que apague la luz.

domingo, 16 de octubre de 2005

Ya está aquí el otoño crujiente

Es una vieja canción. La he buscado en Google pero, oh misterio, no aparece siquiera la letra. ¿La cantaba Mari Trini, quizá?
Cada nuevo otoño la evoco porque describía bien la sensación, el color y el olor que la estación me causa.
El otoño crujiente que un tapiz de hojas bordó...
Se afanan los barrenderos en borrar de las calles ese tapiz, pero cada ráfaga de viento lo cose de nuevo al suelo. Enmoquetadas de ocres, las calles son más hermosas. Los árboles desnudos dejan ver los nidos vacíos. La lluvia vuelve a golpear en la ventana. Avanzamos de nuevo hacia la oscuridad del invierno.

jueves, 22 de septiembre de 2005

La magia del bosque

Las historias se enhebran unas con otras, como un collar de cuentas de colores, así que los recuerdos de la niñez van tirando de un hilo invisible guardado quién sabe dónde.

Me daba miedo el bosque. Transigía en ir porque era obligatorio casi, porque el padre, cazador, gustaba de enseñarme los recovecos, los abrigos, la hondura húmeda de los helechos.

En el bosque se adivinaban las brujas, algún ogro, duendes que se molestaban si invadías su territorio. Entre las copas inmensas de las hayas, sobre todo en otoño, cuando el rojo las hace incendiarse en estallidos de color, anidaban dios sabe qué extraños monstruos alados, que guardaban silencio cuando yo me acercaba pisando con cuidado para no caerme…

El silencio, eso era lo peor del bosque. Una quietud de fiera que acecha, peligrosa. Una respiración en la caverna verde, el temblor de una rama, el crujido de las hojas ya vencidas en el suelo.

El musgo, húmedo, con el tacto de ser vivo, un alga sin mar con aromas de moho, enredadera verde oscuro ligada a las piedras como lapa en las rocas submarinas.

Sí, tiene una cualidad marina el bosque, mareas en las entrañas más oscuras, viejos monstruos en las profundidades y aromas de humedades antiguas, de humus, descomposición y muerte.

Me daba miedo el bosque. Ahora añoro todas esas aventuras que sólo vivía en mi cabeza y el reflejo del otoño en las hayas incendiadas. El intenso sabor de unas fresas silvestres, las castañas regaladas, las manchas de las moras recién maduradas y las misteriosas setas que podían ser venenosas…

No sé si seguirán en pie aquellos bosques de la infancia o si se habrán convertido en urbanizaciones con piscina y campo de golf. En cualquier caso, los mejores bosques suelen ser los que guardamos en la memoria: en ellos no hay forma de perderse porque nos sirven para encontrarnos.

martes, 20 de septiembre de 2005

Apenas recuerdos

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

(Antonio Machado, 1906)

La infancia es una patria muy lejana, una casa antigua adonde nunca hemos de volver pero de la que añoramos paredes y ventanas, el olor de los guisos en la cocina, la ropa recién planchada con aromas de lavanda.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Pamplona, de muchos patios acaso. El de la casa de la calle Amaya, oscuro y húmedo como una bodega. El del colegio de las monjas donde revoloteaban los castigos y jugábamos a pillar para sacar el frío.

No hubo huertos claros, pero sí jardines misteriosos en los que penetrar al aire de un cuento que mi padre narraba sin desmayo. Había un gigante egoísta y un hada matutina que despertaban la imaginación. Y enanitos que habitaban bajo las setas primeras del otoño. El bosque, preñado de helechos y de fresas silvestres, era un gran jardín para los juegos, para atisbar torcaces que volaban y truchas que desaparecían bajo la corriente. Y ese mismo río, u otro, qué más da, abundante en cangrejos marrones que pescábamos con retel y que al cocerlos se volvían rojos, bermellones, brillantes.

Mi infancia son navidades que huelen a compota con aromas de canela, a la colonia de mi abuela y el tabaco de mi abuelo. A sabor de churros en San Fermín y a las patatas fritas de la Concha en su bolsa amarilla, aceitosas, saladas como el mar que veíamos siempre con asombro.

Mi infancia es el lujo de estrenar un vestido cosido por mi madre y llevar zapatos nuevos aunque me rozaran los talones. Calcetines de perlé, chaquetas de una lana tan suave que parecía espuma, interiores almidonados. El aroma de los lápices nuevos el primer día de colegio.

Mi infancia está hecha de todo eso y de muchos más detalles que se me han escapado entre las rendijas del tiempo.

La caprichosa memoria no quiere detenerse a recordar los malos ratos, las lágrimas, el miedo, el frío intenso de inviernos que no acababan nunca.

Y cierro los ojos y me sube por las piernas el calorcito del brasero bajo las faldas de la mesa camilla y el olor a goma quemada si las zapatillas se detenían demasiado tiempo en ese fuego.

Con los ojos cerrados puedo ver a la niña que fui, de la mano de sus padres, descubriendo un mundo alrededor.

Abro los ojos y comprendo que el mundo ya está descubierto, que la niña ya no está, que los mayores caminamos solos aunque sigamos necesitando manos tendidas y tengamos mucho miedo.

La infancia es una patria muy lejana, acaso la única en la que nos reconocemos todos, vengamos de donde vengamos.

Ahora veo los campos de Castilla y releo en mi historia algunos casos que recordar no quiero…

Ahora, emigrante de la niñez, añoro sin remedio la perdida patria de la infancia.

miércoles, 24 de agosto de 2005

Baila conmigo...

... hasta el final del amor. Esa canción escucho ahora mismo. Leonard Cohen, que a veces resulta pesado, lento, monótono... y otras veces es brillante y sabe cómo tocar fibras ocultas.
Y por asociación de ideas, un poema sefardí que he leído hace poco, de Juan de la Encina... Pongo aquí un pedacito:

Más vale trocar placer por dolores
qu’estar sin amores
mejor es sufrir passion y dolores
qu’estar sin amores.
Donde es gradecido es dulce morir
vivir en olvido aquel no es vivir
más vale trocar placer por dolores
qu’estar sin amores
sufriendo dolores
Es vida perdida vivir sin amar
Y más es que la vida saberla emplear
Mejor es penar que estar sin amores

Es vida perdida vivir sin amar... En este paseo de la vida, tan extraño, de qué manera tan desesperada buscamos eso que llamamos amor.
Acaso sólo buscamos -desesperadamente, eso sí-, una compañía para un viaje tan absurdo, que siempre termina de la peor forma posible.



viernes, 22 de julio de 2005

Esperpentos veraniegos


La mujer llegaba cada verano al hotel en la misma fecha.
Para los empleados era como la peste. Ella estaba convencida de que la adoraban y repartía sonrisas y tiranía a partes iguales.
Era obesa en grado sumo. Una bola de grasa en pantalones cortos y camiseta de tirantes arrasando el bufé en turno de desayuno, almuerzo y cena.
Ya, ya sé, eso no constituye por sí solo un esperpento veraniego. Pero es que aún no he dicho nada porque todavía me resulta increíble...
La gorda paseaba oronda un cochecito de bebé azul oscuro, adornado de puntillas. La capota levantada si el sol daba de lleno...
En su interior no había un bebé, tampoco un muñeco que fuera de una nieta, por ejemplo. En el cochecito habitaba un perro acicalado que comía tortilla francesa a diario.
En fin, eso era el esperpento.

domingo, 5 de junio de 2005

Junio

Se nos ha venido junio encima, con su calor, con su aire falso de vacaciones próximas, con los exámenes recordando a los más jóvenes que, o sudan ahora, o sudarán en la canícula de agosto.
Este junio que antes venía preñado de olor a playa y a mar y ahora llega y se nos cae encima, con todo el dolor de los recuerdos. Y anula la salitre y las olas y los castillos de arena.
Ya sabemos, ahora sí, que los castillos hechos de fina arena blanca se desmoronan al primer encontronazo de las olas.
Igual pasa con las personas. Exactamente igual.

miércoles, 25 de mayo de 2005

¡Ah, qué nervios!

Aquella mujer se levantaba siempre muy temprano. Llegaba a la oficina antes que nadie. Encendía su ordenador. Si Internet iba lento se ponía muy nerviosa...
Aquella mujer abría el correo con ansiedad, a veces hasta se equivocaba en la contraseña de puros nervios.
Cada mañana, siempre, todos los días, la carta de amor estaba allí. Cuántas palabras hermosas, cuántas ansias, cuántos deseos...
Aquella mujer se acostaba siempre muy temprano. Lo último que hacía antes de irse a la cama era conectarse a Internet, abrir el correo... y escribir hermosas cartas de amor que leería por la mañana.
Su amante nunca le fallaba.

miércoles, 18 de mayo de 2005

Domingo y tedio

Los domingos por la mañana están llenos de esperanzas. Se asoma uno al día festivo y cree que completará tareas siempre pospuestas. No hace falta que sean grande cosas, pueden ser simplezas como ordenar un armario, tirar viejas facturas, colgar un cuadro o bajar tanto papel acumulado al contenedor.
Los domingos por la tarde están llenos de fracasos. Nada de aquello se hizo y el lunes se asoma amenazante, otra semana cuesta arriba que habremos de escalar.
Y nos decimos, habrá más domingos y haré las tareas pospuestas y la tarde no será tan tediosa, tan triste, tan gris.
Así somos o así nos conformamos con ser.

martes, 3 de mayo de 2005

Milagros en los bolsillos

Hay una experiencia curiosa que se repite cuando cambia la temporada. Por ejemplo ahora, cuando se recogen los abrigos y se recupera ropa con aromas de otras primaveras. Sacas aquella chaqueta que guardaste en los primeros fríos y, sorpresa, hallas un billete de tren, unos céntimos de euro, un chicle algo caducado...
Hoy el hallazgo ha sido más curioso.
Quién sabe dónde, me entregaron o recogí un pequeño folleto de color azul claro. Hay un ángel dibujado en la parte superior y un texto que reza:

"Profesora Patricia, famosa por sus milagros. La solución a todos sus problemas con la Astróloga, esperitista, vidente. 20 años de experiencia y seriedad en su trabajo".

Por si esto fuera poco, la tal Patricia te da el secreto para el éxito, la felicidad y el amor...
Y pensar que semejante tesoro ha dormido olvidado en un armario todo un largo invierno...

No pienso llamar a Patricia, no sabría muy bien qué hacer con el secreto para el éxito, la felicidad y el amor. Dejaré el folleto en el bolsillo, quizá la próxima primavera tenga su oportunidad...

jueves, 21 de abril de 2005

Mafalda

Hay una historieta de Mafalda que siempre me hace sonreír. Es aquélla en la que la niña asegura:

“La vida es como un examen, cuando te has aprendido las respuestas, te cambian las preguntas”.

En este extraño paseo, examen diario, que es la vida, lo malo es que no hay suspensos ni aprobados. Ni recuperaciones, ni posibilidad de volver en septiembre. Tampoco sirve el arrepentimiento…
La experiencia consiste sólo ir acumulando errores para reconocerlos como tales, y reconocernos en ellos, tal y como somos.

viernes, 15 de abril de 2005

Tanto amor

No había una sola canción romántica que no le reflejara con exactitud en cada letra. Todas y cada una, hasta las más vulgares, venían a expresar sus sentimientos de forma tan fiel como si ella misma hubiera inventado los textos.
"Bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez". "Quererte así es morir de amor y por amor tengo el alma herida".
Tenía el corazón partido, palpitaciones varias, sueños eróticos, angustia y esperanza a partes iguales, un cóctel que tan pronto la elevaba sobre el común de los mortales como la hundía en la más absoluta de las tristezas.
Él la miraba cada mañana y cada atardecer. Ella le sonreía, le hablaba, le besaba en los labios y en los párpados, se desnudaba para él y para él se ponía la ropa más bonita, para gustarle, para ser atractiva a sus ojos brillantes y cálidos.
Pero no hubo manera.
El póster del actor seguía inmutable, colocado a la cabecera de la cama. Siempre sería su amor imposible. Siempre.

lunes, 11 de abril de 2005

Como Nicolas Cage...

... ¿No os pasa? Llevo un par de días sin dejar de tararear esa canción de Amaral. Haga lo que haga, mi cabeza repite el estribillo...

La última cena para los dos
Pero esta noche moriría por vos
Como Nicolas Cage en Leaving las Vegas
No tengo planes más allá de esta cena,
Es un misterio hacia dónde la noche nos lleva
Y luego, luego se hace el silencio en mi cabeza, ya no repito las frases de la canción. Quizá otra música venga a destronar a este "Moriría por vos" , pero ahora, hoy, y desde hace un par de días, la tonada vuelve y vuelve...
La vida parece llena de eternos retornos.
Es un placer poder retornar a aquello que fue especial, aquella milésima de segundo en la que el mundo era como debe ser, como creemos que debe ser. Como queremos que sea. Siempre.
Y es, ya sabemos, imposible.

sábado, 2 de abril de 2005

Antigüedades

Tengo colgados ante mí tres cuadros. Los pintó mi abuela paterna cuando era joven.
No son pinturas sino dibujos a lápiz o carboncillo. Un fondo de papel amarillento y trazos recios en negro.
En uno hay un paisaje; una extraña vivienda, mitad palafito flotante, sobre un lago o un río. Al fondo un soto de álamos que se elevan hacia el cielo. En primer plano una casa aparentemente acogedora, con chimenea, sólida, construida de piedra.
En los otros dos hay retratos de mujer. Son madonnas o diosas griegas o, quién sabe. Hermosas damas, tocada una con hojas de parra y zarcillos y aretes en las delicadas orejas. La otra no se adorna con cosa alguna, sólo un velo tenue en la cabeza y la mirada pensativa, ausente.
Tengo colgados ante mí tres cuadros. Firmados por mi abuela paterna.
Era joven, correrían en el calendario los primeros años de siglo veinte.
Han pasado cien años desde que mi abuela fue joven y pintora y soñadora.
Su obra persiste, puedo verla colgada ante mí mientras esto escribo.
Por sus obras los conoceréis.

martes, 29 de marzo de 2005

Ex libris

Me gustan los libros. Desde que puedo recordar me ha parecido una aventura emocionante empezar uno nuevo, abrir la primera página y esperar a ver qué sucede.
También los atesoro, rara vez me desprendo de uno, aunque no me haya gustado, aunque no sea un gran libro o cuente una historia maravillosa. Así está la casa, claro, abarrotada de volúmenes.
Así que me sorprendió y me gustó un artículo de Paulo Coelho en "El semanal". Escribe sobre todo lo contrario, sobre dejar que los libros salgan de casa y vayan en busca de otros lectores.

El artículo completo está aquí:

http://www.clubelsemanal.com/web/firma.php?id_edicion=111&id_firma=778

Y, sí, Internet es una inmensa biblioteca también. Un tesoro en casa. Y no ocupa lugar.

sábado, 26 de marzo de 2005

Tempus fugit

Así rezaba en el reloj de pared. Huye el tiempo, se escapa, se aleja a tal velocidad que vivimos en un suspiro y en un suspiro morimos.
Esta noche, al menos en Europa, nos roban una hora de nuestro escaso tiempo por decreto ley. Esta noche, mientras dormimos, el ladrón de guante blanco, sin dejar huellas, nos sisará sesenta preciosos minutos. Conozco a gente que se niega a esa tiranía del cambio de hora y deja estar a los relojes con su hora antigua, inamovible, con la hora verdadera que marca cada tic tac sin sobresaltos. Total, en seis meses, esa gente seguirá teniendo el tiempo exacto en sus relojes.
Tempus fugit.

Qué sabios eran los de antaño.

jueves, 24 de marzo de 2005

El novelista

Escribía una novela.
Las cosas extrañas empezaron a ocurrir a partir de la segunda página.
Acababa de describir un pavoroso accidente de tráfico; la brutal colisión entre un autobús escolar y un camión cargado con productos inflamables. El balance provisional de la tragedia era de 15 fallecidos y 38 heridos de distinta consideración. Apagó el ordenador, satisfecho con la descripción de las llamaradas, las sucesivas explosiones de gasolina y la barahúnda de sirenas de bomberos y ambulancias que daban sonido de catástrofe a la escena; le parecía que esos párrafos, narrados con gran crudeza, conseguirían atraer la atención del lector. Encendió el televisor, dispuesto a ver un rato el fútbol y algún informativo porque, desde que se dedicaba a escribir, estaba perdiendo contacto con la realidad cotidiana y eso era algo imperdonable en un escritor. Le sorprendió ver la cara de la presentadora de las noticias completamente fuera de hora y también fuera de sí, despeinada y con los ojos llorosos. Subió el volumen del aparato, no sin antes pelearse un poco con su propio sillón, que había decidido engullir el mando a distancia entre los almohadones. La cara de la presentadora desapareció bajo las imágenes superpuestas de una barahúnda infernal de sirenas, humo y llamas. La voz, temblorosa, narraba que el accidente, de una inusual violencia, había ocurrido pasadas las cinco de la tarde, en el punto kilométrico 173 de la Autovía del Mar. Los efectivos que se habían desplazado al lugar intentaban rescatar a los niños atrapados entre los hierros retorcidos del autobús. El balance provisional de víctimas era de 13 fallecidos y 40 heridos de diversa consideración; dos de ellos habían sido trasladados, en estado muy grave, al cercano Hospital Comarcal.
Su cara, aunque él no podía verla, tenía un ligero tinte verdoso y el estómago empezó a protestar en forma de náusea irreprimible. Vomitó la comida arrodillado ante la taza del water y se sintió algo mejor cuando se preparó una infusión de manzanilla y se la bebió tras añadir un chorro de coñac. Cuando se calmó y volvió a sentarse ante el teclado eran ya las ocho de la tarde y decidió que aquello había sido una puñetera casualidad, nada que debiera preocuparle en definitiva.
Retomó el hilo narrativo en el punto en que lo había dejado; puso un punto y aparte y se dispuso a describir el pequeño pueblo de montaña en el que vivía la protagonista femenina de su novela. Sus casas con tejados de pizarra, los verdes geranios salpicados de flores rojas y blancas colgados de los balcones de madera, las calles empedradas y los escudos de piedra en las nobles fachadas. Sin saber muy bien cómo ni por qué, añadió un peculiar detalle a las descripciones y las frases fueron deslizándose sobre la pantalla a una velocidad de vértigo. Un ruido ensordecedor rompió la tranquilidad del pueblecito; algunos vecinos salieron de sus casas sorprendidos por ese inusitado fragor que nunca antes habían oído. Ellos fueron los afortunados, los únicos que lograron no morir aplastados por el alud de piedras, tierra y barro que se precipitó desde las montañas vecinas sobre aquella pacífica y hermosa aldea destruyéndolo todo a su paso.
El escritor releyó aquellos párrafos y le parecieron perfectos en lo sintáctico; además, aquel desastre natural le permitía dar un giro insospechado a la trama, porque ahora la protagonista femenina podía yacer semienterrada entre el barro y esa experiencia cambiaría su vida posterior. Archivó satisfecho lo escrito y encendió la radio para saber qué había ocurrido con el accidente del autobús escolar. Llegó a tiempo de oír la voz entrecortada del locutor que narraba cómo otra desgracia había dejado en segundo plano la tragedia de los niños en la carretera: un terrible e imprevisto alud había arrasado un pueblo idílico en la montaña, gran parte de la población yacía enterrada bajo grandes cantidades de lodo y piedras; era imposible, por el momento, hacer balance de las víctimas.
El escritor apagó la radio de un manotazo, se acercó al teclado y escribió:
"Érase una vez un escritor que escribía una novela en la cual todo lo escrito sucedía momentos después en la vida real; el escritor dejó de escribir la novela porque ganó mil millones de euros en la Lotería Nacional; una cantidad nunca antes conseguida por ningún apostante. Fin".

martes, 22 de marzo de 2005

Los viajeros

La sala de embarque estaba repleta. Estaba claro que el avión iría lleno. Armada con un libro buscó acomodo en una esquina y por encima de las gafas de la presbicia se dedicó a observar a los otros que aguardaban, como ella, para subir al avión. Gente con niños, hombres con maletines, mujeres en grupo y aquellos viejos. Cuatro viejos muy viejos, vestidos de viejos, con olor a viejos. Estaban de pie muy cerca de donde después se formaría la cola para entrar al avión, una de esas colas absurdas puesto que cada viajero tiene su asiento adjudicado de antemano y de nada sirve entrar el primero o el octavo al avión.
Los viejos pues...
Llevaban unas bolsas de viaje de otra época, regaladas quizá en una agencia, o en un viaje de corte benéfico destinado exclusivamente a gente de la tercera edad. La mujer que les observaba intentó calcular cuántos años resultarían de sumar las edades de los cuatro. Trescientos sesenta si es que tenían una media de noventa cada uno. Casi cuatro siglos de vida dispuestos a meterse en un avión camino de París. ¿Qué se les habría perdido en París? O quizá esa ciudad sería sólo una escala en un viaje más largo. Vio que uno de ellos enseñaba a otro un rimero de billetes de avión, casi una libreta llena de itinerarios. Intentó imaginar ese largo viaje con escalas en lugares exóticos. De avión en avión; de aeropuerto en aeropuerto. Quizá daban la vuelta al mundo volando, invirtiendo en ello todos sus ahorros y su escasa vida restante. Sí, eso era, seguro. Cualquier día, en cualquier aeropuerto de cualquier ciudad exótica uno de ellos moriría esperando el embarque hacia otro lugar. Fin del trayecto. Stop. Y los restantes seguirían viaje hacia ninguna parte también, seguros sólo de una cita inaplazable.
La mujer no podía leer. Se quitó las gafas y suspiró. Miró al resto de los viajeros en la sala de embarque y entonces vio claro que el viaje termina sin retorno posible.

Embarcados como estamos, camino del matadero.

jueves, 17 de marzo de 2005

Cápsula

En el coche, por la mañana, voy al trabajo convertida en astronauta. Sí, tal cual.
Música, a todo volumen (recomiendan que no porque distrae, acabarán prohibiendo hablar mientras se conduce, también distrae).
Afuera el atasco invariable. Los semáforos cambiando de color para nadie. El sol que se asoma. El pobre del cruce con su cartulina en la mano insistiendo en que es pobre y que necesita ayuda…
Hoy he visto a un perro y un hombre. Por este orden. El perro era viejo, un pastor alemán que renqueaba; andaba tan despacio que ni siquiera lograba alcanzar al hombre, tan viejo como el perro, tan desasistido, tan penosamente lento y cansado.
La música sonaba a todo volumen. Y el astronauta que llevo dentro no ha sabido discernir si allá abajo, en la Tierra, le conmovía más la pena del animal o la del humano.
Ya he aterrizado.

miércoles, 16 de marzo de 2005

Pedigüeña

La mujer del semáforo ha cambiado de vestuario. Ha dejado los rebozos del invierno, el gorro de lana, las botas raídas y ahora parece más delgada, liviana entre los coches. Sonríe desdentada mientras pide a los automovilistas la limosna.
Tendrá… ¿entre veinte y cincuenta años?
Me mira a través del parabrisas. Un pañuelo de colores anudado en la cabeza.
A media mañana llegará su amo en un Mercedes deportivo. Se bajará un momento y le exigirá, con la manaza abierta, que le entregue el fruto de su limosneo agotador.

Invariablemente, me dan ganas de atropellarle.
Todas las mañanas.