miércoles, 24 de agosto de 2005

Baila conmigo...

... hasta el final del amor. Esa canción escucho ahora mismo. Leonard Cohen, que a veces resulta pesado, lento, monótono... y otras veces es brillante y sabe cómo tocar fibras ocultas.
Y por asociación de ideas, un poema sefardí que he leído hace poco, de Juan de la Encina... Pongo aquí un pedacito:

Más vale trocar placer por dolores
qu’estar sin amores
mejor es sufrir passion y dolores
qu’estar sin amores.
Donde es gradecido es dulce morir
vivir en olvido aquel no es vivir
más vale trocar placer por dolores
qu’estar sin amores
sufriendo dolores
Es vida perdida vivir sin amar
Y más es que la vida saberla emplear
Mejor es penar que estar sin amores

Es vida perdida vivir sin amar... En este paseo de la vida, tan extraño, de qué manera tan desesperada buscamos eso que llamamos amor.
Acaso sólo buscamos -desesperadamente, eso sí-, una compañía para un viaje tan absurdo, que siempre termina de la peor forma posible.



viernes, 22 de julio de 2005

Esperpentos veraniegos


La mujer llegaba cada verano al hotel en la misma fecha.
Para los empleados era como la peste. Ella estaba convencida de que la adoraban y repartía sonrisas y tiranía a partes iguales.
Era obesa en grado sumo. Una bola de grasa en pantalones cortos y camiseta de tirantes arrasando el bufé en turno de desayuno, almuerzo y cena.
Ya, ya sé, eso no constituye por sí solo un esperpento veraniego. Pero es que aún no he dicho nada porque todavía me resulta increíble...
La gorda paseaba oronda un cochecito de bebé azul oscuro, adornado de puntillas. La capota levantada si el sol daba de lleno...
En su interior no había un bebé, tampoco un muñeco que fuera de una nieta, por ejemplo. En el cochecito habitaba un perro acicalado que comía tortilla francesa a diario.
En fin, eso era el esperpento.

domingo, 5 de junio de 2005

Junio

Se nos ha venido junio encima, con su calor, con su aire falso de vacaciones próximas, con los exámenes recordando a los más jóvenes que, o sudan ahora, o sudarán en la canícula de agosto.
Este junio que antes venía preñado de olor a playa y a mar y ahora llega y se nos cae encima, con todo el dolor de los recuerdos. Y anula la salitre y las olas y los castillos de arena.
Ya sabemos, ahora sí, que los castillos hechos de fina arena blanca se desmoronan al primer encontronazo de las olas.
Igual pasa con las personas. Exactamente igual.

miércoles, 25 de mayo de 2005

¡Ah, qué nervios!

Aquella mujer se levantaba siempre muy temprano. Llegaba a la oficina antes que nadie. Encendía su ordenador. Si Internet iba lento se ponía muy nerviosa...
Aquella mujer abría el correo con ansiedad, a veces hasta se equivocaba en la contraseña de puros nervios.
Cada mañana, siempre, todos los días, la carta de amor estaba allí. Cuántas palabras hermosas, cuántas ansias, cuántos deseos...
Aquella mujer se acostaba siempre muy temprano. Lo último que hacía antes de irse a la cama era conectarse a Internet, abrir el correo... y escribir hermosas cartas de amor que leería por la mañana.
Su amante nunca le fallaba.

miércoles, 18 de mayo de 2005

Domingo y tedio

Los domingos por la mañana están llenos de esperanzas. Se asoma uno al día festivo y cree que completará tareas siempre pospuestas. No hace falta que sean grande cosas, pueden ser simplezas como ordenar un armario, tirar viejas facturas, colgar un cuadro o bajar tanto papel acumulado al contenedor.
Los domingos por la tarde están llenos de fracasos. Nada de aquello se hizo y el lunes se asoma amenazante, otra semana cuesta arriba que habremos de escalar.
Y nos decimos, habrá más domingos y haré las tareas pospuestas y la tarde no será tan tediosa, tan triste, tan gris.
Así somos o así nos conformamos con ser.

martes, 3 de mayo de 2005

Milagros en los bolsillos

Hay una experiencia curiosa que se repite cuando cambia la temporada. Por ejemplo ahora, cuando se recogen los abrigos y se recupera ropa con aromas de otras primaveras. Sacas aquella chaqueta que guardaste en los primeros fríos y, sorpresa, hallas un billete de tren, unos céntimos de euro, un chicle algo caducado...
Hoy el hallazgo ha sido más curioso.
Quién sabe dónde, me entregaron o recogí un pequeño folleto de color azul claro. Hay un ángel dibujado en la parte superior y un texto que reza:

"Profesora Patricia, famosa por sus milagros. La solución a todos sus problemas con la Astróloga, esperitista, vidente. 20 años de experiencia y seriedad en su trabajo".

Por si esto fuera poco, la tal Patricia te da el secreto para el éxito, la felicidad y el amor...
Y pensar que semejante tesoro ha dormido olvidado en un armario todo un largo invierno...

No pienso llamar a Patricia, no sabría muy bien qué hacer con el secreto para el éxito, la felicidad y el amor. Dejaré el folleto en el bolsillo, quizá la próxima primavera tenga su oportunidad...

jueves, 21 de abril de 2005

Mafalda

Hay una historieta de Mafalda que siempre me hace sonreír. Es aquélla en la que la niña asegura:

“La vida es como un examen, cuando te has aprendido las respuestas, te cambian las preguntas”.

En este extraño paseo, examen diario, que es la vida, lo malo es que no hay suspensos ni aprobados. Ni recuperaciones, ni posibilidad de volver en septiembre. Tampoco sirve el arrepentimiento…
La experiencia consiste sólo ir acumulando errores para reconocerlos como tales, y reconocernos en ellos, tal y como somos.

viernes, 15 de abril de 2005

Tanto amor

No había una sola canción romántica que no le reflejara con exactitud en cada letra. Todas y cada una, hasta las más vulgares, venían a expresar sus sentimientos de forma tan fiel como si ella misma hubiera inventado los textos.
"Bésame mucho, como si fuera esta noche la última vez". "Quererte así es morir de amor y por amor tengo el alma herida".
Tenía el corazón partido, palpitaciones varias, sueños eróticos, angustia y esperanza a partes iguales, un cóctel que tan pronto la elevaba sobre el común de los mortales como la hundía en la más absoluta de las tristezas.
Él la miraba cada mañana y cada atardecer. Ella le sonreía, le hablaba, le besaba en los labios y en los párpados, se desnudaba para él y para él se ponía la ropa más bonita, para gustarle, para ser atractiva a sus ojos brillantes y cálidos.
Pero no hubo manera.
El póster del actor seguía inmutable, colocado a la cabecera de la cama. Siempre sería su amor imposible. Siempre.

lunes, 11 de abril de 2005

Como Nicolas Cage...

... ¿No os pasa? Llevo un par de días sin dejar de tararear esa canción de Amaral. Haga lo que haga, mi cabeza repite el estribillo...

La última cena para los dos
Pero esta noche moriría por vos
Como Nicolas Cage en Leaving las Vegas
No tengo planes más allá de esta cena,
Es un misterio hacia dónde la noche nos lleva
Y luego, luego se hace el silencio en mi cabeza, ya no repito las frases de la canción. Quizá otra música venga a destronar a este "Moriría por vos" , pero ahora, hoy, y desde hace un par de días, la tonada vuelve y vuelve...
La vida parece llena de eternos retornos.
Es un placer poder retornar a aquello que fue especial, aquella milésima de segundo en la que el mundo era como debe ser, como creemos que debe ser. Como queremos que sea. Siempre.
Y es, ya sabemos, imposible.

sábado, 2 de abril de 2005

Antigüedades

Tengo colgados ante mí tres cuadros. Los pintó mi abuela paterna cuando era joven.
No son pinturas sino dibujos a lápiz o carboncillo. Un fondo de papel amarillento y trazos recios en negro.
En uno hay un paisaje; una extraña vivienda, mitad palafito flotante, sobre un lago o un río. Al fondo un soto de álamos que se elevan hacia el cielo. En primer plano una casa aparentemente acogedora, con chimenea, sólida, construida de piedra.
En los otros dos hay retratos de mujer. Son madonnas o diosas griegas o, quién sabe. Hermosas damas, tocada una con hojas de parra y zarcillos y aretes en las delicadas orejas. La otra no se adorna con cosa alguna, sólo un velo tenue en la cabeza y la mirada pensativa, ausente.
Tengo colgados ante mí tres cuadros. Firmados por mi abuela paterna.
Era joven, correrían en el calendario los primeros años de siglo veinte.
Han pasado cien años desde que mi abuela fue joven y pintora y soñadora.
Su obra persiste, puedo verla colgada ante mí mientras esto escribo.
Por sus obras los conoceréis.

martes, 29 de marzo de 2005

Ex libris

Me gustan los libros. Desde que puedo recordar me ha parecido una aventura emocionante empezar uno nuevo, abrir la primera página y esperar a ver qué sucede.
También los atesoro, rara vez me desprendo de uno, aunque no me haya gustado, aunque no sea un gran libro o cuente una historia maravillosa. Así está la casa, claro, abarrotada de volúmenes.
Así que me sorprendió y me gustó un artículo de Paulo Coelho en "El semanal". Escribe sobre todo lo contrario, sobre dejar que los libros salgan de casa y vayan en busca de otros lectores.

El artículo completo está aquí:

http://www.clubelsemanal.com/web/firma.php?id_edicion=111&id_firma=778

Y, sí, Internet es una inmensa biblioteca también. Un tesoro en casa. Y no ocupa lugar.

sábado, 26 de marzo de 2005

Tempus fugit

Así rezaba en el reloj de pared. Huye el tiempo, se escapa, se aleja a tal velocidad que vivimos en un suspiro y en un suspiro morimos.
Esta noche, al menos en Europa, nos roban una hora de nuestro escaso tiempo por decreto ley. Esta noche, mientras dormimos, el ladrón de guante blanco, sin dejar huellas, nos sisará sesenta preciosos minutos. Conozco a gente que se niega a esa tiranía del cambio de hora y deja estar a los relojes con su hora antigua, inamovible, con la hora verdadera que marca cada tic tac sin sobresaltos. Total, en seis meses, esa gente seguirá teniendo el tiempo exacto en sus relojes.
Tempus fugit.

Qué sabios eran los de antaño.

jueves, 24 de marzo de 2005

El novelista

Escribía una novela.
Las cosas extrañas empezaron a ocurrir a partir de la segunda página.
Acababa de describir un pavoroso accidente de tráfico; la brutal colisión entre un autobús escolar y un camión cargado con productos inflamables. El balance provisional de la tragedia era de 15 fallecidos y 38 heridos de distinta consideración. Apagó el ordenador, satisfecho con la descripción de las llamaradas, las sucesivas explosiones de gasolina y la barahúnda de sirenas de bomberos y ambulancias que daban sonido de catástrofe a la escena; le parecía que esos párrafos, narrados con gran crudeza, conseguirían atraer la atención del lector. Encendió el televisor, dispuesto a ver un rato el fútbol y algún informativo porque, desde que se dedicaba a escribir, estaba perdiendo contacto con la realidad cotidiana y eso era algo imperdonable en un escritor. Le sorprendió ver la cara de la presentadora de las noticias completamente fuera de hora y también fuera de sí, despeinada y con los ojos llorosos. Subió el volumen del aparato, no sin antes pelearse un poco con su propio sillón, que había decidido engullir el mando a distancia entre los almohadones. La cara de la presentadora desapareció bajo las imágenes superpuestas de una barahúnda infernal de sirenas, humo y llamas. La voz, temblorosa, narraba que el accidente, de una inusual violencia, había ocurrido pasadas las cinco de la tarde, en el punto kilométrico 173 de la Autovía del Mar. Los efectivos que se habían desplazado al lugar intentaban rescatar a los niños atrapados entre los hierros retorcidos del autobús. El balance provisional de víctimas era de 13 fallecidos y 40 heridos de diversa consideración; dos de ellos habían sido trasladados, en estado muy grave, al cercano Hospital Comarcal.
Su cara, aunque él no podía verla, tenía un ligero tinte verdoso y el estómago empezó a protestar en forma de náusea irreprimible. Vomitó la comida arrodillado ante la taza del water y se sintió algo mejor cuando se preparó una infusión de manzanilla y se la bebió tras añadir un chorro de coñac. Cuando se calmó y volvió a sentarse ante el teclado eran ya las ocho de la tarde y decidió que aquello había sido una puñetera casualidad, nada que debiera preocuparle en definitiva.
Retomó el hilo narrativo en el punto en que lo había dejado; puso un punto y aparte y se dispuso a describir el pequeño pueblo de montaña en el que vivía la protagonista femenina de su novela. Sus casas con tejados de pizarra, los verdes geranios salpicados de flores rojas y blancas colgados de los balcones de madera, las calles empedradas y los escudos de piedra en las nobles fachadas. Sin saber muy bien cómo ni por qué, añadió un peculiar detalle a las descripciones y las frases fueron deslizándose sobre la pantalla a una velocidad de vértigo. Un ruido ensordecedor rompió la tranquilidad del pueblecito; algunos vecinos salieron de sus casas sorprendidos por ese inusitado fragor que nunca antes habían oído. Ellos fueron los afortunados, los únicos que lograron no morir aplastados por el alud de piedras, tierra y barro que se precipitó desde las montañas vecinas sobre aquella pacífica y hermosa aldea destruyéndolo todo a su paso.
El escritor releyó aquellos párrafos y le parecieron perfectos en lo sintáctico; además, aquel desastre natural le permitía dar un giro insospechado a la trama, porque ahora la protagonista femenina podía yacer semienterrada entre el barro y esa experiencia cambiaría su vida posterior. Archivó satisfecho lo escrito y encendió la radio para saber qué había ocurrido con el accidente del autobús escolar. Llegó a tiempo de oír la voz entrecortada del locutor que narraba cómo otra desgracia había dejado en segundo plano la tragedia de los niños en la carretera: un terrible e imprevisto alud había arrasado un pueblo idílico en la montaña, gran parte de la población yacía enterrada bajo grandes cantidades de lodo y piedras; era imposible, por el momento, hacer balance de las víctimas.
El escritor apagó la radio de un manotazo, se acercó al teclado y escribió:
"Érase una vez un escritor que escribía una novela en la cual todo lo escrito sucedía momentos después en la vida real; el escritor dejó de escribir la novela porque ganó mil millones de euros en la Lotería Nacional; una cantidad nunca antes conseguida por ningún apostante. Fin".

martes, 22 de marzo de 2005

Los viajeros

La sala de embarque estaba repleta. Estaba claro que el avión iría lleno. Armada con un libro buscó acomodo en una esquina y por encima de las gafas de la presbicia se dedicó a observar a los otros que aguardaban, como ella, para subir al avión. Gente con niños, hombres con maletines, mujeres en grupo y aquellos viejos. Cuatro viejos muy viejos, vestidos de viejos, con olor a viejos. Estaban de pie muy cerca de donde después se formaría la cola para entrar al avión, una de esas colas absurdas puesto que cada viajero tiene su asiento adjudicado de antemano y de nada sirve entrar el primero o el octavo al avión.
Los viejos pues...
Llevaban unas bolsas de viaje de otra época, regaladas quizá en una agencia, o en un viaje de corte benéfico destinado exclusivamente a gente de la tercera edad. La mujer que les observaba intentó calcular cuántos años resultarían de sumar las edades de los cuatro. Trescientos sesenta si es que tenían una media de noventa cada uno. Casi cuatro siglos de vida dispuestos a meterse en un avión camino de París. ¿Qué se les habría perdido en París? O quizá esa ciudad sería sólo una escala en un viaje más largo. Vio que uno de ellos enseñaba a otro un rimero de billetes de avión, casi una libreta llena de itinerarios. Intentó imaginar ese largo viaje con escalas en lugares exóticos. De avión en avión; de aeropuerto en aeropuerto. Quizá daban la vuelta al mundo volando, invirtiendo en ello todos sus ahorros y su escasa vida restante. Sí, eso era, seguro. Cualquier día, en cualquier aeropuerto de cualquier ciudad exótica uno de ellos moriría esperando el embarque hacia otro lugar. Fin del trayecto. Stop. Y los restantes seguirían viaje hacia ninguna parte también, seguros sólo de una cita inaplazable.
La mujer no podía leer. Se quitó las gafas y suspiró. Miró al resto de los viajeros en la sala de embarque y entonces vio claro que el viaje termina sin retorno posible.

Embarcados como estamos, camino del matadero.

jueves, 17 de marzo de 2005

Cápsula

En el coche, por la mañana, voy al trabajo convertida en astronauta. Sí, tal cual.
Música, a todo volumen (recomiendan que no porque distrae, acabarán prohibiendo hablar mientras se conduce, también distrae).
Afuera el atasco invariable. Los semáforos cambiando de color para nadie. El sol que se asoma. El pobre del cruce con su cartulina en la mano insistiendo en que es pobre y que necesita ayuda…
Hoy he visto a un perro y un hombre. Por este orden. El perro era viejo, un pastor alemán que renqueaba; andaba tan despacio que ni siquiera lograba alcanzar al hombre, tan viejo como el perro, tan desasistido, tan penosamente lento y cansado.
La música sonaba a todo volumen. Y el astronauta que llevo dentro no ha sabido discernir si allá abajo, en la Tierra, le conmovía más la pena del animal o la del humano.
Ya he aterrizado.

miércoles, 16 de marzo de 2005

Pedigüeña

La mujer del semáforo ha cambiado de vestuario. Ha dejado los rebozos del invierno, el gorro de lana, las botas raídas y ahora parece más delgada, liviana entre los coches. Sonríe desdentada mientras pide a los automovilistas la limosna.
Tendrá… ¿entre veinte y cincuenta años?
Me mira a través del parabrisas. Un pañuelo de colores anudado en la cabeza.
A media mañana llegará su amo en un Mercedes deportivo. Se bajará un momento y le exigirá, con la manaza abierta, que le entregue el fruto de su limosneo agotador.

Invariablemente, me dan ganas de atropellarle.
Todas las mañanas.

lunes, 14 de marzo de 2005

Adopción

El viejo agujereaba la tierra alrededor del olivo.
Me pareció la punta de una bayoneta aquello que usaba como instrumento. Así que a lo lejos lo vi como un soldado perdido de una guerra perdida, dejando pasar el tiempo mientras cuidaba del olivo añoso.
Me acerqué.
Me miró.
Nos dimos un rato de palique.
Efectivamente agujereaba la tierra con la punta de una vieja bayoneta. No le pregunté de dónde salía el arma, pero sí el porqué de su acción.
Me explicó que llevaba mucho tiempo cuidando aquel árbol. No era suyo, claro, era del Ayuntamiento. "Los van plantando y luego se olvidan de ellos". Así que el hombre acudía casi a diario a ocuparse del olivo, lo había adoptado. O el olivo lo había adoptado a él y se dejaba cuidar como al desgaire.
Los agujeros en la tierra reseca sirven para oxigenar las raíces, dijo el hombre. Y yo me mostré conforme con la explicación.
Volví a pasar ayer por el camino.
El olivo estaba seco, yermo, muerto.
Lloré por el hombre de la bayoneta. Y por el árbol. Y por mí.
Tantas batallas perdidas a diario. Y sin enterarnos.

sábado, 12 de marzo de 2005

El niño

Subió al árbol y miró desde arriba el campo recién sembrado. Los ocres y el silencio de una enorme extensión de tierra parda. Puso su mano sobre los ojos, a modo de visera, y contempló un árbol a lo lejos rebrotado de hojas diminutas, promesa de manzanas con olor a verano. Vio las casas del pueblo y la loma altiva, el teso desde donde llegaban las tormentas y los vientos del norte en el invierno.
Luego suspiró.
Cerró los ojos y un vértigo extraño le sacudió entero.
Le llamó la tierra a su ensenada oscura.
Desde la rama más alta del roble viejo, el niño se desprendió, ya maduro, y muerto.

jueves, 10 de marzo de 2005

El capitán Garfio

La bombilla brillaba en la oscuridad.
El polvo del ambiente le daba un aura extraña, como si flotara en medio de una niebla espesa. Pero en las habitaciones no se cuela la niebla, aunque los sótanos parezcan neblinosos algunas veces. Así que, efectivamente, estamos en un sótano, oscuro, polvoriento y con olor a humedad, como corresponde a un sótano que se precie. La bombilla brillaba, sí, luego había electricidad en este sótano en el que nos hemos situado fácilmente. También debía de haber en algún lugar una conducción de agua, porque se escuchaba un persistente clic que indicaba que una gota del líquido se escapaba cada cierto tiempo del lugar por donde debiera circular.
Bien, pues situados en este sótano, debemos ahora comenzar a narrar alguna historia que en él suceda. Dado el ambiente, bien pudiera ser un relato de miedo, de los que provocan miedo, quiero decir, pero no estoy por la labor. Ya perdonarán. Y se dirán (o no) que por qué ando metiéndoles en un sótano tenebroso si lo que me dispongo a narrar no es una historia abracadabrante y temerosa. Pues, bien, no lo sé, quizá es una licencia que me he permitido, lo mismo que lo he titulado "El capitán Garfio", sin ninguna intención de que aparezca por aquí como personaje, ni mucho menos ese extraño niño llamado Peter Pan, que más que un tierno infante es todo un síndrome psiquiátrico el chaval.
Bueno, a lo que iba. Un sótano. Una bombilla en un ambiente polvoriento. El goteo cíclico de agua que suena produciendo un eco lejano. Y, ahora, unos pasos que se van a cercando poquito a poco. Son pasos sutiles, no taconeos ni zancadas. Pasos misteriosos más o menos. Parecen deslizarse con un bisbiseo, quizá descienden por los peldaños algo carcomidos porque se oye crujir la madera vieja de vez en cuando... No le podemos ver todavía, porque no ha llegado a la zona de luz ovalada que destila la bombilla. Permanece en la penumbra, en el lado oscuro del sótano y su presencia es onerosa (esto sale en los crucigramas).
Hay un olor extraño en el ambiente. De pronto, un ruido ensordecedor lo llena todo. Una agitación espasmódica, una revolución del tiempo y el espacio... Algo gira como un torbellino, golpeando paredes y muros, resonando con ecos tremendos en el sótano lúgubre.


- ¡Cariño! ¿Me ayudas a tender la ropa? La lavadora ya está centrifugando y sigue perdiendo agua, habrá que llamar al técnico otra vez.

miércoles, 9 de marzo de 2005

Telesueños

- Telesueños, dígame. Le atiende Leticia.
- Hola, mire... esto... que yo quería...
- ¿Un sueño?
- Eso. Sí.
- ¿Tiene algún folleto de nuestros servicios o prefiere que le explique en qué consisten?
- Casi, mejor que me explique, que con el folleto no me aclaro.
- Usted sólo tiene que encargarnos el tipo de sueño que prefiera, nosotros se lo haremos llegar a su cama en el mínimo tiempo posible. Puede elegir entre una variedad de sueños que vienen incluidos en un completo pack, algunos con regalo incluso de un lote extra de pesadillas que puede inducir en sus enemigos si así lo desea...
- Oiga, oiga, un momento...
- Dígame, señor.
- ¿Puedo comprar pesadillas?
- Exacto, señor. Son sueños también, aunque desagradables.
- ¿Y alguien que me tenga manía puede comprar una pesadilla y hacer que yo la sueñe?
- Sí pero no...
- A ver, a ver, que no entiendo.
- Si usted compra el pack "Oferta soñada", nosotros le garantizamos unos sueños libres de pesadillas, luego no ha de temer que nadie pueda introducir ese tipo de malos sueños en su cama.
- ¿Y si no lo compro?
- Puede elegir entre nuestra variada gama de sueños de todo tipo...
- ¿Y si compro un sueño digamos que erótico, por ejemplo, y un enemigo compra una pesadilla destinada a mí?
- Está claro, señor, si tiene usted esa preocupación, debería adquirir la "Oferta soñada".
- ¿Y si mi enemigo también la compra?
- Habría un claro conflicto, señor, pero depende de quién haya encargado antes el pack...
- Pues entonces, necesito que me diga si alguien ha comprado esas pesadillas para mí, de lo contrario, adquirirlo yo sería tirar el dinero...

- Señor, nuestra política de privacidad nos impide darle ese dato.
- ¡Es increíble! ¿O sea, que alguien puede estar amargándome los sueños con su consentimiento, y ni siquiera me pueden decir si eso es así?
- Lo siento, señor. Es la ley de la oferta y la demanda.
- ¿Cómo?
- Nosotros vendemos sueños y/o pesadillas. Si quiere los compra, si no, los deja.
- ¡Es que no son lentejas! ¡Con los sueños no se juega!
- Ahora sí, señor. Gracias por su llamada. ¿Desea alguna cosa más?
- Sí, deseo alguna cosa más.
- Pues dígame...
- Voy a denunciarles.
- Muy bien.
- ¿Cómo que muy bien?
- Está usted en su derecho, sin duda.
- Bueno..., espere, verá, no lo decía en serio. Yo, yo sigo queriendo comprar un sueño...
- Estupendo, señor. En ese caso le puedo ofrecer un pack de sueños eróticos con la persona que usted elija, sin ningún límite. Tenemos ahora mismo una oferta de dos por el precio de uno. Así mismo, si lo desea, tenemos la posibilidad de incluir por un pequeño suplemento un sueño heroico en el que usted sea el protagonista absoluto. Tal vez prefiera el sueño de dominador del mundo, éste también va incluido en una oferta especial de lanzamiento. Dígame qué desea soñar y esta misma noche se lo serviremos a domicilio, sin gastos de envío. Telesueños a su servicio...