domingo, 7 de mayo de 2006

De buitres y cadáveres

Está en la naturaleza de los buitres revolotear sobre el olor a cadaverina; otear desde lo alto los restos de un cuerpo y aproximarse, cercando el vuelo, hasta posarse cerca y devorarlo.
Está, acaso, en la naturaleza de algunos seres humanos, ser como buitres, sin alas, sin pico ganchudo, sin garras poderosas, pero buitres al cabo.
Cuando huelen un cadáver lo merodean, lo cercan y lo hacen suyo.
¿Qué ganan? El minuto de fama quizá, eso que nos da tanta grima a los demás, que guardamos el dolor para los adentros, que lloramos a escondidas, que respetamos sueños y memorias, dolor y dignidad de aquél que se marchó.
La única y dulce venganza es que el sórdido espectáculo de la muerte también alcanza a los buitres. Tarde o temprano ellos serán cadáveres y a su aroma, tan putrefacto, nadie osará acercarse. Contaminan todo lo que tocan...

viernes, 5 de mayo de 2006

De almas y de ausencias

El vacío, la nada, la no luz.

Todo sabe a hiel. Tragos largos de amargura...

Y, aún así, alzaré la copa del vino viejo y sabio para brindar contigo.

Y te llevaré a pasear por los hayedos incendiados, verdes corales.

Un reflejo, acaso, del tiempo y de la nada.

Es desmedido este no-estar. No ser. No saber. No respirar.

El otro día escribí: "Vivimos para olvidarnos de la vida".

Amigo... la muerte es otra cosa.

jueves, 4 de mayo de 2006

Al amigo, que acaba de morir.

Cuando no hay palabras... lo mejor es recurrir a las palabras.
Y este poema, del ya ausente autor, es mi propio homenaje a su memoria...

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Que sea una sombra tras de mi sombra
mayor
acúmulo tardío de mares en penumbra
sombras de sombras profundas
alargándose indefinidas

surge el fuego imprevisto
se sume el arquero en la sima voraz

sufre la onda reloj de luna y las bestias se espantan simples como vidrios
traslúcidos
peregrinan
los soles y sus planetas entre el bosque abismal donde me dejas disolver

colchones vencidos según labios
ruido con verdes vejiga obstruyendo los comienzos
ruedan las piedras doradas al poniente en cóncavos surcos resonantes
epifanías artrópodas y el mar, siempre el movimiento tridimensional,
a 29.79 kms por sg más 777.600 kms/h. + 2.880.000 kms/h.
más no sabemos inmensos cuantos más
caen gotas frías en sus pupilas
mientras piensa secretas mareas
que erizan tumefactas cimas

gorriones precavidos tras muros púrpuras
por donde corren arroyos de hormigas
en el olor del agua estancada -pequeños huertos artesanos-
sotos umbrosos para deseos raices
sueños y sombras traspasan los cristales apilados y
guijarros húmedos que se escurren
por los hayedos agudos valles

órganos ardientes sobrevuelan los bosques humeantes
un dedo recorre la recurrente geografía
montes y simas oasis y desiertos
-tras él, un tropel ansioso de seres encadenados-
en la profundidad de un violeta oscuro con muchos verdes musgosos vidriosos
arroja y se deshace
se funde el carmín en un cubo esférico
el aire frio arrastra todo finalmente y
retirados los corales fósiles
pulidos los pasamanos
cunde un desánimo letal

¡Pond in the Woods! Se acerca la bruma que exhalan las entrañas
todo lo oculta y penetra mirada amorosa de pupilas dentro
la piel se abre indefensa.
Vuelves al cabo
terca reagrupada muchos dedos de sonrisa suave
destrozos y hemorragias que anegan la memoria
Pisarás después las mismas hojas secas
pegajosas
y en los baobabs verás reflejada tu desmembrada soledad

un paseo entre criptas y jeroglíficos
y un forcejeo hasta agotarnos
mira los vencejos en el azul del cielo
es propicio llegar al borde del acantilado
contemplar enlazados deslizarse el tiempo
lentamente
poniente hilos de nubes
aspirar estos olores de humus éter y minerales rocosos
antes de que las botas asolen una vez más los brotes
las ramas y hasta el tronco
en la inseguridad de este desierto tramposo.

Junta las manos sobre la blancura desgastada de su vientre
desnudo
-te brillan los ojos llenos de luz-
- fluye sin trabas lo que ocultas con celo-
vuelven las nubes y cierran todas las puertas
frenesí de alientos y arboledas
pero tu ya no existes para mí
evoco el pasado y rebusco
arañándome quemándome cortándome pinchándome
ecuaciones diofánticas
que encuentro caducas

lloro las últimas lágrimas mientras cantamos las lilas
y se derrumban los muros empapados, los suspiros manan
de la piedra acantilada y se desvanecen hiriendo
en un soplo de brisa gélida
duelen las ideas y los minerales guardados coro plañidero
entre gigantescos musgos
resulta ya inutil cualquier diálogo que sea
ante tu imagen que no se refleja
en el espejo
roto
necesito algo del calor de tu sangre o tal vez mejor
la soledad de las desnudas paredes blancas
absortas y desnudas
desnudas
donde arrojarte y desaparecer

Cambia el viento
nubes de poniente cargadas de rayos
aplastan las aglomeraciones que se masacran entre si
Sube solo a la montaña y contempla el desastre
vuela bajo tus pies los jirones del pasado
y más abajo apenas visible
un vacio oceánico de algas y corales

Eres espantoso tras tu piel lapislázuli
montón de deseos atroces
los juncos dejan pasar los huesos recientes.


martes, 2 de mayo de 2006

La magia inútil

Leo en la prensa que hay un hombre, llamado David Blaine, que se autodenomina "mago". Hoy mismo ha decidido pasar una semana de su vida encerrado en un tanque de agua, en medio de Nueva York, ayudado en la tarea por un respirador que le suministra oxígeno.
En las noticias no lo pone, pero supongo que David recibirá dinero de algún patrocinador por lograr su proeza y ser el foco de atención durante siete días.
Y pienso que la magia es otra cosa. También pienso que la leyenda que rodeó a Houdini es irrepetible porque aquéllos eran tiempos en que todo era posible si se tenía fe.
Hoy ya no creemos en magias y milagros. En muchas partes del mundo el milagro es sobrevivir un día más. Se ahogan sin ser sumergidos en agua. Los ahogamos y ni siquiera vemos cómo pierden el aliento.
David Blaine no es mago, acaso sea un atleta entrenado para mantener su cuerpo escasamente oxigenado. Una proeza inútil. Una más, en estos días extraños.

sábado, 29 de abril de 2006

De epitafios

A nadie le gusta pensar en esas postreras palabras... Pero hoy, mientras escribía a un amigo, se me ha venido a la cabeza un poema que siempre me ha emocionado.
Lo dejo aquí, palabras de Miguel Hernández, poeta, que murió en 1942, a los 32 años, en el penal de Ocaña, dedicadas a su amigo, Ramón Sijé:

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión mas grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedientas de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Y volverás a mi huerto y a mi higuera
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
de almendro de natas te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas
compañero del alma, compañero.

martes, 25 de abril de 2006

Depresión-Impresión

Desenredo como puedo el ovillo en que se está convirtiendo mi vida. Cuando tiro de un cabo suele ser el equivocado y me ahogo. Pensaba sobre esto mientras me ataca la fiebre, la impotencia febril o una tristeza de la que no se ve el fondo.

Y leo que una joven mujer se ha lanzado desde una ventana con su bebé en brazos. Un vuelo breve que a ella la llevaba a la tumba y , es asombroso, el niño ha sobrevivido. Acaso ha volado con él para protegerlo, acaso no quería escapar sola del infierno y soñó que lo salvaba...

Intento no tirar más de los cabos, para no ahogarme. Intento comprender a esa mujer que pretendía volar sin alas y miro hacia otro lugar, quizá allí esté quien se las ha cortado.

lunes, 17 de abril de 2006

El frío de abril

Nos engaña abril con soles largos, atardeceres que se demoran, árboles en flor y golondrinas despistadas que empiezan a llegar a los aleros.
En un lugar de Inglaterra han encontrado a una mujer para quien los abriles eran indiferentes desde hace casi tres años.
Vivía sola, había comprado regalos de Navidad, veía la tele en su pequeño apartamento. Algo debió pasarle, algo tan grave que murió en soledad, ante su televisor encendido, en el sofá, con los regalos sin desenvolver, cargados de lazos de colores.
Todos morimos, pero nadie debería morir solo y así.
Y a los vecinos del cadáver que antes fue una mujer, con su nombre y su historia, no les extrañó escuchar día y noche el soniquete de un televisor encendido...
Tuvo que ser el casero, por las facturas que el cadáver no abonaba, quien dio la voz de alarma.
Maldito abril, descubridor de los cadáveres que el invierno dejó a su paso.

domingo, 2 de abril de 2006

Lloraba mucho

Mario, Antonella y Salvatore no son monstruos.
No tienen apariencia monstruosa al menos.
Tampoco es posible que estén poseídos por el diablo, ya que el diablo no existe.
Me pregunto, entonces, qué son, si acaso podemos situarlos en la categoría de personas. No, no insultemos a los animales.
Ese trío de seres, aparentemente humanos, o uno de ellos -eso da lo mismo-, mataron a palazos a una criatura humana porque no paraba de llorar.
Ojalá el sonido hiriente de ese llanto infantil les acompañe todos los días de sus vidas. Hasta hacerlos enloquecer. Hasta matarlos de desesperación.

sábado, 18 de marzo de 2006

Rebaños y botellones

Escribo este texto en rojo vino, el vino amable de la charla encendida, de la sobremesa cálida, del sopor creativo, la bacanal sólo entrevista.
Y veo centenares de muchachos acudiendo en rebaño con sus bolsas del supermercado a los arrabales del absurdo. Los citan como a toros, como a mansos, como animales... Y acuden al llamado para ser muchos, sólo eso, ser muchos, ser más y más borrachos que los de otra ciudad donde también fueron citados.
Y veo miles de muchachos en un país vecino, arrancando los adoquines por si debajo está el mar, para insultar a gobernantes que quieren hacer del trabajo esclavitud y del despido ofensa de lesa humanidad.
Nuestros rebaños no marchan por la dignidad, marchan por la ebriedad, el vacío, la miseria de las almas prisioneras, cautivas, hueras.
Vale, hagamos la revolución del botellón, qué gran hallazgo para la humanidad. Alzaremos la bandera de la ginebra barata y venceremos, está claro.

sábado, 4 de marzo de 2006

Sobre TVE

No escribiré sobre lo que me han contado. Escribiré sobre lo que he vivido. Acaso experiencias personales sirvan para que otros se vean reflejados.
Hace veinticinco años un grupo de novatos seleccionados en las oficinas del INEM y enseñados de manera urgente por un grupo de experimentados profesionales, pusieron en marcha un centro regional de TVE en Navarra. Fue en San Fermín, algo casi inevitable. Cuando terminó aquella primera emisión, el grupo de novatos salió a la calle para hacerse una fotografía y entonces ocurrió lo extraño. Los espectadores salieron a ventanas y balcones y dieron un aplauso al grupo de la foto. Comenzaba una andadura que, quizá entonces no fuimos conscientes, sirvió para acercar la televisión a rincones que hasta entonces no habían visto de cerca una cámara o nunca habían salido en pantalla.

Hace veinticuatro años otro grupo de novatos pusieron en marcha un centro regional de TVE en Castilla y León. Ni siquiera existía la Comunidad como tal, entonces era una “preautonomía”. Corría el año 1982, en España se jugaba el Mundial de fútbol y los políticos locales descubrieron que tenían una ventana nueva y cercana para comunicarse con los votantes.

El grupo de novatos fue aprendiendo el oficio. Con más ilusión que medios recorrieron pueblos y ciudades para enseñar a los espectadores dónde estaban las cosas y las personas, quiénes éramos y hacia dónde queríamos ir. Cada uno de los momentos importantes del devenir autonómico fue grabado por cámaras y micrófonos de TVE en Castilla y León. Los novatos que salíamos en pantalla descubrimos, entre asustados y contentos, que la gente nos reconocía cuando andábamos por la calle, porque nosotros éramos “los de Castilla y León”. Y muchos de los políticos que ahora son “importantes” tartamudearon nerviosos en las primeras entrevistas que les hacían en directo en un plató de televisión. También muchos de los escritores, artistas, pensadores y científicos que ahora son alguien en España se estrenaron ante las cámaras con nosotros, con la “tele regional”. La historia en imágenes y sonido de veinticuatro años de Castilla y León se guarda en cintas de vídeo en el archivo de TVE en esta Comunidad.

El grupo de novatos ya no existe. Muchos se marcharon a Madrid, buscando otras salidas profesionales, otros murieron o, como suele decirse con eufemismos “se quedaron en el camino”. No olvidamos a ninguno porque todos fueron importantes para construir esa entelequia tan cercana, esa “tele regional” que propició a los sorianos enterarse de qué comían en León, o a los abulenses descubrir que en Zamora hay carne estupenda también.

No. No hay lugar para la nostalgia. Me niego a la nostalgia porque es “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Y así no se va a ninguna parte.

Tampoco me rindo porque rendirse es abandonar la batalla cuando la creemos perdida.

Los que hace veinticinco o veinticuatro años creímos en una televisión pública descentralizada, cercana a los ciudadanos, democrática y veraz nos habremos hecho más viejos, pero seguimos creyendo en lo mismo.

Ahora hay muchas más televisiones, los políticos pueden elegir entre multitud de ventanas para contar sus mensajes y los ciudadanos pueden sintonizar multitud de canales en televisores cada vez más grandes y más planos.

Y, llegados a este punto, se nos dice que TVE pierde mucho dinero, que la deuda es insostenible, que así no se puede seguir. Y vienen los de las rebajas y aplican el tijeretazo exactamente en el punto más débil de la tela, en la lejanía de las Comunidades Autónomas, en la zaherida periferia, en esos trabajadores de segunda división o de tercera regional, quién sabe.

Y los que se marcharon a Madrid hace años están tranquilos porque los puestos de trabajo que peligran son los de aquellos torpes visionarios que creyeron en la democracia descentralizada, en la libertad y en el servicio público.

Pues no, señores, no es eso.

Que alguien nos explique “a los de provincias” qué hemos hecho mal cumpliendo aquella misión que se nos encomendó, permaneciendo en la periferia y contando día tras día, durante muchos años, la realidad más cercana a los millones de ciudadanos que no viven en Madrid o en Barcelona.

Una televisión pública no debe ganar dinero, exactamente igual que no pueden hacerlo la sanidad pública o la enseñanza pública. Son servicios esenciales para los ciudadanos, universales y gratuitos. Deben perseguir la calidad y deben gestionarse con mimo, puesto que entre todos los pagamos.

Estamos de acuerdo, no puede ser de otra manera.

Pero ahora, llegados a este punto, que alguien nos explique cuánto hemos dilapidado nosotros de esa enorme bolsa vacía y cómo se mide el servicio público en pesetas o en euros. Que alguien nos explique por qué informar de lo que ocurre en Soria, en Guadalajara, en Orense o en Cáceres es tan caro, tan insostenible, y recorrer medio mundo para dar una noticia lejana que en poco nos afecta, eso sí puede sostenerse. Que alguien nos explique (compañeros sindicalistas) por qué hemos mantenido contra viento y marea una estructura añeja, de la época de teletipos con campanillas, en este tercer milenio de Internet y correos electrónicos. Que alguien nos expliqué por qué en el estado de las autonomías, cuando más competencias se ansían y más autogobierno se antoja necesario, lo que no tiene cabida es un medio público de radiodifusión y televisión. Que alguien nos explique si somos moneda de cambio, por qué se juega con nuestros puestos de trabajo, con nuestras ilusiones, con el sudor de muchos años y muchas personas.

Ya, ya sé que no se estila, pero estoy por la televisión pública, igual que por la sanidad y la educación públicas. No admito mercantilismos de tres al cuarto donde todo vale o nada vale porque el justo precio no existe ni se valora.

Y ahora, decidme, si nos dinamitan, si desaparecemos, si los novatos avejentados que somos nos vamos a las listas del paro… ¿De qué valió todo aquel esfuerzo, todos los trabajos, toda la ardua construcción de un estado descentralizado, de autonomías soberanas, de libertades y diferencias, de cursis “hechos diferenciales”?

Vale, de acuerdo, pan para todos, hambre para todos. Y quienes están en el “Foro”, ésos serán libres y tendrán trabajo. Y habremos dejado media vida o un cuarto de vida, incluso la vida entera de algunos, en el camino, en un camino sin salida, sin futuro, porque nos siegan la hierba bajo los pies los encargados de poner orden y concierto.

Cuánto desconcierto, cuánta ignorancia y cuánta vileza

domingo, 15 de enero de 2006

Pobres hombres

Los amos del mundo viven como tales. Se les agasaja, adula, admira, odia. Da igual su carácter, su forma de ser y estar, si son buenos o malos, insidiosos, calculadores, ladrones, honrados.
Los amos del mundo viven en un estado superior al resto de las personas.
Sí.
Pero ay de ellos cuando les llega la hora de la muerte.
Entonces se convierten en pobres hombres, guiñapos asaeteados por ejércitos de batas blancas. Les abren el cráneo dos y tres veces, se empeñan en resucitarlos de comas profundos, les rajan la tráquea por ver si logran respirar...
No sé si su vida le perteneció, pero ese pobre hombre no es capaz de conseguir ahora, con todo su poder, que le pertenezca su muerte.

martes, 20 de diciembre de 2005

La mano

Se les fue la mano.
Estaban de juerga.
La mendiga tenía frío y se refugió en el cajero.
Se les fue la mano.
¿Demasiado disolvente? Qué mal se calculan esas cosas...
Y quizá pensaron que sería divertido.
Ella tenía cincuenta años y dormía a la intemperie.
La abrasaron.
Tendrán que vivir con eso: recordar siempre que una noche de invierno se les fue la mano.
Ella está muerta.

martes, 13 de diciembre de 2005

El terminador

Pues eso. Ni firmar ha sabido para que no hubiera otra muerte más.
¿Hará más películas cuando deje de ser gobernador?
Quizá un "remake" de "El verdugo" sería adecuado...

jueves, 8 de diciembre de 2005

Rigoberto, el bipolar

Hay bromas que matan. O enfermedades mentales que matan. Sobre todo si vas en un avión. Sobre todo si estás en USA.
A Rigoberto le cosieron ayer a tiros. Un valiente agente de la autoridad competente decidió que Rigoberto era muy peligroso e iba armado, así que se lo cargó.
La mujer de Rigoberto había gritado que ese hombre alterado era su marido, que era bipolar, que no había tomado su medicina...
Ya no tiene que medicarse más.
Igual a su viuda le pagan una indemnización. O no.
Al fin y al cabo, gritaba como un loco, corría por el avión y llevaba un maletín. Suficiente para abrasarle a tiros. Era muy sospechoso, no me digan...

sábado, 3 de diciembre de 2005

La inyección

A Kenneth le pusieron una inyección. Antes había comido carne, patatas, ensalada y un refresco. Y luego pidió no ser recordado sólo como un número. El número mil exactamente.
Después murió.
Kenneth será recordado por ser el número mil. Y yo no me explico cómo alguien que va a morir es capaz de comer carne con patatas.
Tampoco me explico qué gana el mundo con la muerte de Kenneth, que estuvo en Vietnam y regresó loco y mató a su mujer y su suegro en un arrebato.
Claro que, a quién le importa...

martes, 8 de noviembre de 2005

El toque de queda

Ése que nos hace clandestinos en nuestra propia ciudad. Ilegales si no estamos encerrados en nuestras casas (prisiones ahora). El ideal del orden, nadie en las calles, ni para lo bueno ni para lo malo.
El país que inventó la libertad, la igualdad y la fraternidad ha decidido encerrar a sus habitantes. Es por protección, dirán. Es mejor para ustedes. Es para evitar el peligro.
¿Hay toques de queda para los gobernantes?
El último, que apague la luz.

domingo, 16 de octubre de 2005

Ya está aquí el otoño crujiente

Es una vieja canción. La he buscado en Google pero, oh misterio, no aparece siquiera la letra. ¿La cantaba Mari Trini, quizá?
Cada nuevo otoño la evoco porque describía bien la sensación, el color y el olor que la estación me causa.
El otoño crujiente que un tapiz de hojas bordó...
Se afanan los barrenderos en borrar de las calles ese tapiz, pero cada ráfaga de viento lo cose de nuevo al suelo. Enmoquetadas de ocres, las calles son más hermosas. Los árboles desnudos dejan ver los nidos vacíos. La lluvia vuelve a golpear en la ventana. Avanzamos de nuevo hacia la oscuridad del invierno.

jueves, 22 de septiembre de 2005

La magia del bosque

Las historias se enhebran unas con otras, como un collar de cuentas de colores, así que los recuerdos de la niñez van tirando de un hilo invisible guardado quién sabe dónde.

Me daba miedo el bosque. Transigía en ir porque era obligatorio casi, porque el padre, cazador, gustaba de enseñarme los recovecos, los abrigos, la hondura húmeda de los helechos.

En el bosque se adivinaban las brujas, algún ogro, duendes que se molestaban si invadías su territorio. Entre las copas inmensas de las hayas, sobre todo en otoño, cuando el rojo las hace incendiarse en estallidos de color, anidaban dios sabe qué extraños monstruos alados, que guardaban silencio cuando yo me acercaba pisando con cuidado para no caerme…

El silencio, eso era lo peor del bosque. Una quietud de fiera que acecha, peligrosa. Una respiración en la caverna verde, el temblor de una rama, el crujido de las hojas ya vencidas en el suelo.

El musgo, húmedo, con el tacto de ser vivo, un alga sin mar con aromas de moho, enredadera verde oscuro ligada a las piedras como lapa en las rocas submarinas.

Sí, tiene una cualidad marina el bosque, mareas en las entrañas más oscuras, viejos monstruos en las profundidades y aromas de humedades antiguas, de humus, descomposición y muerte.

Me daba miedo el bosque. Ahora añoro todas esas aventuras que sólo vivía en mi cabeza y el reflejo del otoño en las hayas incendiadas. El intenso sabor de unas fresas silvestres, las castañas regaladas, las manchas de las moras recién maduradas y las misteriosas setas que podían ser venenosas…

No sé si seguirán en pie aquellos bosques de la infancia o si se habrán convertido en urbanizaciones con piscina y campo de golf. En cualquier caso, los mejores bosques suelen ser los que guardamos en la memoria: en ellos no hay forma de perderse porque nos sirven para encontrarnos.

martes, 20 de septiembre de 2005

Apenas recuerdos

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

(Antonio Machado, 1906)

La infancia es una patria muy lejana, una casa antigua adonde nunca hemos de volver pero de la que añoramos paredes y ventanas, el olor de los guisos en la cocina, la ropa recién planchada con aromas de lavanda.

Mi infancia son recuerdos de un patio de Pamplona, de muchos patios acaso. El de la casa de la calle Amaya, oscuro y húmedo como una bodega. El del colegio de las monjas donde revoloteaban los castigos y jugábamos a pillar para sacar el frío.

No hubo huertos claros, pero sí jardines misteriosos en los que penetrar al aire de un cuento que mi padre narraba sin desmayo. Había un gigante egoísta y un hada matutina que despertaban la imaginación. Y enanitos que habitaban bajo las setas primeras del otoño. El bosque, preñado de helechos y de fresas silvestres, era un gran jardín para los juegos, para atisbar torcaces que volaban y truchas que desaparecían bajo la corriente. Y ese mismo río, u otro, qué más da, abundante en cangrejos marrones que pescábamos con retel y que al cocerlos se volvían rojos, bermellones, brillantes.

Mi infancia son navidades que huelen a compota con aromas de canela, a la colonia de mi abuela y el tabaco de mi abuelo. A sabor de churros en San Fermín y a las patatas fritas de la Concha en su bolsa amarilla, aceitosas, saladas como el mar que veíamos siempre con asombro.

Mi infancia es el lujo de estrenar un vestido cosido por mi madre y llevar zapatos nuevos aunque me rozaran los talones. Calcetines de perlé, chaquetas de una lana tan suave que parecía espuma, interiores almidonados. El aroma de los lápices nuevos el primer día de colegio.

Mi infancia está hecha de todo eso y de muchos más detalles que se me han escapado entre las rendijas del tiempo.

La caprichosa memoria no quiere detenerse a recordar los malos ratos, las lágrimas, el miedo, el frío intenso de inviernos que no acababan nunca.

Y cierro los ojos y me sube por las piernas el calorcito del brasero bajo las faldas de la mesa camilla y el olor a goma quemada si las zapatillas se detenían demasiado tiempo en ese fuego.

Con los ojos cerrados puedo ver a la niña que fui, de la mano de sus padres, descubriendo un mundo alrededor.

Abro los ojos y comprendo que el mundo ya está descubierto, que la niña ya no está, que los mayores caminamos solos aunque sigamos necesitando manos tendidas y tengamos mucho miedo.

La infancia es una patria muy lejana, acaso la única en la que nos reconocemos todos, vengamos de donde vengamos.

Ahora veo los campos de Castilla y releo en mi historia algunos casos que recordar no quiero…

Ahora, emigrante de la niñez, añoro sin remedio la perdida patria de la infancia.

miércoles, 24 de agosto de 2005

Baila conmigo...

... hasta el final del amor. Esa canción escucho ahora mismo. Leonard Cohen, que a veces resulta pesado, lento, monótono... y otras veces es brillante y sabe cómo tocar fibras ocultas.
Y por asociación de ideas, un poema sefardí que he leído hace poco, de Juan de la Encina... Pongo aquí un pedacito:

Más vale trocar placer por dolores
qu’estar sin amores
mejor es sufrir passion y dolores
qu’estar sin amores.
Donde es gradecido es dulce morir
vivir en olvido aquel no es vivir
más vale trocar placer por dolores
qu’estar sin amores
sufriendo dolores
Es vida perdida vivir sin amar
Y más es que la vida saberla emplear
Mejor es penar que estar sin amores

Es vida perdida vivir sin amar... En este paseo de la vida, tan extraño, de qué manera tan desesperada buscamos eso que llamamos amor.
Acaso sólo buscamos -desesperadamente, eso sí-, una compañía para un viaje tan absurdo, que siempre termina de la peor forma posible.