martes, 25 de abril de 2006
Depresión-Impresión
Y leo que una joven mujer se ha lanzado desde una ventana con su bebé en brazos. Un vuelo breve que a ella la llevaba a la tumba y , es asombroso, el niño ha sobrevivido. Acaso ha volado con él para protegerlo, acaso no quería escapar sola del infierno y soñó que lo salvaba...
Intento no tirar más de los cabos, para no ahogarme. Intento comprender a esa mujer que pretendía volar sin alas y miro hacia otro lugar, quizá allí esté quien se las ha cortado.
lunes, 17 de abril de 2006
El frío de abril
En un lugar de Inglaterra han encontrado a una mujer para quien los abriles eran indiferentes desde hace casi tres años.
Vivía sola, había comprado regalos de Navidad, veía la tele en su pequeño apartamento. Algo debió pasarle, algo tan grave que murió en soledad, ante su televisor encendido, en el sofá, con los regalos sin desenvolver, cargados de lazos de colores.
Todos morimos, pero nadie debería morir solo y así.
Y a los vecinos del cadáver que antes fue una mujer, con su nombre y su historia, no les extrañó escuchar día y noche el soniquete de un televisor encendido...
Tuvo que ser el casero, por las facturas que el cadáver no abonaba, quien dio la voz de alarma.
Maldito abril, descubridor de los cadáveres que el invierno dejó a su paso.
domingo, 2 de abril de 2006
Lloraba mucho
No tienen apariencia monstruosa al menos.
Tampoco es posible que estén poseídos por el diablo, ya que el diablo no existe.
Me pregunto, entonces, qué son, si acaso podemos situarlos en la categoría de personas. No, no insultemos a los animales.
Ese trío de seres, aparentemente humanos, o uno de ellos -eso da lo mismo-, mataron a palazos a una criatura humana porque no paraba de llorar.
Ojalá el sonido hiriente de ese llanto infantil les acompañe todos los días de sus vidas. Hasta hacerlos enloquecer. Hasta matarlos de desesperación.
sábado, 18 de marzo de 2006
Rebaños y botellones
Y veo centenares de muchachos acudiendo en rebaño con sus bolsas del supermercado a los arrabales del absurdo. Los citan como a toros, como a mansos, como animales... Y acuden al llamado para ser muchos, sólo eso, ser muchos, ser más y más borrachos que los de otra ciudad donde también fueron citados.
Y veo miles de muchachos en un país vecino, arrancando los adoquines por si debajo está el mar, para insultar a gobernantes que quieren hacer del trabajo esclavitud y del despido ofensa de lesa humanidad.
Nuestros rebaños no marchan por la dignidad, marchan por la ebriedad, el vacío, la miseria de las almas prisioneras, cautivas, hueras.
Vale, hagamos la revolución del botellón, qué gran hallazgo para la humanidad. Alzaremos la bandera de la ginebra barata y venceremos, está claro.
sábado, 4 de marzo de 2006
Sobre TVE
No escribiré sobre lo que me han contado. Escribiré sobre lo que he vivido. Acaso experiencias personales sirvan para que otros se vean reflejados.
Hace veinticinco años un grupo de novatos seleccionados en las oficinas del INEM y enseñados de manera urgente por un grupo de experimentados profesionales, pusieron en marcha un centro regional de TVE en Navarra. Fue en San Fermín, algo casi inevitable. Cuando terminó aquella primera emisión, el grupo de novatos salió a la calle para hacerse una fotografía y entonces ocurrió lo extraño. Los espectadores salieron a ventanas y balcones y dieron un aplauso al grupo de la foto. Comenzaba una andadura que, quizá entonces no fuimos conscientes, sirvió para acercar la televisión a rincones que hasta entonces no habían visto de cerca una cámara o nunca habían salido en pantalla.
El grupo de novatos fue aprendiendo el oficio. Con más ilusión que medios recorrieron pueblos y ciudades para enseñar a los espectadores dónde estaban las cosas y las personas, quiénes éramos y hacia dónde queríamos ir. Cada uno de los momentos importantes del devenir autonómico fue grabado por cámaras y micrófonos de TVE en Castilla y León. Los novatos que salíamos en pantalla descubrimos, entre asustados y contentos, que la gente nos reconocía cuando andábamos por la calle, porque nosotros éramos “los de Castilla y León”. Y muchos de los políticos que ahora son “importantes” tartamudearon nerviosos en las primeras entrevistas que les hacían en directo en un plató de televisión. También muchos de los escritores, artistas, pensadores y científicos que ahora son alguien en España se estrenaron ante las cámaras con nosotros, con la “tele regional”. La historia en imágenes y sonido de veinticuatro años de Castilla y León se guarda en cintas de vídeo en el archivo de TVE en esta Comunidad.
El grupo de novatos ya no existe. Muchos se marcharon a Madrid, buscando otras salidas profesionales, otros murieron o, como suele decirse con eufemismos “se quedaron en el camino”. No olvidamos a ninguno porque todos fueron importantes para construir esa entelequia tan cercana, esa “tele regional” que propició a los sorianos enterarse de qué comían en León, o a los abulenses descubrir que en Zamora hay carne estupenda también.
No. No hay lugar para la nostalgia. Me niego a la nostalgia porque es “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida”. Y así no se va a ninguna parte.
Tampoco me rindo porque rendirse es abandonar la batalla cuando la creemos perdida.
Los que hace veinticinco o veinticuatro años creímos en una televisión pública descentralizada, cercana a los ciudadanos, democrática y veraz nos habremos hecho más viejos, pero seguimos creyendo en lo mismo.
Ahora hay muchas más televisiones, los políticos pueden elegir entre multitud de ventanas para contar sus mensajes y los ciudadanos pueden sintonizar multitud de canales en televisores cada vez más grandes y más planos.
Y, llegados a este punto, se nos dice que TVE pierde mucho dinero, que la deuda es insostenible, que así no se puede seguir. Y vienen los de las rebajas y aplican el tijeretazo exactamente en el punto más débil de la tela, en la lejanía de las Comunidades Autónomas, en la zaherida periferia, en esos trabajadores de segunda división o de tercera regional, quién sabe.
Y los que se marcharon a Madrid hace años están tranquilos porque los puestos de trabajo que peligran son los de aquellos torpes visionarios que creyeron en la democracia descentralizada, en la libertad y en el servicio público.
Pues no, señores, no es eso.
Que alguien nos explique “a los de provincias” qué hemos hecho mal cumpliendo aquella misión que se nos encomendó, permaneciendo en la periferia y contando día tras día, durante muchos años, la realidad más cercana a los millones de ciudadanos que no viven en Madrid o en Barcelona.
Una televisión pública no debe ganar dinero, exactamente igual que no pueden hacerlo la sanidad pública o la enseñanza pública. Son servicios esenciales para los ciudadanos, universales y gratuitos. Deben perseguir la calidad y deben gestionarse con mimo, puesto que entre todos los pagamos.
Estamos de acuerdo, no puede ser de otra manera.
Pero ahora, llegados a este punto, que alguien nos explique cuánto hemos dilapidado nosotros de esa enorme bolsa vacía y cómo se mide el servicio público en pesetas o en euros. Que alguien nos explique por qué informar de lo que ocurre en Soria, en Guadalajara, en Orense o en Cáceres es tan caro, tan insostenible, y recorrer medio mundo para dar una noticia lejana que en poco nos afecta, eso sí puede sostenerse. Que alguien nos explique (compañeros sindicalistas) por qué hemos mantenido contra viento y marea una estructura añeja, de la época de teletipos con campanillas, en este tercer milenio de Internet y correos electrónicos. Que alguien nos expliqué por qué en el estado de las autonomías, cuando más competencias se ansían y más autogobierno se antoja necesario, lo que no tiene cabida es un medio público de radiodifusión y televisión. Que alguien nos explique si somos moneda de cambio, por qué se juega con nuestros puestos de trabajo, con nuestras ilusiones, con el sudor de muchos años y muchas personas.
Ya, ya sé que no se estila, pero estoy por la televisión pública, igual que por la sanidad y la educación públicas. No admito mercantilismos de tres al cuarto donde todo vale o nada vale porque el justo precio no existe ni se valora.
Y ahora, decidme, si nos dinamitan, si desaparecemos, si los novatos avejentados que somos nos vamos a las listas del paro… ¿De qué valió todo aquel esfuerzo, todos los trabajos, toda la ardua construcción de un estado descentralizado, de autonomías soberanas, de libertades y diferencias, de cursis “hechos diferenciales”?
Vale, de acuerdo, pan para todos, hambre para todos. Y quienes están en el “Foro”, ésos serán libres y tendrán trabajo. Y habremos dejado media vida o un cuarto de vida, incluso la vida entera de algunos, en el camino, en un camino sin salida, sin futuro, porque nos siegan la hierba bajo los pies los encargados de poner orden y concierto.
Cuánto desconcierto, cuánta ignorancia y cuánta vileza
domingo, 15 de enero de 2006
Pobres hombres
Los amos del mundo viven en un estado superior al resto de las personas.
Sí.
Pero ay de ellos cuando les llega la hora de la muerte.
Entonces se convierten en pobres hombres, guiñapos asaeteados por ejércitos de batas blancas. Les abren el cráneo dos y tres veces, se empeñan en resucitarlos de comas profundos, les rajan la tráquea por ver si logran respirar...
No sé si su vida le perteneció, pero ese pobre hombre no es capaz de conseguir ahora, con todo su poder, que le pertenezca su muerte.
martes, 20 de diciembre de 2005
La mano
Estaban de juerga.
La mendiga tenía frío y se refugió en el cajero.
Se les fue la mano.
¿Demasiado disolvente? Qué mal se calculan esas cosas...
Y quizá pensaron que sería divertido.
Ella tenía cincuenta años y dormía a la intemperie.
La abrasaron.
Tendrán que vivir con eso: recordar siempre que una noche de invierno se les fue la mano.
Ella está muerta.
martes, 13 de diciembre de 2005
El terminador
¿Hará más películas cuando deje de ser gobernador?
Quizá un "remake" de "El verdugo" sería adecuado...
jueves, 8 de diciembre de 2005
Rigoberto, el bipolar
A Rigoberto le cosieron ayer a tiros. Un valiente agente de la autoridad competente decidió que Rigoberto era muy peligroso e iba armado, así que se lo cargó.
La mujer de Rigoberto había gritado que ese hombre alterado era su marido, que era bipolar, que no había tomado su medicina...
Ya no tiene que medicarse más.
Igual a su viuda le pagan una indemnización. O no.
Al fin y al cabo, gritaba como un loco, corría por el avión y llevaba un maletín. Suficiente para abrasarle a tiros. Era muy sospechoso, no me digan...
sábado, 3 de diciembre de 2005
La inyección
Después murió.
Kenneth será recordado por ser el número mil. Y yo no me explico cómo alguien que va a morir es capaz de comer carne con patatas.
Tampoco me explico qué gana el mundo con la muerte de Kenneth, que estuvo en Vietnam y regresó loco y mató a su mujer y su suegro en un arrebato.
Claro que, a quién le importa...
martes, 8 de noviembre de 2005
El toque de queda
El país que inventó la libertad, la igualdad y la fraternidad ha decidido encerrar a sus habitantes. Es por protección, dirán. Es mejor para ustedes. Es para evitar el peligro.
¿Hay toques de queda para los gobernantes?
El último, que apague la luz.
domingo, 16 de octubre de 2005
Ya está aquí el otoño crujiente
Cada nuevo otoño la evoco porque describía bien la sensación, el color y el olor que la estación me causa.
El otoño crujiente que un tapiz de hojas bordó...
Se afanan los barrenderos en borrar de las calles ese tapiz, pero cada ráfaga de viento lo cose de nuevo al suelo. Enmoquetadas de ocres, las calles son más hermosas. Los árboles desnudos dejan ver los nidos vacíos. La lluvia vuelve a golpear en la ventana. Avanzamos de nuevo hacia la oscuridad del invierno.
jueves, 22 de septiembre de 2005
La magia del bosque
Las historias se enhebran unas con otras, como un collar de cuentas de colores, así que los recuerdos de la niñez van tirando de un hilo invisible guardado quién sabe dónde.
Me daba miedo el bosque. Transigía en ir porque era obligatorio casi, porque el padre, cazador, gustaba de enseñarme los recovecos, los abrigos, la hondura húmeda de los helechos.
En el bosque se adivinaban las brujas, algún ogro, duendes que se molestaban si invadías su territorio. Entre las copas inmensas de las hayas, sobre todo en otoño, cuando el rojo las hace incendiarse en estallidos de color, anidaban dios sabe qué extraños monstruos alados, que guardaban silencio cuando yo me acercaba pisando con cuidado para no caerme…
El silencio, eso era lo peor del bosque. Una quietud de fiera que acecha, peligrosa. Una respiración en la caverna verde, el temblor de una rama, el crujido de las hojas ya vencidas en el suelo.
El musgo, húmedo, con el tacto de ser vivo, un alga sin mar con aromas de moho, enredadera verde oscuro ligada a las piedras como lapa en las rocas submarinas.
Sí, tiene una cualidad marina el bosque, mareas en las entrañas más oscuras, viejos monstruos en las profundidades y aromas de humedades antiguas, de humus, descomposición y muerte.
Me daba miedo el bosque. Ahora añoro todas esas aventuras que sólo vivía en mi cabeza y el reflejo del otoño en las hayas incendiadas. El intenso sabor de unas fresas silvestres, las castañas regaladas, las manchas de las moras recién maduradas y las misteriosas setas que podían ser venenosas…
No sé si seguirán en pie aquellos bosques de la infancia o si se habrán convertido en urbanizaciones con piscina y campo de golf. En cualquier caso, los mejores bosques suelen ser los que guardamos en la memoria: en ellos no hay forma de perderse porque nos sirven para encontrarnos.
martes, 20 de septiembre de 2005
Apenas recuerdos
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
(Antonio Machado, 1906)
La infancia es una patria muy lejana, una casa antigua adonde nunca hemos de volver pero de la que añoramos paredes y ventanas, el olor de los guisos en la cocina, la ropa recién planchada con aromas de lavanda.
Mi infancia son recuerdos de un patio de Pamplona, de muchos patios acaso. El de la casa de la calle Amaya, oscuro y húmedo como una bodega. El del colegio de las monjas donde revoloteaban los castigos y jugábamos a pillar para sacar el frío.
No hubo huertos claros, pero sí jardines misteriosos en los que penetrar al aire de un cuento que mi padre narraba sin desmayo. Había un gigante egoísta y un hada matutina que despertaban la imaginación. Y enanitos que habitaban bajo las setas primeras del otoño. El bosque, preñado de helechos y de fresas silvestres, era un gran jardín para los juegos, para atisbar torcaces que volaban y truchas que desaparecían bajo la corriente. Y ese mismo río, u otro, qué más da, abundante en cangrejos marrones que pescábamos con retel y que al cocerlos se volvían rojos, bermellones, brillantes.
Mi infancia son navidades que huelen a compota con aromas de canela, a la colonia de mi abuela y el tabaco de mi abuelo. A sabor de churros en San Fermín y a las patatas fritas de la Concha en su bolsa amarilla, aceitosas, saladas como el mar que veíamos siempre con asombro.
Mi infancia es el lujo de estrenar un vestido cosido por mi madre y llevar zapatos nuevos aunque me rozaran los talones. Calcetines de perlé, chaquetas de una lana tan suave que parecía espuma, interiores almidonados. El aroma de los lápices nuevos el primer día de colegio.
Mi infancia está hecha de todo eso y de muchos más detalles que se me han escapado entre las rendijas del tiempo.
La caprichosa memoria no quiere detenerse a recordar los malos ratos, las lágrimas, el miedo, el frío intenso de inviernos que no acababan nunca.
Y cierro los ojos y me sube por las piernas el calorcito del brasero bajo las faldas de la mesa camilla y el olor a goma quemada si las zapatillas se detenían demasiado tiempo en ese fuego.
Con los ojos cerrados puedo ver a la niña que fui, de la mano de sus padres, descubriendo un mundo alrededor.
Abro los ojos y comprendo que el mundo ya está descubierto, que la niña ya no está, que los mayores caminamos solos aunque sigamos necesitando manos tendidas y tengamos mucho miedo.
La infancia es una patria muy lejana, acaso la única en la que nos reconocemos todos, vengamos de donde vengamos.
Ahora veo los campos de Castilla y releo en mi historia algunos casos que recordar no quiero…
Ahora, emigrante de la niñez, añoro sin remedio la perdida patria de la infancia.
miércoles, 24 de agosto de 2005
Baila conmigo...
Y por asociación de ideas, un poema sefardí que he leído hace poco, de Juan de la Encina... Pongo aquí un pedacito:
qu’estar sin amores
mejor es sufrir passion y dolores
qu’estar sin amores.
Donde es gradecido es dulce morir
vivir en olvido aquel no es vivir
más vale trocar placer por dolores
qu’estar sin amores
sufriendo dolores
Es vida perdida vivir sin amar
Y más es que la vida saberla emplear
Mejor es penar que estar sin amores
Acaso sólo buscamos -desesperadamente, eso sí-, una compañía para un viaje tan absurdo, que siempre termina de la peor forma posible.
viernes, 22 de julio de 2005
Esperpentos veraniegos
La mujer llegaba cada verano al hotel en la misma fecha.
Para los empleados era como la peste. Ella estaba convencida de que la adoraban y repartía sonrisas y tiranía a partes iguales.
Era obesa en grado sumo. Una bola de grasa en pantalones cortos y camiseta de tirantes arrasando el bufé en turno de desayuno, almuerzo y cena.
Ya, ya sé, eso no constituye por sí solo un esperpento veraniego. Pero es que aún no he dicho nada porque todavía me resulta increíble...
La gorda paseaba oronda un cochecito de bebé azul oscuro, adornado de puntillas. La capota levantada si el sol daba de lleno...
En su interior no había un bebé, tampoco un muñeco que fuera de una nieta, por ejemplo. En el cochecito habitaba un perro acicalado que comía tortilla francesa a diario.
En fin, eso era el esperpento.
domingo, 5 de junio de 2005
Junio
Este junio que antes venía preñado de olor a playa y a mar y ahora llega y se nos cae encima, con todo el dolor de los recuerdos. Y anula la salitre y las olas y los castillos de arena.
Ya sabemos, ahora sí, que los castillos hechos de fina arena blanca se desmoronan al primer encontronazo de las olas.
Igual pasa con las personas. Exactamente igual.
miércoles, 25 de mayo de 2005
¡Ah, qué nervios!
Aquella mujer abría el correo con ansiedad, a veces hasta se equivocaba en la contraseña de puros nervios.
Cada mañana, siempre, todos los días, la carta de amor estaba allí. Cuántas palabras hermosas, cuántas ansias, cuántos deseos...
Aquella mujer se acostaba siempre muy temprano. Lo último que hacía antes de irse a la cama era conectarse a Internet, abrir el correo... y escribir hermosas cartas de amor que leería por la mañana.
Su amante nunca le fallaba.
miércoles, 18 de mayo de 2005
Domingo y tedio
Los domingos por la tarde están llenos de fracasos. Nada de aquello se hizo y el lunes se asoma amenazante, otra semana cuesta arriba que habremos de escalar.
Y nos decimos, habrá más domingos y haré las tareas pospuestas y la tarde no será tan tediosa, tan triste, tan gris.
Así somos o así nos conformamos con ser.
martes, 3 de mayo de 2005
Milagros en los bolsillos
Hoy el hallazgo ha sido más curioso.
Quién sabe dónde, me entregaron o recogí un pequeño folleto de color azul claro. Hay un ángel dibujado en la parte superior y un texto que reza:
"Profesora Patricia, famosa por sus milagros. La solución a todos sus problemas con la Astróloga, esperitista, vidente. 20 años de experiencia y seriedad en su trabajo".
Por si esto fuera poco, la tal Patricia te da el secreto para el éxito, la felicidad y el amor...
Y pensar que semejante tesoro ha dormido olvidado en un armario todo un largo invierno...
No pienso llamar a Patricia, no sabría muy bien qué hacer con el secreto para el éxito, la felicidad y el amor. Dejaré el folleto en el bolsillo, quizá la próxima primavera tenga su oportunidad...