jueves, 28 de noviembre de 2013

CANALLAS







Que hay huellas canallas en la sombra
Atroces huellas hollando la hermosura
Clavando paladas en los troncos
Tronzando cada brote, cada fruto
Matando cual cizaña la envoltura
De lo que pudo ser bueno
Y no llegó.

Que hay gente que no hace
 Otra cosa
Que fabricar dolor a espuertas
Y cerrar el atisbo de salida
A quien osa pedirle respirar.

Y que vive tanto, tanto miedo,
En la noche cerrada y heladora
Que puedo entenderlo todo
Excepto una cosa
La maldad gratuita
Desgarradora
La que mutila tu alma
Y te destroza.

jueves, 12 de septiembre de 2013

LA SANGRE DEL HAMBRE



La historia de la anciana me la contó P. un hombre cabal. Regenta un restaurante firme a sus principios desde hace una treintena de años. 

Pues bien, la anciana, en lo más crudo del invierno provinciano, merodeaba al anochecer junto a la puerta trasera del restaurante; ésa por la que salen y entran los empleados, ésa a la que llega el género, ésa, sí, por donde se saca la basura cuando se cierra la puerta a los clientes y todo se prepara para el día siguiente.

La anciana, insisto, en lo más crudo del invierno, apenas vestía una falda mediada, un jersey de punto algo raído y una toquilla remendada. Digna en una pobreza digna, blanco el pelo recogido en un moño. Pulcra en la necesidad, los pómulos marcados, las ojeras del color de las violetas. No hablaba. No se acercaba a la puerta trasera. Sólo esperaba.

Una noche especialmente fría, P. se le acercó. “Señora, le dijo ¿Necesita usted algo?”. Y la mujer, mirando al suelo avergonzada, le pidió unas sobras. “Lo que tenga, cualquier cosa me irá bien”. Aquella noche y muchas otras noches después, P. preparaba un bocadillo de pan tierno, torta de aceite templada, y lo rellenaba con las exquisiteces de su carta. Acompañaba el frugal menú con una pieza de fruta y se lo entregaba a la mujer que hasta intentó besarle las manos un día.
La anciana, cuando había pasado una semana, requirió a P. que, por favor, no le pusiera un bocadillo tan grande, que con la mitad le bastaba, que no era cosa de tirar la comida con lo mal que estaba todo.
Así que P., además de ponerle un bocadillo más menguado le preguntó que si era viuda, que si no tenía pensión, que si le podía ayudar con algún papel. La mujer, con esa mirada gris que dan los años y las penas le dijo que sí, que viuda era y que la menguada pensión se la habían quedado sus hijas, dispuestas también a dejarla en la calle a la menor posibilidad. “Ya sabe, añadió la mujer, la juventud, que sólo miran por ellos”. Y se marchó. Y regresó noche tras noche, hasta que no volvió más.

Nunca supo P. qué fue de ella, de esa mujer anciana, hambrienta y digna, de todos sus avatares vitales, de cómo se terminaron sus días de sangre y hambre, aliviados siquiera por un bocadillo caliente y una pieza de fruta para ir tirando. Creo que lo llaman caridad.
Es injusticia en todo caso. 
Y a P. se le escapaban las lágrimas contándolo.


lunes, 2 de septiembre de 2013

LA MUJER









Ser acaso la mujer
La más feliz del mundo
Ésa que sin saberlo
Atrapa tu mirada
Encandilada.

Y todas las mentiras
Encadenadas
Y lo que vino después
Tal vez.
Tan aprendido y roto
Por tan sabido cierto
Tal vez tan muerto.

Ser acaso la mujer
Aquella que nunca
Pudo ser.



jueves, 29 de agosto de 2013

La historia de R.







La historia de R. es tan necesariamente breve como su vida. A los 19 muerto, apuñalado, hallado su cuerpo en una casa abandonada y, como gusta decir a la sección de sucesos “en avanzado estado de descomposición”.
La historia de R. para los periódicos termina ahí. También empieza ahí, porque nunca a nadie antes le había interesado la vida de un hijo de una madre enferma y un padre encarcelado. La vida de alguien que a los 9 años ya trapicheaba (por mandato de sus mayores) y sabía, él mismo lo decía, que jamás cumpliría los 30.
Ni los 20 llegó a cumplir.
La historia de R. me la ha contado A. que le escuchó, le atendió e intentó ayudarle a salir de un laberinto atroz.
Pero no fue suficiente. No hay medios para gente como R., esa gente que nace porque de algo hay que morir y cuyas vidas son perfectamente prescindibles para una sociedad que ya no mira, que no ve, que no quiere ver la miríada de R. que sale de las entrañas de familias (como también se dice en la prensa) “desestructuradas”.
La historia de R. que fue cosido a puñaladas en las afueras, en una casa abandonada, en la soledad y el miedo. Sin consuelo.
Hay más R. Muchos, miles, cientos de miles.
Y muy pocas A. que intenten abrazarlos y hacerles ver que hay salidas en todos los laberintos, por escondidas que estén, por mucho que a los R. del mundo se las escaqueen en un juego de magia siniestro.

lunes, 26 de agosto de 2013

MI OFICIO





Se preguntaba  en Twitter Guadalupe de la Vallina @Lupe_ (fotógrafa de admirar, por otra parte) el porqué a los periodistas la serie de Aaron Sorkin “The Neewsroom” no les termina de convencer. Aducen, en general, un exceso de idealismo en esos guiones que cuentan la vida cotidiana de una cadena de noticias.
Se ha escrito tanto sobre esa serie que no volveré sobre ello. Sí diré que me apasiona, igual que me sigue apasionando mi profesión, mi oficio, después de varias décadas de ejercerlo lo mejor que he sabido y podido.

Se preguntaba Lupe, también me interrogo yo, dónde están las ilusiones de quienes estudiaron periodismo en su momento o de quienes, a pesar de los pesares y los10.000 periodistas en paro de los últimos años, siguen empecinados en hacer periodismo.

Estudié mi carrera porque me gusta escribir y contar historias. Visto así, podría no haber estudiado o estudiar otra cosa y hacerme novelista, por ejemplo. Pero las historias que contamos los periodistas no son inventadas, llegan de la vida, de la calle, del dolor, del miedo, de la soledad y de todo lo que es humano. Ésa es la ausencia de truco literario en el periodismo. La realidad.
Sigo, al paso de los años, intentando contar esas historias. En televisión parece más fácil, por aquello de las imágenes que valen más que las palabras. Falacia a desmontar cotidianamente puesto que hay que añadir datos a las imágenes para que sean una información.

Sobre las nuevas generaciones de estudiantes que, cada año, a pesar del panorama desolador, siguen entrando en tropel en las facultades, quiero pensar que les guía ese mismo afán, el de trasladar al público la verdad de la vida, una parte de la enorme, ingente verdad que contiene la vida.
Pero, siempre hay peros, constato que antes los periodistas éramos (en buena parte) una suerte de escritores frustrados. Igual que los realizadores de televisión quisieran ser directores de cine, acaso.

Ahora… Ahora es todo incierto. Ahora los estudiantes (debería escribir las, porque son mayoría las mujeres) tienen mucho más interés en dejarse ver, en “hacer pantalla”, en que se les vea y reconozca que en hacer periodismo. Del de siempre, ése que requiere precisión, amor a las palabras, respeto por los temas que abordas, por las personas a quienes atañe lo que cuentas. Ése que, en televisión, se hace en equipo, porque el reportero es tu mirada y el montador quien da sentido a la historia cuando vas uniendo los planos hasta formar un relato visual.
Digamos, por simplificar, que ser periodista no es ser famoso. Has de estar en la sombra. Ser testigo y narrar lo que ves con toda la imparcialidad que alcancen tus conocimientos y tu sentido común.

La ilusión se pierde por el camino de la experiencia cuando todo es repetitivo, mecánico, inanimado. Cuando ya no eres capaz de contar las historias, todas y cada una, como se merecen, con exquisita delicadeza, comprensión y respeto.
Cuando las presiones externas te obligan a solapar la verdad, a mentir, a callar, se muere el periodista que te nació antaño.
Cuando te consideras el protagonista de la noticia, matas al periodista que una vez te nació.
Porque esto es vocación y oficio. Una fina ebanistería que trata de construir muebles exquisitos a partir de troncos duros, apenas podados.
Todo lo demás, son alharacas.